La espalda más hermosa del mundo

Por Tomás Eloy Martínez, escritor y periodista argentino. © Tomás Eloy Martínez, 2007. Distribuido por The New York Times Syndicate (EL PAÍS, 25/04/07):

Todos los objetos, hasta los más insignificantes, despiertan cierta resonancia en la memoria de los hombres, tal como lo advirtió Proust en las primeras páginas de En busca del tiempo perdido. Esa resonancia se apaga a veces para siempre. Otras veces, de pronto, sale de su letargo y reaparece en el presente con la misma fuerza que tenía en el pasado. Sucedió a fines de marzo, cuando caminábamos con el novelista mexicano Carlos Fuentes por la ciudad amurallada de Cartagena de Indias, junto al mar Caribe de Colombia. Ambos descubrimos al mismo tiempo un balcón abombado de madera y mampostería que parecía colgar peligrosamente sobre la calle.

"Ese balcón", dijo Fuentes, "¿no es exactamente igual al balcón de Buenos Aires donde toda la literatura latinoamericana se enamoró al mismo tiempo de las espaldas de mujer más hermosas del mundo?". La escena de la que hablaba Fuentes volvió entonces intacta a mi memoria. Recordé el lugar, recordé la luz dorada del atardecer, la tierna brisa de noviembre que acariciaba la ciudad.

Era la primavera de 1962. Yo era un joven provinciano en estado de estupor perpetuo, que se ganaba la vida enseñando a ratos perdidos en la Universidad de La Plata y escribiendo sobre cine en una revista semanal que acababa de aparecer y que en poco tiempo se volvería célebre: Primera Plana. Fuentes acababa de llegar de un Congreso de Intelectuales organizado por la Universidad de Concepción, en Chile. Era ya el autor de tres novelas que los jóvenes leíamos con avidez, La región más transparente, Las buenas conciencias y La muerte de Artemio Cruz.

No recuerdo quién nos había reunido en aquel frágil balcón. Fuentes supone que era la pintora Lea Lublin, una argentina que vivía en París y era amiga cercana de Julio Cortázar. Yo, en cambio, creo que fue José Bianco, el ex jefe de redacción de Sur, que se había desvinculado de la mítica revista después de un desaire que le hicieron por viajar a La Habana, en marzo de 1961. Sea como fuere, Bianco y Lea Lublin estaban en el balcón aquella tarde, junto a Augusto Roa Bastos y a Ernesto Sábato, que el año anterior había publicado Sobre héroes y tumbas.

Serían las siete, tal vez las ocho de la tarde. El crepúsculo tardaba en volverse noche. Fue entonces cuando vimos pasar, bajo esa luz imprecisa, a la mujer con las espaldas más hermosas del mundo. Fuentes recuerda aquel instante exactamente como yo. Las espaldas aparecieron de la nada y casi de inmediato se alejaron, sin que pudiéramos ver la cara de la mujer. Tenía un pelo largo, fino y melodioso como la lluvia, que se plegaba y desplegaba al compás de sus movimientos, como el telón de un teatro prodigioso. Las espaldas, que el vestido dejaba al descubierto, eran menos fáciles de describir: sensuales, cálidas, inolvidables como tal vez son las praderas del paraíso.

Bianco reveló entonces su nombre: "Es Laura, la viuda de ...", dijo, y a continuación enunció un apellido que no supimos retener. "Es famosa por su belleza. Más de una vez las revistas de modas de París han enviado corresponsales para tomarle fotos, pero ella siempre se ha negado".

Todos sentimos unos deseos irreprimibles de verla y quizá la hubiéramos perseguido por aquellos salones espaciosos si Lea Lublin, que la conocía bien, no nos hubiera dicho: "Se ha encerrado en su cuarto. Todas las tardes, a esta hora, tiene un ataque de pena. Nunca vuelve mientras que no se le pasa la melancolía".

La conversación, desde entonces, no tuvo otro propósito que matar el tiempo, mientras esperábamos que la mujer reapareciera. Cuando Sábato dejó de hablar, Fuentes expuso un proyecto que más tarde se volvería legendario: el de una novela colectiva sobre los dictadores latinoamericanos, cuyo irónico título común debía ser Los padres de la patria. Fue la primera vez, creo, que le oí enunciar esa idea, y aun ahora, 45 años después, no recuerda si era algo en lo que ya había pensado antes o si fue una idea encendida por el irreprimible deseo de ver otra vez la espalda más hermosa del mundo.

Desde esa tarde de noviembre de 1962, Fuentes no cesó de reclutar adictos para su ambicioso proyecto de novela colectiva. A un desconocido novelista colombiano que vivía en México y que se llamaba Gabriel García Márquez le hizo jurar que escribiría un capítulo sobre el tenebroso y casi eterno Juan Vicente Gómez. El propio Fuentes hablaba con fruición del larguísimo texto que pensaba dedicar al dictador Antonio López de Santa Anna, héroe de Tampico y de El Álamo, quien enterró con increíble pompa, en 1838, la pierna que había perdido mientras disparaba sus cañones contra la flota francesa en Veracruz.

Aquella tarde, sin embargo, todos esos sueños prodigiosos estaban desdibujados por el recuerdo de la espalda maravillosa. Se hizo de noche, la brisa del balcón se volvió húmeda, y ya habíamos perdido las esperanzas de volver a verla cuando reapareció, como un milagro, en la puerta de entrada. Una vez más, la mujer nos escamoteó la cara. Desdeñosa, se retiró de la fiesta, llevada de la cintura por un personaje apremiante, al que no pudimos reconocer. Vimos su pelo de lluvia, las nubes tiernas de su nuca, el perfil huidizo y perdido para siempre.

Las leyes del azar dispusieron que nos acordáramos de aquella historia el día antes de que Fuentes rindiera tributo, con un discurso extraordinario, al colombiano desconocido que hace cuarenta años escribió Cien años de soledad y que tardaría ocho más en publicar El otoño del patriarca, en la que alienta la sombra -ya que no la historia- del dictador venezolano Juan Vicente Gómez.

Quizá la mujer de espaldas maravillosas estaba en el auditorio del centro de convenciones de Cartagena de Indias, donde el Rey de España, seis presidentes y ex presidentes de Colombia se congregaron junto a cien académicos de la lengua española y a un millar de personas para celebrar la obra de García Márquez. Quizá dijo adiós con la mano y no lo advertimos. Sólo sentimos un temblor ligero que agitaba la tierra. La historia de los hombres se escribe con esos fragmentos sin importancia. Siempre hay un instante de la vida en el que volvemos a ser lo que fuimos o en el que somos, misteriosamente, lo que nunca pudimos ser.