La España raptada y la mesa del mayor delito

«¡Con una mesa tan bien servida cómo pensar en cambiar de régimen!», exclaman casi al alimón y con notable algazara dos rivales encarnizados de la política francesa como Fouché y Talleyrand. El entrecomillado corresponde a uno de los más lúcidos diálogos contenidos en La cena, la aplaudida obra del dramaturgo Jean-Claude Brisville. Situándolos en torno a un mantel de hilo surtido con las mejores viandas, el autor galo recrea el encuentro –con nocturnidad y alevosía– en el que estos dos príncipes de la política francesa de inicios del siglo XIX se reúnen para conciliar sus enfrentados intereses y repartirse –compartiendo las ostras de Arcachon y los patos de Rouen– el mando de una convulsa Francia invadida por los ejércitos de la Triple Alianza tras la debacle napoleónica de Waterloo. No en vano, Talleyrand solía decir que no se puede hacer una buena política con una mala cocina.

Así, en las horas vesperales de la histórica jornada de julio de 1815 en la que estos dos reconocidos regicidas –alentaron la decapitación de Luis XVI– se predisponían a jurar fidelidad al 18º Luis. Astutos y pragmáticos, fingían ser dos corderos recentales, en vez de lobos de afilados colmillos. La perspicacia literaria de Chateaubriand los entrevió en la antesala del trono y los enmarcó para la Historia: «El vicio del brazo del crimen».

La España raptada y la mesa del mayor delitoEvocando la magistral interpretación hecha hace 15 años por dos actores de la talla de Josep Maria Flotats, en el papel del diplomático Talleyrand, y de Carmelo Gómez, en el del policía Fouché, sosteniendo cara a cara el descarnado combate dialéctico de aquel par de cínicos, sin principios ni escrúpulos, es difícil no ver retratadas dos siglos después –despojados de ropones y pelucas–, algunas vidas paralelas.

Salvadas las distancias históricas y las diferencias de estatura política, así sucede con dos extraños compañeros de cama política como Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Tras profesarse un odio cerval y buscar su mutua aniquilación política, al modo de Talleyrand y Fouché, los corresponsables del Gobierno de cohabitación que comanda España persiguen sentar las bases de un nuevo régimen bajo su dominio que marque el futuro orden político de lo que quede de la nación más antigua de Europa. Caso, claro está, de no surgir una pronta reacción por parte de una opinión pública que asiste, entre pasmada y perpleja, al suicidio asistido de la misma. Por medio de la técnica de lo que los anglosajones denominan salami tactics, esto es, como el que corta rodajas de salchichón. Vistas una a una parecen poca cosa. No obstante, si se persevera pacientemente en la estrategia, permite alcanzar los ambiciosos objetivos que se codiciaban e imposibles de cosechar de golpe y porrazo.

A este respecto, repárese en la perspicaz apreciación de la escritora francesa Pauline de Tourzel, hija de Luisa Isabel de Croy, última gobernanta de los hijos de Luis XVI y María Antonieta, de que las revoluciones siempre coexisten con momentos de calma tras una gran tempestad, y esos intervalos producen un efecto engañoso en los coetáneos. «Si las revoluciones se desarrollasen sin discontinuidad, la gente –verifica en 1800– se pondría en pie para resistir, y quizá acabaría por triunfar. Pero como la corriente se remansa cuando ha arrastrado los primeros diques, uno se deja llevar por la esperanza de que todo ha acabado, y por temor de ver turbada esta calma relativa de que se goza deliciosamente, van omitiéndose las precauciones necesarias».

De momento, la extraña pareja, tan bien avenida ahora como para que Sánchez ya no sufra de insomnio teniendo a Iglesias en su Consejo de Ministros ni le inquiete ya que éste tenga acceso al CNI, pese a haber sido financiado por los gobiernos de Venezuela e Irán, obra el rapto de la España constitucional mediante la legitimación del proceso separatista. Así, volvió a constatarse este miércoles de la infamia –más que de Ceniza, aunque no deje de ser premonitorio que la deserción coincidiera con el inicio de la Cuaresma–, en la primera reunión de la «mesa bilateral para la resolución de conflicto político con Cataluña».

Tanto encima de la mesa, como por debajo de la misma, a tenor de las últimas filtraciones periodísticas registradas, se advirtieron cesiones suicidas para el porvenir de España a unos independentistas a los que Sánchez adeuda permanecer en La Moncloa, así como alargar su estancia hasta el final de la legislatura, prevista para 2023.

Ello casaría con el semestre de presidencia de España en la Unión Europea. Ni que decir tiene que Sánchez, quien acostumbra a patrimonializar los instrumentos de Estado en su beneficio y provecho propios, no querrá desaprovechar esa baza electoral ni los soberanistas desaprovecharán este trienio para sacarle las hijuelas. De ahí que ERC haya aprobado el techo de gasto como primera disposición de cara a la aprobación de unos Presupuestos del Estado que dejarán de ser generales para ser más que particulares.

