La escuela vasca ante el fin de ETA

Unamuno escribió que «a veces el silencio es la peor mentira». Desde el instante en que ETA anunció el cese de la violencia, artículos, editoriales y tuits inundaban espacio y ciberespacio mostrando sentimientos encontrados de euforia, satisfacción, alivio y cautela. En los días posteriores leímos declaraciones institucionales, pensamos con las reflexiones de politólogos y lloramos con las lágrimas de amenazados que sienten, por fin, más próximo el final de la pesadilla.

Pero en este momento surgen complicados interrogantes: ¿ahora, qué? ¿Cómo lo hacemos? Llevamos tiempo diciendo que es necesario ser capaces de construir un relato de lo pasado firme, coherente, no basado en la venganza pero justo y solidario con el dolor sufrido, para poder construir una comunidad plural y solidaria. Y aquí es donde la escuela vasca debe jugar un papel protagonista.

Una escuela -obviando honrosas excepciones- que deberá preguntarse por qué miró durante tantos años hacia el lado oscuro cuando a la hora de formar en valores humanos se cruzaba el discurso contaminante de ETA. ¡Cuántas veces hemos acudido al silencio cómplice! («¡No hablar de política en clase!»).

Es difícil sustraerse a esa mayoría envalentonada que socialmente copaba cualquier discrepancia con sus argumentos ideológicos particulares, hábilmente expuestos con el apoyo encubierto -o no- de la violencia. No hemos sido capaces de expresar el sentimiento vasco más que desde una visión nacionalista, legítima pero parcial. Nos han faltado fuerzas para mostrar públicamente otras formas de sentirse vasco más allá de la oficialmente consignada. En los centros educativos ha sobrevolado el silencio en demasiadas ocasiones.

En nuestra descarga, se puede argumentar que nada ha hecho la escuela distinto de su sociedad vasca, de la que es fiel reflejo. Sin embargo, no podemos aceptarlo como atenuante, cuando los profesionales educativos tenemos a gala actuar como abanderados de los cambios, como rebeldes contra las imposiciones y el pensamiento único para fortalecer la actitud crítica. Es justo señalar en este punto que algunos educadores han mostrado en esos años de mirada aviesa su capacidad para inculcar valores democráticos y denunciar la vulneración de derechos humanos básicos. Y lo han hecho en circunstancias adversas, venciendo obstáculos, insultos e indiferencias. El mantenimiento de esa actitud valiente les ha supuesto desprecio, extrañamiento involuntario, escoltas… Siempre tendrán mi admiración.

Ahora la sociedad en su conjunto debe intervenir, asumiendo que ha llegado el momento de exigir responsabilidades. Y en este caso se trata de debatir sobre la formación de las nuevas generaciones en asuntos tan trascendentes como el respeto al diferente y la defensa de los valores democráticos: frente a la extorsión y la violencia, la sociedad debe insuflar energía suficiente a las instituciones con que se ha dotado, y entre ellas, a la propia escuela.

Por eso, ante la pregunta del «¿qué hacer?» la escuela vasca debe asumir el protagonismo social que le corresponde: ¡Hablar! ¡Basta ya de silencios! Hay que actuar antes de que las nuevas generaciones decidan priorizar otras señas de identidad (la insolidaridad, la falta de escrúpulos, el dinero fácil) y den al traste con los valores que siempre debieron defenderse.

Las sociedades -y la vasca no es una excepción- necesitan de gestos aprendidos, cultivados por la enseñanza para que el ser humano pueda vivir junto a su vecino. No va a ser fácil; nos va a exigir firmeza en la recuperación de espacios públicos que habíamos cedido. Hemos de acostumbrarnos a pensar que nunca más nada ni nadie será dueño de nuestra palabra. No le demos la razón al viejo Unamuno.

Por Pablo García de Vicuña, Secretario general de CCOO Irakaskuntza.

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