La era de la incertidumbre

En qué siglo estamos es muy fácil de decir: basta mirar el calendario. En qué edad, resulta ya más complicado, pues lo de «Contemporánea» se nos ha quedado inservible al meter en el mismo saco la guerra Franco-Prusiana y la de Afganistán, el vals y el rap. Hay que buscarle otro nombre más específico, aunque solo sea para orientarnos. Y hasta que los historiadores no se pongan de acuerdo, cosa difícil, se me ocurre bautizarla como la de la «Incertidumbre», en honor al principio que lanzó en 1927 Werner Heisenberg, que desde entonces no ha hecho más que extenderse desde la Física teórica a los más prosaicos aspectos de la vida.

El siglo XX nació con la Física alborotada, y Ortega, que no sabía nada de la disciplina, pero cuyo fino olfato le permitía adivinar casi todo, le dedicó un artículo con el plástico título de «Bronca en la Física». Había empezado al descubrirse el mundo subatómico y no saber cómo encajarlo en el conocido de los objetos materiales. Fue como surgieron la Teoría de la Relatividad y la mecánica cuántica, de la mano de Einstein y Plank, frente a Galileo, Newton y su Ley de la Gravedad. Pero sería Heisenberg quien formularía el principio que iba a regir el nuevo campo, aunque regir no es la palabra más adecuada, ya que, traducido al lenguaje de los legos, dicho principio viene a decir que si en el mundo que vemos, olemos y palpamos es posible predecir el lugar donde se encuentra cada cuerpo y la trayectoria que describe, en el mundo del átomo es imposible determinar dónde se halla cada una de sus partículas en un momento preciso. De ahí que se le conozca también como Principio de la Indeterminación.

Lo malo, o lo bueno, eso no lo sabremos nunca, es que el Principio de la Incertidumbre no ha hecho otra cosa desde entonces que extenderse por todos los ámbitos de la actividad humana, derribando venerables estructuras, barriendo supuestos arraigados, acabando con certezas milenarias y dejándonos a la intemperie en los más diversos campos con la fuerza imparable de un tsunami. No son solo los fundamentos de la Física clásica los que están siendo sacudidos. Es también la gobernanza de las naciones, en la que se acaban los totalitarismos, mientras la democracia no gana para sustos. La economía no hay quien la entienda, pues, si el intervencionismo estatal no produce riqueza, el mercado produce crisis inmanejables. Las ciencias sociales ya no son ni ciencias ni sociales. La misma medicina, donde se han hecho progresos que en otros tiempos se considerarían milagros, se encuentra con enfermedades desconocidas, aparte de estar llegando al límite que impone la muerte a todo ser vivo. En cuanto a la política, ¡Dios mío, la política, manejada por una panda de fatuos ignorantes, encallados en ideologías trasnochadas, cuyo horizonte se confina al interés personal y, todo lo más, al del partido en que militan! Ninguno de ellos y ellas se ha dado cuenta de que estamos en otra era que poco o nada tiene que ver con la anterior, pero siguen hablando y actuando como sus antecesores. Aunque, hay que reconocerlo, también nos ocurre a los demás.

Me viene a la memoria la conversación que tuve con José Manuel Orza Segade, compañero de bachillerato, que devino en uno de los mejores investigadores españoles de la estructura de la materia, antes de morir no ha mucho. Tras hablar del gran acelerador de Ginebra, donde se hacen chocar partículas subatómicas sin acabar de encontrar la última, le pregunté cómo era posible investigarlas si, según el principio de Heisenberg, no obedecen a ninguna ley. Tras sonreír, me contestó:
—¿Y si lo que llamamos «falta de ley» no es más que nuestro desconocimiento de las leyes que rigen dentro del átomo?
O sea, que nos encontramos como los primeros exploradores españoles del Nuevo Mundo: en un continente que desconocemos. Peor aún: que ni siquiera imaginamos.

Pese a ello, nos movemos por él con una audacia y rapidez que produce vértigo. La informática, fundada precisamente en las subpartículas atómicas, domina hoy desde los móviles a las tarjetas de crédito, desde los supermercados a las gasolineras, desde la Bolsa al narcotráfico, desde la radioterapia a la Fórmula 1. Si un día esos electrones decidieran rebelarse o, simplemente, alcanzaran tal saturación que fuera imposible controlarlos, el mundo entero se paralizaría. Mejor dicho, se convertiría en un caos. Es por lo que los científicos de vanguardia nos advierten de que el problema de nuestro tiempo es el del caos. Para resolverlo, se concentran en el tiempo, no el tiempo del reloj, sino el tiempo meteorológico que nos trae lluvias y sequías, tormentas e inundaciones. Han adelantado bastante en la predicción, pero hasta la completa seguridad les queda aún mucho camino por recorrer, al estar envueltas demasiadas variables. E imagínense ustedes cuando se pongan a buscar normas a las infinitas variaciones del comportamiento humano, a los flujos del capital o a las interacciones tanto de países como de ideas. ¿Llegaremos un día a meter todo eso en una ecuación matemática, a embridar el caos que nos rodea? Yo, desde luego, pienso morirme sin verlo, aunque quién sabe si un día, con la ayuda de los superordenadores, no desentrañamos su misterio. En cualquier caso, de momento estamos en pleno dominio del caos, de la incertidumbre, que se extiende como una marea negra por todos los ámbitos de la vida y de los más países.

El mundo se está haciendo cada vez más versátil, más impredecible. Eso que llamamos «movimiento 15-M» o de los «indignados», ¿no será producto del colapso de la democracia clásica, de la democracia parlamentaria, representativa, que ha dado de sí cuanto podía dar? Al menos los individuos empiezan a actuar como partículas subatómicas, fuera de las normas establecidas, y rechazan delegar su soberanía en otros, diputados o partidos. Quieren ser él, o ella, que se oiga su voz, y exigen ver realizados sus deseos. El resultado es una cacofonía de voces que se contradicen, pero el caso es hacerse oír, como en una tertulia de radio o televisión. La sociedad se está desintegrando en sus elementos primarios, como el átomo en sus partículas. El resultado es un protagonismo creciente del individuo, una carrera desaforada para que cada uno tenga, como decía Woody Allen, «un cuarto de hora de fama», de protagonismo, que pudiera quedarse en un minuto de televisión. Es incluso posible que los nacionalismos revividos no sean otra cosa que un reflejo de esa sublimación colectiva del yo.

Lo curioso es que coincide con el movimiento contrario: la globalización. Mientras los individuos se alejan cada vez más entre sí, el mundo se hace cada vez más denso, más igual. Lo que ocurre en una esquina del planeta repercute inmediatamente en la otra. Somos cada vez más diferentes y más iguales. Nada extraño que andemos tan confusos, tan desorientados, tan perplejos.

Yo no tengo, naturalmente, la solución de esta paradoja, aunque espero que la Humanidad salga de este atolladero, como salió de otros anteriores bastante más difíciles, como la Edad de los Glaciares o el desplome del mundo clásico. Lo único que se me ocurre apuntar es que la mejor, o puede que única, forma de superar el caos que nos rodea es aceptar que estamos en otra era que poco tiene que ver con la anterior. Y que, mientras no consigamos armonizar el tsunami globalizador con la creciente atomización, lo mejor será no fomentar esta y prestar más atención a aquel, dejándonos de individualismos y nacionalismos, pues esta vez nos salvamos todos o no se salva nadie. Y los experimentos con partículas, en el acelerador de Ginebra.

José María Carrascal, periodista.

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