La España del dedazo, bien, gracias

Del currículum que un amigo me envió hace algún tiempo guardo el recuerdo de las faltas de ortografía y el apuro de tener que explicarle que el problema no era sólo que su hijo las perpetrara en serie, motivo suficiente para descartarle, sino que no se hubiera molestado en pasar el corrector. «¿Y?», debió de pensar. En el país del dedazo, donde a menudo el compadreo lleva más lejos que el mérito, el currículum se salva de la papelera cuando viene con recomendación.

Da lo mismo que te veas con gente de sectores tan dispares como la moda, la judicatura, la educación, el deporte o la política; en todos se escuchan quejas amargas del enchufismo que merma sus profesiones. Al frente están los partidos políticos, esas grandes agencias de colocación que han triturado la meritocracia nacional. Eligen a dedo a jueces, asesores, senadores, consejeros o directores de televisiones públicas, envían a los amigos a diputaciones y empresas públicas, garantizan jubilaciones de oro en Europa y convierten a políticos mediocres en banqueros, hasta arruinar las Cajas y dejarnos a los demás una factura que seguimos pagando.

La España del dedazo, bien, graciasEl mérito le importa tanto a muchos de nuestros dirigentes como a Don Corleone, que en El Padrino encarga cortar la cabeza del caballo favorito del productor de Hollywood Jack Woltz porque se niega a dar un papel a su ahijado, el cantante Johnny Fontane. Ni siquiera los años de crisis, que quedarán como la gran oportunidad perdida para haber corregido algunos de los defectos que nos llevaron a ella, han logrado cambiar la cultura del enchufe. Entre los más recientes, mi preferido el del joven socialista Jordan Thomas Llamas, al que hicieron una oferta que no pudo rechazar para convertirse en asesor técnico de la Conselleria de Salut de Illes Balears. Dimitió en agosto cuando se supo que tenía 20 años y un currículum sin faltas, por falta de contenido. «Acepté el reto con ilusión y el convencimiento de que estaba preparado», dijo en su despedida. Lo que no supo explicar es para qué.

Que la cosa tiene difícil remedio lo demuestra que los partidos nuevos, que prometían acabar con lacasta, no hacen sino sustituirla por la suya allí donde gobiernan. Se puede encontrar más experiencia en gestión municipal en aldeas de Pakistán que en algunas de las concejalías de Manuela Carmena o Ada Colau, que al poco de llegar al Ayuntamiento de Barcelona nombró a su pareja, Adrià Alemany, representante de Relaciones Políticas e Institucionales de su partido. «Era la persona más preparada», te dicen cuando se lo reprochas, sin caer en que lo que les descarta para el puesto no es su falta de preparación, que también en muchos casos, sino el parentesco sin el cual no habrían llegado al cargo.

Ahora que termina otra legislatura, vuelven a arder los teléfonos de conseguidores y aspirantes. Es tiempo de dedazos. ¿Repetirán los diputados que mejores iniciativas parlamentarias presentaron? ¿Los que menos se ausentaron o fueron más independientes en sus juicios? Sabido es que no, pero como no se puede enviar una cabeza de caballo cortada al secretario general, se espera al menos que el peloteo de estos años garantice un puesto seguro en esas listas cerradas que merman la meritocracia en los partidos. Y claro, todo esto nos ofende a los españoles: tanto como la corrupción, antes de preguntar si podemos pagar en negro; tanto como la incultura, antes de premiar con las mejores audiencias a los programas de televisión más zafios; y tanto cómo la cultura del nepotismo, antes de preguntar qué hay de lo nuestro.

David Jiménez, director de El Mundo.

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