La época de los cristales rotos

Durante los últimos años del siglo XX, los concejales del PP, del PSOE y de UPN en el País Vasco y Navarra convivieron con la posibilidad real de que les pegasen un tiro o les colocaran una bomba lapa en los bajos del coche. Seguramente todos ellos se sumaron a una candidatura electoral con la ilusión de mejorar su pueblo y la vida de sus vecinos, pero asumiendo además que a partir de ese instante formaban parte de los objetivos de una banda terrorista, que sus días podían estar contados, que la pena de muerte seguía vigente para ellos, que todo el empeño y el esfuerzo y la ilusión que pusieran en el trabajo municipal les podría acercar al centro de la diana. A pesar de todo, aceptaron llevar cosida la estrella amarilla en la noche de los cristales rotos que ETA prolongó durante medio siglo.

Miguel Ángel Blanco era muy consciente de dónde se metía. Cuando se incorporó al Ayuntamiento de Ermua Gregorio Ordóñez apenas llevaba unos meses enterrado. Lo habían matado el 23 de enero de 1995 mientras comía en el bar La Cepa de la capital donostiarra. Tenía 37 años, estaba casado con Ana Iríbar, era padre de un niño de apenas un año, había estudiado Periodismo en la Universidad de Navarra y, como explicaría después su viuda, entró en política “para que las cosas cambiasen: para sustituir la cultura del miedo por la de la libertad, para ganar la batalla a la cobardía, con coraje, con nobleza”. Miguel Ángel Blanco compartiría probablemente esos deseos.

No es fácil hacerse cargo de la intensidad que adquirió la cacería. El 11 de diciembre de 1997 fue asesinado en Irún José Luis Caso Cortines, concejal el PP en Errenteria. Tenía 64 años, estaba casado, era padre de dos hijos y abuelo de una nieta. Había trabajado hasta su jubilación en los Astilleros de Luzuriaga, en Pasajes de San Juan. Lo mataron a tiros cuando se encontraba en el bar Trantxe de Irún. Después de dispararle en la sien, el asesino salió de la tasca sin ninguna prisa y amenazó con su pistola a los parroquianos: “Si intentáis seguirme, os hago lo mismo”. Cinco meses antes, José Luis Caso había explicado sus razones a un periodista: “Marcharme no me voy a marchar. Miedo, pues, no tengo. Tengo cierto temor, el temor que puede tener cualquiera ante una amenaza que se puede realizar o que se puede no realizar. Pero, si tienes miedo, lo más lógico es marcharte. Y yo no me voy a marchar”.

Cuando mataron a José Luis Caso, su compañera de partido María Eugenia García Rico recordó su valentía y cómo se había ofrecido voluntario a formar parte de la candidatura de Errenteria porque nadie quería hacerlo. Su sustituto en la corporación fue Manuel Francisco Zamarreño Viloria, de 42 años, padre de dos hijos y calderero en paro. “No tengo miedo -dijo el día de su toma de posesión-, a lo mejor el clásico temor por lo desconocido, pero no miedo. Lo tengo que hacer, aunque me dé pánico. Lo tengo que hacer por lealtad a José Luis, porque con él trabajé 24 años, él de calderero y yo también. Y porque fue José Luis quien me metió en esto del PP: él iba por delante con su carácter tan fuerte y yo un pasito por detrás”. Cinco meses después, el 25 de mayo de 1998, Manuel Zamarreño fue asesinado con una bomba colocada en una motocicleta. El concejal volvía en ese momento a su casa después de comprar el pan. Su cadáver quedó tendido entre dos coches aparcados. Fernando Aramburu recuerda el atentado en las páginas de Patria.

A la vez que el PP ficho a Miguel Ángel Blanco para la candidatura municipal de Ermua, UPN incorporó a la suya de Pamplona a Tomás Caballero Pastor, un veterano sindicalista que se había curtido al frente del Consejo de Trabajadores en pleno franquismo y que en 1976, siendo alcalde accidental de la ciudad, izó la ikurriña recién legalizada en el ayuntamiento de la capital navarra. El 9 de enero de 1998, la banda armada asesinó en Zarautz a José Ignacio Iruretagoyena Larrañaga, concejal del PP en la localidad. En Pamplona se convocó un pleno de condena el mismo día. Los tres ediles de Herri Batasuna escucharon con desinterés los argumentos de los portavoces de los demás partidos, hasta que llegó el turno de Tomás Caballero: “Ustedes -les dijo-, lo que quieren es matar y seguir matando, para que de esa forma nos aterroricemos. Y no entiendo por matar exclusivamente el hecho de apretar el gatillo, sino matar incitando a que se mate. Quieren que nos aterroricemos y nos vayamos, pero no lo van a conseguir”.

