La era de la disculpa

Por Daniel Innerarity, profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza (EL PAÍS, 21/02/03):

Una cosa son las justificaciones y otra las disculpas. Una justificación construye un sistema de argumentaciones a través de un proceso que se pretende riguroso. De este orden eran los razonamientos, grandiosos, y en ocasiones también peregrinos, de las ideologías del pasado. Una disculpa es algo más modesto, un artefacto casero de la estrategia política, en el que no hay relaciones causales, deducciones y silogismos, sino manejos oportunistas de la atención que no exigen el esfuerzo teórico de las grandes justificaciones ideológicas. Siempre ha habido ambas cosas, justificaciones y disculpas, pero las segundas parecen haber sustituido a las primeras tras el agotamiento de las viejas construcciones ideológicas. Se han convertido en operaciones muy adecuadas en un momento de escasez de proyectos e ideas. El arte de administrar la disculpa permite llevar a cabo las operaciones básicas que se exigen en el escenario: cautivar, distraer, desviar, aparentar, disimular. La estrategia de la disculpa pone al alcance de cualquiera una fórmula infalible para conseguir lo que en otras épocas había de ser el resultado de un trabajo profundo. El líder actual ya no necesita leer demasiado ni pensar mucho. Ni siquiera tiene que argumentar ni resultar convincente; basta con que consiga manejar correctamente los mecanismos de la atención pública. Es alguien que no tiene ideas para convencer, sino procedimientos para distraer.

No pretendo con esto construir uno de esos grandes relatos explicativos con los que cuadraban las cosas más dispares y todas las tensiones de la sociedad eran reducidas a un único criterio explicativo. Pero pienso que esta diferencia entre la justificación y la disculpa permite entender algunas cosas que nos pasan y obtener indicaciones para saber cómo conducirse, por ejemplo, en el difícil terreno conceptual del terrorismo, el antiterrorismo y la guerra. Y se comprende también que la política internacional y los asuntos domésticos se desarrollan en el mismo escenario cultural que las razones de la guerra, y los discursos antiterroristas tienen mucho en común. Ambos son lugares en los que se trafica intensamente con el arsenal de las disculpas. También permitiría entender, de paso, la curiosa sintonía entre Bush y Aznar.

Comencemos desde el principio. Propiamente hablando, ¿qué es el terrorismo? Es un fenómeno muy propio de nuestro tiempo, de la era de la disculpa, porque es la mayor entre ellas, la más grosera, que parasita de causas a las que no hace sino perjudicar, como los derechos humanos, la religión o la libertad de las naciones. Pero también tiene una dimensión “virtual” que consiste en que no pretende la aniquilación física del enemigo (como intentaban las guerras convencionales), sino su deserción mediante una estrategia que, dirigida en principio contra unas víctimas concretas, pretende modificar el comportamiento del conjunto de la sociedad. El terrorismo forma parte de nuestro paisaje cultural porque también es una estrategia de manipulación de los signos con la intención de escenificar y confundir. Umberto Eco señalaba recientemente que el terrorismo busca desestabilizar el campo de juego del enemigo; poner al otro en una situación en la que todos desconfíen de todos. Esto parecen hacerlo bastante bien. No es difícil imaginar la satisfacción de los terroristas ante el éxito que supone, por ejemplo, la actual división de la ONU y la Unión Europea ante el conflicto con Irak o el antagonismo creciente entre las fuerzas políticas democráticas del País Vasco.

También el antiterrorismo puede convertirse en una disculpa. Modificando la célebre fórmula de Clausewitz, decía Baudrillard que determinado antiterrorismo es la continuación de la falta de política por otros medios. A estas alturas de la película resulta bastante claro que el antiterrorismo no siempre sirve para incomodar a los terroristas y a veces confiere unos beneficios que no podrían conseguirse de otro modo. Sirve, entre otras cosas, para ganar unas elecciones, obtener legitimidad, incomodar al adversario, desviar la atención de otros temas, imponer unas prioridades, tapar la propia incompetencia o conferirse un poder que sin esa disculpa no soportaría una sociedad democrática. Entre los pelotazos que puede proporcionar, el más beneficioso es aquel que procede de la posibilidad de chantajear a la oposición y eliminar la discrepancia. Quien dibuja los ejes del bien y del mal lleva a cabo una polarización que simplifica coactivamente el campo de juego, despolitiza y estrecha el pluralismo. De ahí el interés en forzar unanimidades y consensos desde los que el derecho a hacer oposición resulta amenazado e interpretar la discrepancia como complicidad o deslealtad. ¿Por qué la política antiterrorista no es un ámbito para el ejercicio del pluralismo?

La lógica de cierto comportamiento antiterrorista, una vez abandonada la vieja justificación ideológica que busca silogismos y demostraciones, gira en torno a la categoría de la equiparación. La estrategia consiste en repetir insistentemente que A es igual que B hasta que eso genere un automatismo social. En un mudo confuso, atacar comienza por identificar y el público se siente aliviado con alguna referencia indiscutible en medio del follón. Así se promueve una guerra contra un país o se ilegaliza a un partido político, pero también se limita el juego de cualquier adversario bajo la amenaza de ser acusado de complicidad. Son equiparaciones más o menos arbitrarias, que definen un territorio cómodo para las propias estrategias, pero que impiden una diferenciación inteligente de realidades que son complejas.

El principal perjudicado por todo esto es el derecho, que ha girado siempre en torno a pruebas y evidencias demostrables y que ahora es obligado a moverse en el mundo de la sospecha. En la era de la disculpa el abuso cuenta con una mayor posibilidad de aceptación. Todas las garantías, los procedimientos y la suposición de inocencia se debilitan en el horizonte de una invisible conspiración. Los discursos se adentran en el terreno virtual del subjuntivo. No habrá pruebas de que Irak posee armas de destrucción masiva y el hecho de no encontrarlas será utilizado como argumento de que tiene que haberlas. Cuando Bush explicaba que la guerra contra Afganistán no podría justificarse por las evidencias tradicionales daba a entender algo realmente curioso: que se trataba de una guerra en busca de las pruebas que podrían justificarla; Powell desgranaba en el Consejo de Seguridad una batería de suposiciones con las que no podría condenarse a nadie en ningún país civilizado; Aznar ha pedido al Parlamento que le crea, como dando a entender que tiene datos de los que nosotros no disponemos, pero que si conociéramos le apoyaríamos. Toda una rehabilitación de la antigua concepción del poder según la cual unos mandan porque saben más que el resto.

Según Giddens, “los viejos mecanismos del poder no funcionan en una sociedad en la que los ciudadanos viven en el mismo entorno informativo que aquellos que los gobiernan”. En las manifestaciones ciudadanas contra la guerra se ha hecho valer no sólo el deseo de paz, sino también la aspiración democrática de igualdad en el conocimiento de los datos a partir de los cuales se toman las grandes decisiones colectivas. Se ha defendido la práctica del peso de la prueba frente a las privilegios de la sospecha. El combate contra el terrorismo, a cualquier nivel, comienza protegiendo ese juicio equilibrado y plural que el terrorismo quiere destruir.

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