La equidad educativa

Primer día de clase del curso 2017/18 en un colegio público bilingüe de la Comunidad de Madrid. Uly Martín.

Los recortes en la inversión educativa a los que ha llevado la crisis han hecho retroceder el porcentaje del PIB dedicado a educación del 5,0% al 4,3%, de los más bajos de la Unión Europea. La ratio de alumnado por profesorado ha aumentado, se suprimieron los planes de apoyo, el importe medio de las becas universitarias descendió… Sin embargo, el abandono educativo baja rápidamente, las competencias medidas en PISA se mantienen estables, y a pesar de que somos uno de los países de Europa con más desigualdad económica y en los que más ha crecido esta, mantenemos niveles de equidad educativa cercanos a los de los países nórdicos. Además, las diferencias entre centros públicos y concertados o privados se explican por la composición socioeconómica de su alumnado (de los mayores niveles de segregación social entre los países de la OCDE), mientras que las diferencias de calidad académica entre tipos de centros son de las más bajas de los países de nuestro entorno.

En resumen, empeoran los insumos del sistema educativo, mientras sus resultados mejoran o se mantienen constantes, sin que haya empeoramientos sustanciales de la equidad (excepto para el 5% más pobre). Parece que nuestra peor crisis económica desde la Guerra Civil ha mejorado la eficiencia del sistema educativo, sin apenas tocar su equidad. Lo contrario a lo que cabría esperar. Es más, tan contrario que haríamos bien en no dejarnos llevar por presuposiciones e intentar analizar con frialdad lo que podemos aprender de esta especie de “experimento” que ha sido la crisis. Para empezar, podríamos haber planteado la cuestión al revés: cuando mejoraron los recursos y planes educativos, no hubo mejoras sustanciales de resultados. Si eso fue así, ¿por qué habrían de empeorar con los recortes? Entonces ¿no influyen los recursos en los resultados?

Sí influyen, pero no es tan sencillo como en una cadena de montaje, en la que se ponen unos insumos al comienzo y se sabe qué se obtiene al final. Debemos tener una mirada más compleja. Los recortes educativos se deben sobre todo a la bajada salarial del profesorado y a la no reposición de jubilaciones. El profesorado ha demostrado durante la crisis que su malestar laboral no se transforma en docencia de peor calidad, probando así su profesionalidad con su mayor esfuerzo. El aumento de las ratios puede llevar a un aumento considerable de las dificultades en un segundo de ESO conflictivo, pero poco en un segundo de Bachillerato, debido a que el alumnado está ya muy seleccionado académicamente. Los programas de apoyo son necesarios, pero posiblemente fueron insuficientes, y no dio tiempo a mejorar su implantación.

También debemos considerar el papel del mercado de trabajo: a más paro, más jóvenes estudiando (baja el coste de oportunidad). Entonces cabría esperar que con la bajada del paro aumentase otra vez el fracaso escolar. Pero hay que considerar las oportunidades laborales asociadas a los diferentes niveles educativos, ya que la crisis no solo ha destruido más el empleo de baja cualificación, sino que la recuperación no le llega en la misma medida. Además, están las familias, que han sido conscientes de que en un contexto de crisis, lo mejor es invertir en educación, aumentando el presupuesto que dedican a esta partida. Este mayor esfuerzo económico de las familias ha compensado en parte los recortes públicos. Por ejemplo, la matrícula universitaria ha aumentado en torno a un 50% (varía por comunidades autónomas), lo que supone unos treinta o cuarenta euros mensuales. Un dinero que las familias se han esforzado en lograr, como prueba que tal encarecimiento ha ido parejo al aumento del porcentaje de jóvenes que estudian en la universidad (aunque haya descendido el número, debido a la demografía). Si bien es cierto que muchas familias no pueden realizar este esfuerzo, la mayoría de ellas quedan exentas del pago de matrícula, debido a la política de becas.

La complejidad de la relación entre recortes educativos, eficiencia, equidad y el comportamiento de los agentes educativos (profesorado, estudiantes, familias, empresas…) hace necesario que ahora que vuelve a aumentar la inversión en educación, estudiemos cómo mejorar no solo la cantidad de dinero, sino también cómo mejorar la inversión. Esto supone abandonar políticas incrementalistas (gastar más en lo que ya estamos gastando) y debatir más a fondo la organización del sistema educativo.

José Saturnino Martínez García, autor de La equidad y la educación (La Catarata, 2017) y profesor de Sociología en la Universidad de La Laguna.

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