La era de la democracia autoritaria

Actualmente el mundo se ve sacudido por cambios tectónicos casi demasiado numerosos para contarlos: la crisis económica actual está acelerando la degradación de la gobernación internacional y las instituciones supranacionales y ambas cosas están ocurriendo junto con un traslado en gran escala del poder económico y político a Asia. Menos de un cuarto de siglo después de que Francis Fukuyama declarara “el fin de la Historia”, parece que hemos llegado al amanecer de una nueva era de conmoción social y geopolítica.

El mundo árabe se ha visto barrido espectacularmente por una primavera revolucionaria, aunque ésta está volviéndose rápidamente un gélido invierno. De hecho, la mayoría de los nuevos regímenes están combinando el antiguo autoritarismo con el islamismo, con el resultado consiguiente de un mayor estancamiento social, resentimiento e inestabilidad.

Sin embargo, más notables aún son las manifestaciones de la base social (y antisocial) que están extendiéndose rápidamente en las acomodadas sociedades occidentales. Esas protestas tienen dos causas importantes.

En primer lugar, la desigualdad social ha aumentado sin cesar en Occidente en el último cuarto de siglo, gracias en parte a la desaparición de la Unión Soviética y, con ella, la amenaza del comunismo expansionista. El espectro de la revolución había forzado a las minorías dominantes occidentales a utilizar el poder del Estado para redistribuir la riqueza e impulsar el crecimiento de las clases medias leales, pero, cuando el comunismo se desplomó en su núcleo euroasiático, los ricos de Occidente, convencidos de que ya no tenían nada más que temer, presionaron para reducir el Estado del bienestar, con lo que la desigualdad aumentó rápidamente. Resultó tolerable mientras la tarta completa siguió ampliándose, pero la crisis financiera mundial de 2008 puso fin a esa situación.

En segundo lugar, en los quince últimos años, centenares de millones de puestos de trabajo se trasladaron a Asia, que ofrecía una mano de obra barata y con frecuencia muy capacitada. Occidente, eufórico por su victoria sobre el comunismo y su crecimiento económico aparentemente imparable, no aplicó las reformas estructurales necesarias (Alemania y Suecia fueron las escasas excepciones). En cambio, la prosperidad occidental dependía cada vez más de la deuda.

Pero la crisis económica ha vuelto imposible mantener una buena vida con dinero prestado. Los americanos y los europeos están empezando a entender que ni ellos ni sus hijos puedan dar por sentado que serán más ricos con el tiempo.

Ahora los gobiernos afrontan la difícil tarea de aplicar reformas que afectarán con mayor dureza a la mayoría de los votantes. Entretanto, no es probable que la minoría que se ha beneficiado financieramente en los dos últimos decenios abandone sus ventajas sin luchar.

Todo esto ha de debilitar por fuerza el atractivo de la democracia occidental en países como Rusia, donde, a diferencia de Occidente o, en gran medida, del mundo árabe, quienes están organizando las manifestaciones en masa contra el gobierno pertenecen a la minoría económicamente poderosa. Hay un movimiento de reforma política –que exige cada vez más libertad y rendición de cuentas por parte de los gobiernos– y no de protesta social, al menos aún no.

Hace unos años, estaba de moda preocuparse por la amenaza que el capitalismo de estilo autoritario (por ejemplo, en China, Singapur, Malasia o Rusia) representaba para el capitalismo democrático. Actualmente, el problema no es sólo económico.

El modelo del capitalismo occidental, propio de una sociedad basada en una prosperidad casi universal y en la democracia liberal, parece cada vez más ineficaz en comparación con la competencia. Las clases medias de los países autoritarios pueden presionar a sus dirigentes en pro de una mayor democracia, como en Rusia, pero es probable que las democracias occidentales se vuelvan también más autoritarias.

De hecho, conforme a los criterios actuales, Charles De Gaulle, Winston Churchill y Dwight Eisenhower fueron dirigentes relativamente autoritarios. Occidente tendrá que volver a adoptar ese planeamiento o arriesgarse a salir perdiendo a escala mundial, a medida que sus fuerzas políticas ultraderechistas y ultraizquierdistas consoliden sus posiciones y sus clases medias empiecen a disolverse.

Debemos encontrar formas de prevenir la polarización política que propició la aparición de sistemas totalitarios –comunistas y fascistas– en el siglo XX. Afortunadamente, es posible. El comunismo y el fascismo nacieron y arraigaron en sociedades desmoralizadas por la guerra, razón por la cual ahora hay que adoptar todas las medidas para prevenir el estallido de una guerra.

Está llegando a ser particularmente pertinente en la actualidad, pues el olor a guerra se cierne sobre el Irán. Israel, que afronta un repentino aumento del sentimiento hostil entre sus vecinos a raíz de sus levantamientos “democráticos”, no es la única parte interesada. Muchos en los países avanzados e incluso algunos en Rusia parecen cada vez más dispuestos a apoyar una guerra con el Irán, pese a –o tal vez por– la necesidad de abordar la actual crisis económica mundial y el fracaso de la gobernación internacional.

Al mismo tiempo, grandes oportunidades se perfilan en épocas de cambios de gran alcance. Miles de millones de personas en Asia han logrado salir de la pobreza. Nuevos mercados y esferas para la aplicación de la inteligencia, la educación y los talentos están apareciendo constantemente. Los centros de poder del mundo están empezando a contrapesarse, con lo que socavan las ambiciones hegemónicas y anuncian una inestabilidad creativa basada en una multipolaridad auténtica, en la que las personas consiguen mayor libertad para determinar su destino en la escena mundial.

Paradójicamente, los cambios y las amenazas mundiales actuales ofrecen posibilidades tanto para la coexistencia pacífica como para el conflicto violento. Por suerte o por desgracia, de nosotros –solos– depende determinar cómo será el futuro.

Por Serguei Karaganov, decano de la Escuela de Economía Mundial y Asuntos Internacionales de la Escuela Superior de Economía de la Universidad Nacional de Investigación de Rusia. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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