La era de las noticias falsas

Por primera vez en mis 45 años de profesor, los estudiantes de mi clase -en este caso de Historia de la retórica en la Universidad de Notre Dame, en EEUU- se han puesto de acuerdo. Todos se muestran indignados -es un reflejo de los sentimientos de casi toda la nación- por el llamado Rusiagate -la supuesta interferencia propagandística rusa en las pasadas elecciones a la Presidencia norteamericana- y otros actos similares y sospechas de intentos extranjeros de injerencia en la política y la economía del país. Efectivamente, cada día se acumulan más pruebas de que desde Rusia, sobre todo, pero también desde China e incluso desde Irán y Corea del Norte se arman sitios web dedicados a sembrar mentiras y noticias falsas entre el público estadounidense, fomentando el descontento, provocando odios entre clases y razas, y favoreciendo la aparición de políticos corruptos y explotables por soborno o chantaje.

Para mí, como historiador, no hay nada nuevo bajo el sol. El pánico que provoca la injerencia de medios extranjeros en la vida estadounidense me recuerda a la época de la Guerra Fría y la fase intensa de censura y persecución de supuestos comunistas por el notorio Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso de EEUU. Desde 1945 hasta muy entrada la década de los 50 se compilaban listas negras de autores y artistas denunciados por ser presuntamente agentes de propaganda soviética. La represión estranguló la creatividad. Charles Chaplin, Orson Welles y Paul Robeson -para mí el mejor cantante estadounidense de toda la historia- se hallaron entre los perseguidos que se tuvieron que exiliar o dejar de trabajar por sufrir el estigma. Incluso empleados del Gobierno se nombraban por el Comité para provocar su dimisión y, en algunos casos, sufrieron un proceso judicial por practicar «la traición como arte» y servir a los intereses de una potencia ajena.

La era de las noticias falsasPara demostrar su lealtad, artistas que querían seguir trabajando producían una serie de escritos y películas supuestamente reveladores de la maldad de la propaganda rusa. Los productos contrapropagandísticos solían ser de baja calidad. El otro día, errando por las estanterías antiguas de la biblioteca universitaria, me tropecé con la que debe de ser la peor novela de la gran escritora Helen MacInnes, Ni cinco ni tres, de 1951. «Son ellos los que han elegido las armas», proclama un personaje que, por lo visto, representa la voz de la autora. «Debemos reconocerles por lo que son o inscribirnos en las páginas de la Historia como los bobos más estúpidos del mundo. El reto está claro. Es el deber de cuantos nos ganamos la vida trabajando en medios de comunicación -editores, escritores, regidores y directores, periodistas y cronistas, gente de tele y radio-. Nos toca a nosotros. Debemos distinguir las mentiras y sacarlas a luz para defender la sociedad. Debemos desvelar la conjura». Por supuesto, el efecto de la contrapropaganda era sembrar aún más pánico.

Mi vocación de profesor de historia consiste en parte en decir a mis alumnos que lo que está sucediendo tiene raíces y precedentes históricos. Pero cuando les llamo la atención sobre los precedentes del fenómeno de fake news protestan que lo actual no se parece en absoluto a la experiencia de la Guerra Fría. La gran diferencia es el aspecto tecnológico que facilita la siembra de mentiras: ya no les hace falta a los intrusos introducir individuos para servir de fabricantes de mentiras en los medios norteamericanos. Con menos jaleo y a bajo coste difunden sus versiones de las noticias por la web. Lo curioso es que consiguen oidores.

Debo confesar que me es difícil comprender el éxito de la comunicación por internet. Paso la vida leyendo temas estudiantiles en pantalla y contestando a correos electrónicos. Cuando tengo un momento de ocio huyo del ordenador. Vuelvo al consuelo nostálgico de un libro impreso y encuadernado, o a la radio, con su tono íntimo y tradicional, o a la conversación con amigos. No se me ha ocurrido participar en Facebook, Twitter o redes semejantes. Mi obstinación es impermeable: no respondo a los anuncios sino con escepticismo. Los buenos productos se difundirán por recomendación personal, me digo. Creer al anunciante es como creer a un político que te solicita el voto o un Don Juan que intenta seducir y explotar. Por mi educación humanística, todo texto se me devela como una especie de trampa que debe estudiarse profundamente antes de meterle la pata.