Los concejales abertzales consideraron que aquellas palabras habían dañado su “honor personal” y presentaron una querella contra el edil de UPN. Le acusaban de un delito de injurias y calumnias. La querella fue admitida a trámite y Tomás Caballero tuvo que ir a declarar al Juzgado mientras Egin, aún en circulación, le dedicaba vistosos y abultados titulares. El 3 de febrero de 1998 una periodista de Onda Cero repasó con él los acontecimientos de las semanas anteriores y acabó preguntándole por los motivos que le empujaban a seguir en la vida municipal en vez de quedarse en casa cómodamente jubilado. “Si uno piensa individualmente en él -le respondió-, lo más cómodo, no hay duda, es llevar una vida mucho más tranquila, sin meterse en estos fregados. A lo largo de la vida hay muchas veces en las que, egoístamente, te lo puedes plantear. Pienso que nuestro trabajo no es solamente para que nuestra generación viva mejor o peor, sino para que vivan mejor nuestros hijos, nuestros nietos y otras nuevas generaciones. Tenemos que seguir luchando para que nosotros -Dios nos dé muchos años de vida- podamos disfrutar también de esa paz y libertad que en este momento están quebrantadas por esos asesinos. O que por lo menos puedan disfrutarlas las generaciones que vengan después. Sería terrible que nos escondiéramos, que nos metiéramos en casa y les dejáramos el campo libre, porque todos íbamos a sufrir”.

Tres meses después de la querella y de la entrevista, el 6 de mayo de 1998, Tomás Caballero fue asesinado junto a la puerta de su casa.

Los muertos se llevaron la peor parte, qué duda cabe, pero hubo además decenas e incluso cientos de concejales que padecieron intimidaciones, insultos, amenazas y ataques. El 13 de enero de 1997, cuando aún vivían Miguel Ángel Blanco y Tomás Caballero, le quemaron el coche al socialista Manuel Ochoa, también concejal en Pamplona. Aquella noche, una vez apagado el fuego, después de tranquilizar a sus dos hijos hasta conseguir que se durmieran, Ochoa se metió en la cama y apagó la luz, pero no podía dormirse: “Empezaba a pensar en las posibles alternativas -le contaría después a un periodista-. En dejarlo todo, que es lo que en un momento así te piden el cuerpo y la familia. Sin embargo, me hacía a la vez muchas otras preguntas: ¿Qué queda si me marcho? ¿Les voy a dejar que ganen? ¿Qué error he cometido yo para que me pase esto?”.

A la mañana siguiente, ya más tranquilo, su decisión era firme: “Si después de lo que tanta gente ha luchado no defendemos la democracia y la libertad de los ataques de estos intransigentes, no nos quedará nada. Y si los que tenemos que estar nos vamos por una cosa como la que me ha pasado a mí, ¿quién dará el siguiente paso? La huida sería un mal ejemplo”.

El 28 de septiembre de 2002 se celebró en el frontón Atano III de San Sebastián un homenaje a las víctimas de la violencia de ETA y a los concejales amenazados. Ana Urchueguía, alcaldesa de Lasarte, arropada aquel día por representantes de los partidos, colectivos e instituciones que habían peleado junto a ella, recordó los “momentos duros” que habían padecido los concejales de muchos ayuntamientos y terminó con una reflexión que resume y hace justicia a lo ocurrido durante aquellos años sombríos: “Los amenazados -dijo- somos el frontón que detiene los golpes del fascismo. La falta de libertad debe ser el aliento que anime a nuestra sociedad a lograr una libertad plena”.

En estos tiempos de descrédito de la política y de generalizaciones injustas, convendría no olvidar la epopeya que escribieron con su valentía y a veces con su sangre tantos alcaldes y concejales. Se lo debemos a Miguel Ángel Blanco y a muchos otros que también dieron un paso adelante sabiendo que se estaban jugando la vida.

Javier Marrodán es periodista y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. Ha coordinado el proyecto ‘Relatos de plomo. Historia del terrorismo en Navarra’, que se publicó en tres volúmenes entre 2013 y 2015. De allí proceden algunas de las referencias y las citas incluidas en este artículo.

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