La era de la cultura de la apariencia

Una de las cualidades definitorias del ser humano es conocer más y, cuando pierde ese deseo, deja de crecer como persona. El conocimiento, el saber, requieren sacar conclusiones de los datos que aporta la información. Hay gente que no entiende que muchas personas estudien, investiguen o lean por el simple placer de conocer, de saber más. “La ciencia es la busca de la belleza en la naturaleza”, escribió Ruiz de Elvira. Porque la belleza es inagotable. El investigador, el estudioso, no acabará jamás su trabajo ni la fuente de su placer se agotará nunca

Genio, en sentido filosófico, es la suprema encarnación del poder en el terreno de la cultura. Han sido genios, y siguen siendo reconocidos como tales, Jesucristo, San Pablo, Lutero, Napoleón, Cervantes… los grandes científicos, quienes con sus acciones y creaciones han cambiado el rumbo de la Historia. En nuestra época quedan ruinas del culto al genio que durante mucho tiempo actuó como sustituto de la santidad cristiana que se inscribieron a la vida teórica, de forma monástica y laica, profesoral o civil, ética y estética, amantes de la verdad. Sólo observaban atentamente la naturaleza de las cosas, ocupación que está por encima de todas las demás. Tanto en una como en otra, el individuo tenía que deponer su yo profano mortal para cambiarlo por otro anímico-mental indestructible. “El poeta y el sofista [los intelectuales] tienen en común la pretensión de poder hablar y tratar de todo; pero ambos son aventajados por cualquier simple artesano que conoce bien su oficio. Saber cómo se hace un zapato o una mesa: esta formación a través de las cosas es el modelo del saber […]. Todo auténtico saber viene determinado por su objeto”, escribió H. U. von Baltasar.

En nuestros días, seguramente cuanto más adelante más, la PlayStation es una manera de hacer de una pantalla el mundo, cambiar del juego, un puzzle que poco a poco va encajando, por la deriva íntima. La pantalla de la PlayStation es la alegría, la salvación de habitar en un mundo gris alejando de la existencia real, del tiempo, del espacio en el que el jugador vive y existe. No habita porque huye de su ser, vive en un “engranaje de rumores”, como poetizó A. García. El presente está conformado por las pantallas, somos prisioneros de las imágenes. Nuestra cabeza está en la nube y en el ordenador, en el móvil, en la tableta. Los niños ya nacen en una cultura digital, piensan en términos hipertextuales, pueden ir de aquí para allá sin seguir un orden lineal.

Porque una imagen vale más que mil palabras, los principales personajes de una campaña electoral son el consejero de imagen y el fotógrafo. Los políticos aparecen como cantantes, modelos de marcas de ropa, y sus discursos se confunden con la publicidad. Especialmente en radio, la publicidad es una noticia más, porque la hace, la recita, la lee el locutor que está dando las noticias sin problema de continuidad. No hay cortes, no hay diferente tono de voz. Los héroes del saber son los ganadores de concursos que, en buena ley y por ello, sólo se pueden calificar de gente informada. Un concursante no reúne datos para obtener resultados nuevos que hagan avanzar el conocimiento, sino para recitarlos de memoria y así obtener un premio. Es una feria de vanidades, la celebridad instantánea sin más méritos que el estar allí.

Porque una imagen vale más que mil palabras, los principales personajes de una campaña electoral son el consejero de imagen y el fotógrafo. Muchos políticos llevan consigo al peluquero y al esteticista para vestirse. En la mayoría de los casos, es el propio protagonista que se filma a sí mismo para enviar la foto o el vídeo para que los suyos se hagan de él la imagen que él tiene de sí mismo. De ahí la moda de los selfies. Lo de menos son los discursos. Todo gira en torno a la apariencia, una cultura en la que los participantes en un reality show son considerados estrellas sociales.

No se utilizan letreros sino imágenes para reconocer o indicar lo que son las cosas. No hace falta leer sino ver, distinguir, reconocer imágenes. Esta técnica es la que, durante muchos siglos, utilizó la Iglesia; las fachadas de las catedrales, los retablos de las iglesias, los claustros, las imágenes no son más que la teología y el catecismo puestos en imágenes. No se utilizan letreros sino imágenes para reconocer o indicar lo que son las cosas. No hace falta leer sino ver, distinguir, reconocer imágenes. “En el nuevo mundo de la política las palabras han matado a las ideas, los adjetivos a los nombres, los eslóganes y los tuits a los hechos y a los valores, las imágenes a la realidad”, escribió J. C. Bermejo. Alguien ajeno a nuestro mundo que oyera esto podría decir: “Esta gente tiene sentido del humor”. Los contenidos no importan a nadie; lo calificativo, cualitativo, importante e interesante es el continente.

La formación moderna, falta de filosofía, amputa la inteligencia de los jóvenes y les resta la capacidad de comprender la complejidad de la sociedad y de la cultura modernas y contemporáneas. En televisión y radio existen infinidad de programas y tertulias dedicadas a las series de televisión y al fútbol; brillan por su ausencia los dedicados a la filosofía, a la teología, a la literatura. Desde que el arte ha muerto, es muy fácil disfrazar de artistas a los futbolistas. “El arte, la filosofía y la poesía han muerto, disfracemos de artistas, filósofos y poetas a los futbolistas, a los que emborronan telas y a los que llenan el papel en blanco de rayas”, piensa Vargas Llosa. Todo se reduce a “beatería cultural”, dice Gomá. “Es lo que gusta y pide la audiencia”, se justifican los interesados. Porque los jóvenes están siendo educados tecnológicamente. La cultura es una opción.

El mazazo a la formación humanística eliminó la capacidad crítica de los nuevos habitantes del planeta y abona el mundo para nuevos dogmatismos que eliminan los espíritus libres y pensantes. Los clichés, los estereotipos visuales conforman la cultura contemporánea. El hombre nuevo está incapacitado para preguntarse por el lugar que ocupa en el espacio/tiempo en el que su existencia está; es incapaz de distinguir entre lo que debe hacer y lo que hace porque le obligan a hacerlo. Para muchos, no hay más tiempo que el de los programas de revisión/pantalla ni más espacio que el de su despacho/fábrica y la sala de juegos. El mundo se reduce a la fábrica y a la pantalla de la PlayStation. Sus ídolos son las estrellas de los campos de fútbol y de otros deportes.

El homo videns es un cuerpo, pura materia que no se pregunta por el sentido de su vida; el tiempo no le llega para jugar o ver jugar al fútbol. El homo videns sólo es libre jugando porque lo evade del asfixiante mundo real. Este hombre está incapacitado para comprender cómo piensan los demás porque él no piensa; ve el mundo como se lo exponen las pantallas, y oye su voz a través de las grabaciones.

Alguien me preguntó: “¿por qué se toma tan en serio la opinión de un futbolista?”. Precisamente por eso, porque es futbolista, respondí. El futbolista libera al homo videns de todo destino biológico o social y de toda tarea predeterminada y le hace creer que está disponible para el ocio, el arte, la política. Es decir, para lo que le da la gana; desactiva sus funciones utilitarias. El fútbol y la pantalla son el centro en torno al cual y hacia el cual el homo videns no cesa de girar; lo toman y lo arrastran dentro de ellos como una fuerza de aspiración o de succión irresistible, como si no fuera más que un fragmento del cosmos.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC y escritor. Su último libro es El fútbol (no)es así (Sotelo Blanco).

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