La españolidad de La Vuelta al Mundo

De repente nos dimos cuenta de que era el quinto centenario de la primera vuelta al mundo, que es como cuando llegó el hombre a la Luna, y nadie parecía que tuviera hechos los deberes. La mayor parte del país se enteró de esto cuando el ministro de Asuntos Exteriores español compareció con el portugués para explicar que ambos países iban a «ir de la mano» en la celebración de este aniversario. En la misma sentada nos enteramos de que los portugueses habían inscrito una «Ruta de Magallanes» en la lista vindicativa, paso previo a la declaración de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Es de suponer que en la documentación presentada no incluyeron información sobre la flota que los portugueses armaron para interceptar a los navíos españoles que pretendían dar la vuelta al mundo e impedir que lo lograran. Que una nación de ocho millones de habitantes adelante por la izquierda a otra que casi la sextuplica para colocarse por delante en un asunto como la conmemoración del quinto centenario de la circunnavegación de la Tierra da que pensar. Y mucho.

Las efemérides no dejan de ser un asunto simbólico y, por tanto, pese a quien pueda pensar lo contrario, de crucial importancia. Para la palabra «símbolo» los alemanes usan «sinnbild» cuya traducción literal es imagen con significado. Vayamos primero con la imagen. El que España ofrezca, como suele decirse, un perfil bajo en la celebración de la gesta náutica no proyecta una buena imagen en el exterior, ni tampoco para los propios españoles. No liderar la conmemoración de esa gesta, cuando fue una empresa española de principio a fin, carece de lógica, pero tiene explicación. Es un síntoma inequívoco de debilidad y como tal ha sido interpretado dentro y fuera. Contrasta esto con esa otra imagen que conservamos de la celebración del quinto centenario del Descubrimiento de América, con la Expo 92 y las Olimpiadas, con una España que quería pisar fuerte en el panorama internacional y empleaba todas sus energías para abrirse al exterior. Se servía para ello del recuerdo del Descubrimiento.

¿Qué significado subyace debajo de esa imagen? Sencillamente que el país que la proyectaba se sentía seguro de sí mismo, que asumía sin complejos su papel decisivo en la historia del mundo y que, por ello, miraba el futuro con la ilusión de quien va a emprender grandes empresas.

Desde ese 1992 hasta hoy ha pasado más de un cuarto de siglo y han cambiado muchas cosas. Un caso cercano: la displicencia con la que la justicia alemana ha tratado a la española no es más que la consecuencia de esa baja autoestima que el país tiene. España no se defiende. Solo resiste. Y en ello tienen mucho que ver las élites intelectuales de la nación, que no han sabido estar a la altura de las circunstancias. No han recogido el sentir popular de los ciudadanos de a pie que tienen a España como un gran país, como lo demuestra por ejemplo que sea la cuarta economía de la Unión Europea. Esas élites, con honrosas excepciones, se dedican a tirar por tierra -o simplemente ignorar- lo mejor de nuestro pasado y con ello, si no neutralizamos este peligro, llevarán a la población a la melancolía o a la amnesia, ambas letales para el futuro de cualquier país. La defensa de nuestro orden constitucional se ve comprometida no solo por los golpistas del secesionismo periférico sino por las voces que hablan de componendas y soluciones políticas al margen de la ley. Como explica Alfonso Guerra en un libro que acaba de aparecer y que lleva por título La España en la que creo: «Han pasado cuarenta años y aquel texto aceptado por todos con entusiasmo para por un tiempo en el que algunos, especialmente los grupos que conforman la élite política y social, actúan y se manifiestan con indiferencia, y aun con desprecio, respecto a la norma que regula nuestra convivencia. Las actitudes contrarias a la Constitución no son una novedad. Sí lo es la reacción de algunos políticos, representantes de los ciudadanos, de algunas autoridades y otros opinantes de los medios de comunicación» (pág. 12).

El que andemos ahora con la autoestima de capa caída no tiene nada que ver con el signo político de quien gobierne. Ese mismo perfil bajo que estamos mostrando para la efemérides de la primera vuelta al mundo se dio también en 2015, cuando el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote. No depende solo de la clase política sino, como hemos comentado, de las élites intelectuales, que deben trabajar para el engrandecimiento del país que les da su razón de ser. Es su responsabilidad.

El nacionalismo labora para su propia endogamia, para dividir, para crear fronteras, físicas y mentales. Considera el territorio en el que anida y prospera de su exclusiva propiedad. Necesita confrontación perpetua y exige fe para mantenerse, mucha fe, pero a cambio de ello obtiene poder y relevancia social. El patriotismo es todo lo contrario. Necesita esfuerzo y generosidad. E incluso sacrificios. En España además el patriotismo vive bajo la perpetua amenaza de ser acusado de franquista.

Hay por tanto una relación clarísima entre la erosión política a que el secesionismo ha sometido a la nación tanto interna como externamente y la falta de alegría con que se reciben las efemérides simbólicas, como esta de Elcano. En Guetaria, su pueblo, andan haciendo encajes de bolillos a ver si pueden celebrar algo sin mencionar el nombre de España. Va a estar muy entretenido ver cómo se las arreglan para festejar a… Elkano.

Tenemos por delante mucho trabajo, una tarea que se ha vuelto gigantesca a fuerza de no ver el problema que teníamos en casa; a fuerza de ceder ante minorías que son destructivas para cualquier nación y en cualquier nación existen, pero no se las alimenta con partidas de presupuesto ni se las convierte en el árbitro de la gobernabilidad una década tras otra. Para conjurar estos peligros es necesario trabajo, mucho trabajo y mano izquierda. Los españoles manejamos mal el arte de la imagen y el uso inteligente del silencio. Cada día el país se levanta con la predicación matinal de los locutores mañaneros que vuelven una y otra vez al detalle mínimo del vodevil secesionista. La prensa hace lo mismo y la televisión no puede vivir si no dedica al asunto varias horas. Es un gigantesco error. El secesionismo necesita un apagón mediático, una reducción radical de la atención continuada y morbosa que se le presta, porque vive de ella y prospera de este modo. Es una relación dialéctica y enfermiza que debilita a la nación. Hay que aprender a manejar este problema no solo con la ley sino con la inteligencia.

Tenemos por delante varios meses de agotador trajín electoral. No hay más remedio que soportarlos con estoicismo. Es posible que, atentos al ruido de las urnas, nuestros políticos no atinen a recordar que el 20 de septiembre se cumplen cinco siglos de la fecha en que se echaron al mar cinco barcos con el propósito de hacer lo que nunca se había hecho. El mundo era entonces muy grande. Inmenso y desconocido. Y la tarea que tenían por delante estos hombres inquietante y peligrosa. La que tenemos en frente ahora también lo es. Pero no hay más remedio que afrontarla, porque hay que darle la vuelta (otra vez) al proceso de balcanización que nuestro país está sufriendo y para ello tenemos que reunirnos para celebrar con alegría y sin complejos los hechos del pasado que hicieron de España una nación sin la que es imposible entender la historia del mundo.

María Elvira Roca Barea es historiadora.

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