Pero acabo de descubrir en mí mismo el motivo de los que creen en falsedades. Mi epifanía me sobrevino hace unos días al salir de un garaje donde me habían cambiado un cinturón de seguridad en el coche de mi mujer (como ludita y tecnófobo fiel, no tengo coche propio). Se me ocurrió, al arrancar, que ni había intentado manejar ni probar el cinturón. No sabía si ya funcionaba. Me había entregado a las manos del mecánico sin cuestionar su competencia o su honradez. No tenía ni el pretexto de una seducida -éste es, supongo, el amor- ni del devoto que es víctima de su fe, ni de quien responde positivamente a un anuncio por ser alguien crédulo o necesitado. Yo, sencillamente, confiaba en los empleados del garaje porque me daba cuenta que eran expertos, prácticos, que sabían más que yo del asunto. O sea, me fiaba de ellos por el mismo motivo que tienen mis alumnos al fiarse de mí (si alguna vez lo hacen): la deferencia ante la sabiduría supuesta de un supuesto experto. Los engañados por los sitios de fake news son víctimas de sus propias virtudes: la humildad de respetar a los mentirosos, la cortesía de escuchar atentamente a burladores y estafadores. Se someten a la supuesta superioridad. Hago lo mismo cuando confío en los chicos que arreglan mi ordenador o en las monjas que amablemente se encargan de lavar mi ropa.

«¿Por qué -pregunto a mi clase- os preocupáis por las mentiras de los rusos y los chinos cuando tenéis un presidente que parece incapaz de confesar la verdad?».

Contesta Carlos José, un chico hispano que suele sonreír irónicamente y lanzar burradas calculadas. «Pero es que las del presidente son mentiras nuestras. Lo que nos ofende es que esos extranjerotes nos engañen con mentiras ajenas», insiste.

Soy el único que ríe. Para los demás el tema es demasiado serio. Katie, una rubia de ascendencia irlandesa, intenta explicarme el asunto. «El problema consiste en un exceso no de credulidad sino de confusión. Habitamos un mundo tal vez demasiado escéptico: la gente educada, por lo menos, se cede ante el posmodernismo, el paradojismo, la insuficiencia de pruebas, la incertidumbre. Las élites son incapaces de ofrecer consuelo y seguridad a un público aterrorizado por cambios incontrolables y problemas insolubles. Cuando la gente acude a la Red buscando soluciones, lo que le importa no es que éstas sean verdaderas, ni creíbles, ni fundamentadas en pruebas racionales ni científicas, sino sencillamente que sean simples e inteligibles. He aquí la razón del éxito tanto de Donald Trump como de sus apostadores extranjeros. Pasa igual con los populistas en otras zonas del mundo. La verdad es compleja y oscura. Las falsedades tienen la ventaja de ser sencillas y claras».

«Bien», comento. «Pero las declaraciones de Trump están llenas de contradicciones y la propaganda de tal o cual sitio web viene socavada por la de otros».

«Lo mismo da», contesta Katie. «Las contradicciones dan lugar a confusión y la confusión a la búsqueda de soluciones simples o el deseo de echar la culpa a élites o a minorías étnicas. Es la tesis, profesor, que usted. planteó en ese libro suyo, Un pie en el río, así que no ya no le vale negarla».

«Me someto -digo- a tu sagacidad superior. ¿Y cómo debemos reaccionar?».

«Una educación humanística, que vale para descifrar mentiras, no es accesible a la gran mayoría de nuestros conciudadanos», comenta Katie reflexionando. «La respuesta de MacInnes ya es impracticable por la multiplicación incontrolable de los medios. Queda la censura. A lo mejor, el comité judicial que está investigando el caso Rusiagate acabará siendo una especie de reencarnación del Comité sobre Actividades Antiamericanas».

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

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