De momento, y sin necesidad de esperar a escuchar a Puigdemont ayer en Perpiñán, Torra marchó a Portugal a abrir una nueva legación catalana después de la última sentencia judicial en contra a instancias de un Borrell que ahora ha de hacerse el sueco en Bruselas y entreabrió la celda de Junqueras para que dictara clases en un chiringuito universitario catalán.

Entretanto, los funcionarios del Estado que contribuyeron a frenar el golpe son perseguidos y purgados por parte de ese mismo Gobierno tan condescendiente con los asaltantes de la legalidad. Como decía Leopoldo Calvo Sotelo, El Breve, con cáustica socarronería gallega: «En política, lo que parece, es». Tuvo buenas razones para aseverarlo.

Para llegar a 2023, atendiendo escrupulosamente al manual del perfecto agachado, el doctor Sánchez, ¿supongo? se humilla lo que sea menester. Lo efectúa de la forma tan ostensible y obsequiosa en que lo ha hecho esta semana como continuación de su sometimiento a las horcas caudinas del soberanismo de hace unas semana cuando se arrodilló ante el inhabilitado Torra en el Palacio de la Generalitat. Evitó esta vez, eso sí, que su súper jefe de gabinete, Iván Redondo, desaparecido para la ocasión, extremará el celo y volviera a saludar a Torra inclinándose compulsivamente como si fuera el mismísimo emperador nipón.

Con esta salvedad, Sánchez prestó al «Le Pen catalán» una recepción propia de Jefe de Estado con una retransmisión televisiva realizada directamente por la Moncloa que carece de parangón con algún otro visitante. De hecho, cuando semanas atrás el presidente argentino, Alberto Fernández, se acercó al complejo gubernamental, no se le atendió con tal prosopopeya y ringorrango.

No paró ahí la cosa, sino que se suscribió un comunicado conjunto claudicante para un Gobierno español que, asumiendo el lenguaje separatista, reconoce sin ambages la existencia de un conflicto político. Ergo, los políticos presos pasan a ser «presos políticos» y el prófugo Puigdemont, un exiliado, con lo que el mismo Sánchez que apoyó el 155 para intervenir la autonomía catalana a raíz del golpe de Estado, calificó de rebelión la intentona o promovió la restauración de la penalización de la convocatoria de consultas, entre otras medidas, se desdice a sí mismo hasta ejemplificar una felonía que marcha por la misma senda del infame Fernando VII.

Junto a la admisión de ese supuesto «conflicto político», que pronto se extenderá a otros pagos, el Gobierno orilla el cumplimiento de la Constitución. Como si Cataluña fuera territorio exento. A este propósito, se vale de la martingala de que lo acordado se atendrá a la «seguridad jurídica», una evasiva para contravenir la Carta Magna sin miramientos ni pesares. No se trata de ningún eufemismo ni perífrasis, como refieren algunos ciegos voluntarios, sino que el Gobierno, tras pregonar Sánchez de que no basta con la ley, hará lo que convenga en cada caso al servicio de aquellos a los que les debe su investidura.

Burla burlando, como el célebre soneto que Violante encargó a Lope de Vega, el procés, lejos de ser sofocado, sigue su marcha y se adentra por un camino de imposible retroceso. Por mucho que Sánchez crea que, cuando le interese, podrá recoger el hilo de la cometa, sin que se rompa la cuerda y el artefacto se escape sin control.

Entre tanto, la ministra-portavoz, María Jesús Montero, tan dicharachera ella, apela a encontrar «fórmulas imaginativas». Ello no deja de ser una forma de escapismo para eliminar la igualdad entre españoles, a los que escarnece Sánchez del modo despreciable en que lo hizo el viernes en Logroño al prometerles aquello que les negó 48 horas antes en presencia de Torra y su cuadrilla. No en vano, los excluyó del derecho inalienable a decidir sobre lo común tras convertir a muchos de ellos en extranjeros en su propia tierra desposeyéndolos educativamente de su lengua y de otros derechos fundamentales.

Quizá Sánchez ambicione aquella otra «solución imaginativa» que, según la tradición, caviló un monje para concluir la capilla de Aquisgrán cuando se agotó la herencia legada por Carlomagno. Ante aquella vicisitud, no se le ocurrió mejor cosa que recurrir al diablo. Este proporcionó los fondos precisos a cambio de apoderarse de la primera alma que entrase en el nuevo templo. Pero, valiéndose de que no se había especificado taxativamente que el alma fuera humana, el fraile urdió que los feligreses capturaran a un lobo y que hicieran que fuera el primero en entrar. Así fue. Al sentirse escarnecido, el demonio salió escopeteado dando tal portazo que dejó para la posteridad una grieta aún visible en la fachada.

No parece que ello ya sea factible por un Sánchez que ha emprendido, en compañía de Iglesias, un camino de inverosímil retorno sin comprometerlo indefectiblemente. Por ello, optan por darse un festín sobre una mesa tan bien surtida como aquella en la que se repartían el futuro de Francia dos truhanes apellidados Talleyrand y Fouché, en los que el vicio y el crimen se daban la mano, pero de los que todos alababan su sagacidad e inteligencia. No es extraño que Chateaubriand, el mejor cronista de aquella Francia en crisis, se viera impelido a hipotecar su tumba.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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