La era del desorden

No es fácil reconocer las eras históricas antes de que terminen. El Renacimiento sólo llegó a ser el Renacimiento en retrospectiva; lo mismo puede decirse de la Edad Oscura que lo precedió, y de muchas otras eras. La razón es simple: ante cualquier acontecimiento, sea prometedor o preocupante, es imposible saber si es un hecho aislado o señal del inicio de una tendencia duradera.

Sin embargo, me atrevo a asegurar que estamos presenciando el fin de una era en la historia mundial y el comienzo de otra. Ya pasaron veinticinco años desde la caída del Muro de Berlín, que puso fin a cuarenta años de Guerra Fría. Siguió una era de predominio estadounidense, mayor prosperidad para muchos, aparición de numerosas sociedades y sistemas políticos relativamente abiertos, y difusión de la paz, incluido un importante grado de cooperación entre las principales potencias. Pero esa era terminó, y su fin preanuncia el inicio de una época mucho menos ordenada y pacífica.

Medio Oriente está en los albores de una Guerra de los Treinta Años moderna, donde las lealtades políticas y religiosas serán motor de conflictos prolongados, y a veces feroces, dentro y a través de las fronteras nacionales. Rusia, con su accionar en Ucrania y otros sitios, desafió lo que venía siendo un orden europeo mayormente estable y basado en el principio jurídico de no aceptar la toma de territorios por la fuerza militar.

Aunque la mayor parte de Asia está en paz, es una paz precaria que puede deshacerse de un momento a otro, por la gran cantidad de conflictos territoriales no resueltos, el nacionalismo creciente y la escasez de ordenamientos diplomáticos (bilaterales o regionales) capaces de prevenir o moderar enfrentamientos. Entretanto, los esfuerzos internacionales por frenar el cambio climático, promover el comercio internacional, fijar reglas nuevas para la edad digital y prevenir o contener brotes de enfermedades infecciosas han sido inadecuados.

Todo esto se debe en parte a cambios fundamentales en el mundo, entre ellos la extensión del poder a una cantidad creciente de actores estatales y no estatales (desde milicias y organizaciones terroristas hasta corporaciones y ONG). Ya en mejores circunstancias sería difícil controlar las emisiones de gases de efecto invernadero y los flujos globales de drogas, armas, terroristas y patógenos; mucho más cuando falta consenso respecto de lo que hay que hacer, y cuando habiendo consenso, falta voluntad de hacerlo.

Otras razones del creciente desorden global surgen de Estados Unidos. La Guerra de Irak, en 2003, exacerbó las tensiones entre sunnitas y shiítas, y eliminó una barrera crucial contra las ambiciones iraníes. Más cerca en el tiempo, Estados Unidos pidió un cambio de régimen en Siria, pero luego no ayudó a producirlo, incluso después de que las fuerzas del gobierno, desoyendo advertencias estadounidenses, usaron más de una vez armas químicas; el resultado fue un vacío regional que llenó el Estado Islámico. Y aunque formuló una nueva política de mayor presencia en Asia (el denominado “giro estratégico”), Estados Unidos hizo poco por concretarla.

Estos y otros hechos extendieron las dudas sobre la credibilidad y confiabilidad de Estados Unidos, lo que llevó a cada vez más actores estatales y no estatales a actuar en forma independiente.

La creciente inestabilidad global también tiene razones locales. En Medio Oriente sobra intolerancia y faltan acuerdos sobre las fronteras entre gobierno y sociedad, o el papel de la religión. Entretanto, los países de la región y sus vecinos poco hacen por impedir el ascenso del extremismo o confrontarlo allí donde aparezca.

La Rusia de Vladímir Putin parece decidida a usar la intimidación y la fuerza para recuperar partes del antiguo imperio. Europa tiene cada vez menos medios y menos voluntad para cumplir un papel internacional significativo. En Asia, demasiados gobiernos toleran y alientan el nacionalismo, en vez de preparar a sus poblaciones para el logro de acuerdos negociados, difíciles pero necesarios, con sus vecinos.

Esto no quiere decir que vayamos rumbo a una nueva Edad Oscura. La interdependencia pone un freno a lo que los gobiernos pueden hacer sin dañarse a sí mismos. La economía mundial logró cierta recuperación respecto del abismo en que estaba sumida hace seis años. Hay estabilidad en Europa, lo mismo que en América Latina y una parte cada vez mayor de África.

Además, podemos resistir y frenar el nuevo desorden. Las negociaciones internacionales pueden alejar la posibilidad de que Irán desarrolle armas nucleares, lo suficiente para que sus vecinos no sientan necesidad de atacarlo o desarrollar esas armas para sí. Pueden tomarse medidas para debilitar militarmente al Estado Islámico, reducir su acceso a dinero y nuevos combatientes, y proteger algunos de sus posibles blancos. Las sanciones y la caída del precio del petróleo pueden convencer a Rusia de retroceder en Ucrania. Los gobiernos asiáticos todavía pueden optar por forjar acuerdos regionales que refuercen la paz.

Pero es probable que todo esto se vea constreñido por la política interna de los países, la ausencia de consenso internacional y la pérdida gradual de influencia de Estados Unidos, al que ningún país puede reemplazar y al que pocos están dispuestos a ayudar a promover el orden. El resultado será, en comparación con el período posterior a la Guerra Fría, un mundo menos pacífico, menos próspero y menos capaz de resolver los desafíos que enfrente.

Richard N. Haass, President of the Council on Foreign Relations, previously served as Director of Policy Planning for the US State Department (2001-2003), and was President George W. Bush’s special envoy to Northern Ireland and Coordinator for the Future of Afghanistan. His most recent book is Foreign Policy Begins at Home: The Case for Putting America’s House in Order. Traducción: Esteban Flamini.

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