La España epidérmica

Por Javier Zuloaga, periodista y escritor (ABC, 30/08/06):

LA epidermis de la España celtibérica, que en verano se abre al potingue protector e hidratante, ésa que, junto al pantalón corto, el polo, las náuticas y las gafas de sol hace de los habitantes de este país seres más uniformes -menos ricos los que lo son y menos pobres los que no quieren parecerlo, al menos durante un mes- anda ya muy trabajada, demasiado, a fuerza de tanta superficialidad y de tanta manipulación emocional, ésa que eriza el vello a fuerza de emociones falsas, ésas que lo mismo nos elevan a la imperial sensación de pertenecer a una casta sin parangón, o aquellas otras que se ven arrastradas por las sensiblerías mediáticas.
La capa más externa de nuestra piel ciudadana parece ya muy zurrada, pero finalmente lo aguanta todo porque está también curtida por el efecto de la indiferencia y la incredulidad y, en buena medida, el desencanto de las grandes contradicciones nacionales.

Este verano me acerqué a Galicia, antes de los incendios, y fui a Santiago. Era el domingo 23 de julio, dos días antes del gran día de los gallegos y de todos los españoles durante siglos. Entré en la catedral cuando acababa la misa de ocho y comprobé cómo esa magia de casi mil doscientos años persiste, cautiva y sobrecoge al visitante, agnóstico o creyente, católico o no, traspasando sin dificultad su epidermis.

Al salir por la puerta de Platerías se acabó la magia. Fue un choque violento con la realidad ante la indiferencia de cientos, tal vez miles, de personas que pasaban por el lugar. Un pequeño grupo que se presentaba como de comediantes, eran tres personas, hacía de un número de habilidad en deshacerse de ataduras una gran demostración de zafiedad y gracia barata, en el que las nalgas y los pechos de la protagonista aumentaban la hilaridad de cientos de improvisados espectadores que cerraban el paso a los peregrinos que salían o querían entrar en la Catedral.

Nadie decía nada, todo era normal para todos, incluso para una patrulla de la Policía Nacional que se rascaba el cabello bajo la gorra, o para el peregrino auténtico, que apuraba los últimos metros para ver si, tras besar el manto del apóstol, sus males podrían ser un poco más llevaderos.
Yo mismo, que ahora siento chirriar las bisagras de mi sentido común, pasé de largo y di por válido un escenario que en otros parajes religiosos sería impensable. ¿Debe o puede la chirigota burda situarse en las puertas de uno de los lugares en el que las creencias tienen raíces milenarias?, ¿sería posible en La Meca, junto a la tumba de Lennin hace un par de décadas, o frente al monumento a los padres de la patria norteamericana?

Torcí el gesto, poco más, de la misma manera que apenas detuvieron mi atención los orines y las bolsas de basura de los recovecos de la fachada de la catedral, enrejados para evitar ser cobertizos de indigentes, pero finalmente muralla de mugre embolsada en plástico con marchamo de mercado.

Cuando volví hacia Barcelona me pregunté acerca del número de situaciones sociales, de hondo calado, que pasan inadvertidas o sobre las que nos conformamos con la visión epidérmica que nos llega pasada por el cedazo relativista. Pensé entonces en los aluviones de cayucos y me pregunté qué habrá sido de «los otros», de los que se quedaron en Senegal o Mali esperando que él, ése de la foto que tiembla por la hipotermia, consiguiera llegar al puerto de Los Cristianos. Me pregunté cómo será la miseria que les empuja a mirar sólo hacia delante y en qué pensarán aquéllos que quedaron atrás y que han puesto en su particular «espalda mojada» la última esperanza, esperando que, una vez llegados a Europa, su tierra prometida, tire de ellos y poder así comenzar a vivir de verdad.

¿Qué pasará después de la foto?, me pregunté en ese viaje de vuelta a Barcelona al parar en La Guardia, en ese vértice de Castilla, La Rioja y el País Vasco. ¿Qué ocurrirá debajo de la epidermis de una paz sin libertad, ¿qué será de esos incorregibles y rebeldes ciudadanos que, además de vascos, se han sentido españoles y no entienden, por acudir sólo a un ejemplo, la indiferencia y frialdad de las instituciones de su tierra en el cincuentenario de la muerte de Pío Baroja, el más eminente narrador de toda la historia de los vascos?

Pensé en cómo la euforia política podría hacer callo sobre la piel de la sociedad vasca y que la sima de la división social se haga aún más profunda. Pensé -el viaje era largo- acerca de la potencia argumental de la violencia, y que si así fuera, en España, a nuestra manera, también tendríamos espaldas mojadas. Todo ello, por supuesto, bajo la epidermis de lo aparente y lo emotivo.

Me rasqué y pensé que hay muchas más cosas que la mugre de Santiago, las historias que se esconden tras la proa multicolor de los cayucos y el silencio de no pocos vascos, que apenas despiertan sensaciones en una piel que sin embargo sí se electriza al escuchar aquello de we are the champions, al ver cómo se crean operetas tras el encarcelamiento de un edil y las lágrimas de su tonadillera, o se prolongan hasta el hastío los funerales de algún famoso para dar de comer a la hambruna de sentimientos blandos que tanto gustan y duelen en este país.