La era de la ‘política Matrix’

No está claro que en 100 días dé tiempo a cambiar las políticas de un Gobierno. Pero son más que suficientes para cambiar la política de un país. Así, por ejemplo, la decisión del Ejecutivo de Sánchez de acoger el Aquarius suscitó un amplio y profundo debate social. Estadísticamente, la llegada de alrededor de 1.000 inmigrantes no alteraba las cifras de la inmigración en España (estabilizada desde 2007 en el 10%), pero tampoco suponía un giro en la política migratoria (las devoluciones en caliente de pocos días después así lo acreditaron). El debate, tanto a favor como en contra, urgido por la premura de la batalla mediática, se desarrolló en la virtualidad de las imágenes y las sensaciones, al margen de los números, los datos y las leyes vigentes.

¿Cuál fue la consecuencia demoscópica de este debate? Las dos últimas encuestas del CIS reflejan un notable incremento de la preocupación por la inmigración: del 3,5% al 15%. Es decir, en pocos meses, esta preocupación se ha casi multiplicado por cinco. Se estaba operando lo que los sociólogos llaman un sesgo de percepción.

Tiene su lógica. La neurociencia de los últimos años ha demostrado que no se reacciona frente a los cambios en la estadística (lentos y a largo plazo), sino ante impactos que generan sensaciones inmediatas. El Premio Nobel de Economía, el psicólogo Daniel Kahneman, explica estos continuos sesgos de percepción por nuestra dicotómica forma de pensar basada en dos sistemas enfrentados de conocimiento: el rápido, que privilegia las sensaciones espontáneas, y el lento, que construye conclusiones tras razonamientos basados en los datos y en la estadística.

Lo llamativo es que, en contra de lo que podría esperarse, el acceso a la información facilitado por las tecnologías de la comunicación no ha privilegiado el pensamiento lento, sino el rápido y emocional. En realidad, la perspectiva que veía en estas tecnologías la posibilidad de una opinión pública mejor informada, ha fallado en su diagnóstico. Lo que extienden las redes a gran velocidad no es la información, sino el espectáculo. No es el fondo lo que se transmite en tuits o posts, sino la forma de las cuestiones, su pura apariencia. Esta tendencia se acelera cuando, presas de un horror vacui colectivo, de lo que se trata es de ocupar el escenario a toda costa. Como sostiene Byul Chung Han, algo existe si es expuesto: “Lo invisible no existe, de modo que todo es entregado desnudo, sin secreto, para ser devorado de inmediato”. Y si la implosión de la vida en común como pura estética está transformando la política, su efecto también se deja sentir en los medios tradicionales: en gran medida, y lejos de funcionar como instrumento de corrección racional de ese espectáculo, está cediendo a la presión de las redes, ante el comprensible temor a perder cuota de mercado.

La sustitución del fondo por las formas, o de la realidad por su simulacro (como diría Baudrillard), nos lleva a situaciones paradójicas, que son el síntoma contradictorio de la posmodernidad: Simultáneamente, éste es el tiempo en el que más personas salen de la pobreza al año en todo el mundo (hay 1.100 millones menos de pobres desde 1990, según el Banco Mundial), y en el que más indignación suscita la desigualdad. España tiene, según el informe Ageing Report, el sistema europeo de pensiones más generoso: cuando un trabajador se jubila, el sistema le garantiza un 78,8% de su salario (nivel contributivo), casi el doble de la media de la UE, el 46,3% En España, las demandas sociales (pensiones, sanidad, educación) nunca han estado tan atendidas y a la vez, nunca han sido objeto de más movilizaciones y más preocupación ciudadana. La nuestra es la era en la que mayores controles y seguridad alimentaria existe, pero un vídeo de unos pocos segundos puede crear una crisis sin precedentes en la opinión pública. La resolución progresiva de un problema no conlleva la disminución en la alarma social. Vivimos en una “democracia sentimental”, como acertadamente ha descrito el profesor Arias Maldonado, en una continua adicción al shock. El cambio de la política es, en realidad, la política del cambio. La política rápida ha sustituido a la política lenta, tal vez para siempre.

Señalaba ya en 1967 Guy Debord que «el espectáculo no es una colección de imágenes», sino «una relación social entre la gente que es mediada por imágenes». Hoy, entre representantes y ciudadanía no hay datos que radiografían una realidad, sino imágenes que la construyen. No nos fijamos en la política desarrollada por un ministro o ministra al frente de su cartera (no hay tiempo para ello; ni para el político, ni para la sociedad), sino en -por poner un ejemplo- una supuesta incongruencia en su currículum. La exigencia de transparencia y rendición de cuentas se muta en demanda de desnudez total ante la amenaza de expulsión inmediata y escarnio momentáneo, como si viviéramos en un reality show televisivo. La vida, y la política, se parecen cada vez más al Show de Truman. Al político se le reclama que prescinda de su carácter humano para convertirse en un personaje virtual: con un presente de diseño, un pasado de diseño y una vida personal de diseño. El error, aunque se produjera en su etapa prepolítica, será hoy el alimento para esa necesidad de goce punitivo que desarrollan las sociedades del espectáculo. El triste consuelo que le queda a la víctima es la rapidez con la que su nombre es olvidado y sustituido por nuevos objetivos a batir.

Dentro de un tiempo, con cierta perspectiva, podremos analizar en profundidad las consecuencias de que la política se haya convertido en un espectáculo total, un juego de formas. Tal vez sea la progresiva transformación de nuestras sociedades en espacios de convivencia cada vez más exigentes, sensibles y severos, con más códigos morales que nunca; tal vez, esta emocionalidad de la política transformada en estética sea el perfecto abono para los nuevos populismos.

Lo cierto es que 100 días han bastado para inaugurar un tiempo nuevo. Un tiempo en el que la representación de la política ya no sustituye a la realidad. La representación es la única realidad política. La realización perfecta de Matrix. Bienvenidos al desierto de lo real.

Gerardo Iracheta es presidente de Sigma Dos.

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