La escuela, arma de guerra del independentismo

Es la guerra oculta de la que nadie te va a hablar. En Cataluña y en el País Vasco, los alumnos sometidos a la inmersión lingüística se rebelan. Obligados a hablar en catalán y en euskera en las aulas, utilizan el castellano en los patios.

En Cataluña, con datos de los espías de la Plataforma de la Llengua, financiados por socialistas e independentistas de la Diputación de Barcelona, el 65% de los alumnos en primaria y el 85% en secundaria usan el español durante el recreo. Datos similares se dan en el País Vasco. Convertida la escuela en un campo de batalla, los patios se transforman en la Zona Verde, el espacio libre.

Mariano Fernández Enguita y Julio Carabaña –nuestros mejores expertos en sociología de la educación–, en un reciente ensayo con multitud de datos de Pisa sobre casi cuarenta mil alumnos, demuestran que hay un serio problema de diglosia, ruptura escuela-sociedad, consecuencia de la imposición como lengua vehicular exclusiva del catalán y del euskera, expulsando del aula la lengua mayoritaria y común, el español.

Han comprobado también que ese sistema forzado de inmersión provoca en todos los alumnos –todos– un menor sentimiento de pertenencia a la escuela, algo dañino para el rendimiento escolar, como saben padres y profesores.

Los sociolingüistas de las universidades vascas y catalanas que promueven estas políticas han diseñado proyectos de seguimiento, Arrue para el País vasco y Resol para Cataluña. Sus informes periódicos son verdaderos partes de guerra sobre la marcha de lo que ellos denominan “normalización lingüística”.

Quienes les lean comprobarán que transforman el respetable objetivo de proteger lenguas propias en situación de “debilidad contextual”, que nadie discute, en un intento de modificación de la estructura lingüística de la población. Impresiona lo lejos que están dispuestos a llegar en su trabajo de ingeniería social.

No les desanima comprobar, en sus propios datos, el retroceso del uso del catalán y del euskera en patios y actividades extraescolares, en el hogar, entre amigos, en el “consumo de información y cultura”. O detectar cómo el 80% de los alumnos chatean entre ellos en castellano, su lengua común.

Lo que ocurre es que, como señalan Enguita y Carabaña, “el castellano se recupera en la relación entre iguales (alumnos con alumnos) frente a la comunicación jerárquica (profesores con alumnos), en los patios frente a las aulas”. Por ello, necesitan una estrategia de utilización de la escuela como arma de guerra, “motor”, dicen, para la “normalización lingüística”.

Por contraste, ¿cómo están las cosas en lo que llaman el País Vasco Norte, en Francia? El experto local que se ocupa tiene poco que decir, solo puede hacer un informe “virtual”, dice. Ya lo creo.

En la parte francesa de lo que denominan Euskal Herria –País del euskera- hay poco que decir sobre el vascuence: parece que la República Francesa no tiene interés en que el francés deje de ser lengua vehicular en sus escuelas. Eso se lo dejan a España, el Estado opresor.

Tras cuatro décadas, estos expertos piden más dinero para “cambiar de paradigma”. Es decir, para llevar la presión en la modificación de los hábitos lingüísticos más allá de la escuela. Sobre todo, cuando empiezan a detectar signos de rechazo a la lengua “propia”, como ocurre con el euskera, que ha sido ya superado por el inglés en la escala de preferencias de los alumnos de secundaria, según sus propios informes.

En pleno delirio supremacista, se fijan como modelo para su proyecto en la “inmersión lingüística” de los inmigrantes en Alemania. Así lo explican: “Si se permite la metáfora, aprendieron a andar en bicicleta dándole a los pedales. En la actualidad saben esa (lengua) porque comenzaron a utilizarla con sus compañeros de trabajo, con las personas con las que convivían y, más tarde, con la ciudadanía”.

¡Santo cielo! Quieren tratar a más del 70% de los vascos, que son castellanoparlantes, como a inmigrantes en su propia casa. Si les dices a estos lingüistas-talibanes que el español es la lengua común de los vascos como el alemán de los alemanes, les importa un comino. Están construyendo una nación, señor.

Suelen replicar con dos argumentos. Primero, la comparación con Quebec. Típica trampa del supremacismo, pero ocultan que ese sistema es voluntario, flexible y temporal; nada que ver. En segundo lugar, dirán que las familias eligen. Más falsedades.

Enguita pone de relieve que las familias no quieren una inmersión lingüística en catalán o vasco como única lengua vehicular de la escuela: “Aunque está muy mal visto preguntar esto en Cataluña, y por tanto cada vez se pregunta menos, varias encuestas han arrojado esta mayoría: el CIS la cifró en el 70% (1998), ASEP en el 78% (2001) y el 68% (2009), DYM en el 91%”. En el País Vasco igualmente responden que quieren que el castellano no desaparezca de la escuela como ocurre con el modelo D. La escuela utilizada como aparato ideológico.

Para incrédulos: decenas de expertos de las universidades catalanas -Grup Koiné-, propusieron que las lenguas oficiales de la Cataluña independiente fueran el catalán y el aranés. ¿Y qué pasa con la lengua común de Cataluña y materna del 55% de los catalanes, el español?

Léase su “Manifiesto por un verdadero proceso de normalización lingüística en la Cataluña independiente”, donde se explica todo y sirve para comprender qué quiere decir inmersión para ellos. ¿Hay mejor forma de envenenar la sangre de una comunidad?

Y está la tropa, decenas de miles de profesores de aula. Sin ellos, la escuela como motor para hacer nación sería imposible. En el País Vasco, por ejemplo, más del 70% son euskaldunes, en tanto sus alumnos son castellanoparlantes en un 80%.

En Cataluña, según el CEO, frente a un 20% de ciudadanos que se confiesan “solo catalanes”, los profesores lo hacen en un 41%; cuando la media de apoyo a la independencia no supera el 40%, ellos están por encima del 60%; son, por supuesto, el colectivo que más vota a partidos independentistas, de largo. ¿Se entiende?

¿Quién representa a las víctimas de este supremacismo? Durante décadas de bipartidismo, nadie. Han sido mercancía electoral. Hoy, es aún peor: el Gobierno de España proporciona oxígeno a quienes aspiran a la independencia “paso a paso”, como declara con descaro el PNV, y a quienes no renuncian al asalto, como amenaza ERC cada día. Y, aunque en 2017 se produjo una reacción con cientos de miles de catalanes constitucionales en la calle y un voto masivo a Cs, hoy parece que la resignación ha vuelto.

No será la España tripartita con la que amenazan la que ponga fin a esta masacre con el idioma como arma. Al contrario, la expandirá. Si es el futuro que nos espera, seguirá la resistencia en los patios de las escuelas. Pero no es inevitable.

Jesús Cuadrado Bausela es geógrafo y ha sido diputado nacional del PSOE en tres legislaturas.

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