La esperanza tunecina

La concesión del premio Nobel de la Paz no siempre ha sido acertada, ya que, con frecuencia, los miembros del jurado –que solo se eligen a ellos mismos, un grupúsculo de exparlamentarios y de obispos noruegos– se han mostrado esclavos de la actualidad inmediata, de las modas o de sus prejuicios. Nos alegramos mucho de la elección de este año: las cuatro asociaciones civiles que componían el «Diálogo nacional tunecino» y que libraron a su país de una guerra civil como la siria o de una dictadura como la egipcia. El Diálogo salvó la democracia en Túnez y demuestra, fuera de Túnez, que la Primavera Árabe que derrocó a los dictadores todavía puede dar lugar a unos regímenes políticos normales y al desarrollo económico en beneficio de la mayoría. Podrán objetar que Túnez es singular, y aunque es cierto que es un país árabe, está marcado por la cultura latina, en simbiosis económica y cultural con Europa, y que en él los islamistas han sido por lo general moderados. De hecho, Túnez está más «occidentalizado» que Libia, Egipto o Marruecos. Eso no quita para que la Primavera Árabe surgiese en Túnez después de que Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante detenido por unos policías corruptos, se inmolase con fuego. El que el mundo árabe se identificara con Bouazizi es la prueba de que el Túnez bajo la dictadura de Ben Ali adolecía de las mismas lacras que aplastan a todo el mundo árabe desde la década de 1950. El Diálogo, si es válido para Túnez, no es inconcebible para el resto de Oriente Próximo.

Este premio Nobel constituye una ocasión para recordar algunas verdades sobre el islam y los árabes, hoy ocultas tras la actualidad de los combates. La primera de esas verdades es que el desorden, la desgracia y el exilio afectan menos al mundo musulmán que a la esfera árabe de ese mundo. Los países musulmanes más grandes por número de habitantes –Indonesia, Bangladesh, India, Pakistán y Malasia– no sufren unos tormentos de la misma magnitud. Conviene no confundir un malestar que, más que religioso y musulmán, es ante todo árabe y relacionado con la civilización. Con toda la razón, se ha hablado de una Primavera Árabe y no de una Primavera Musulmana, y no es el islam el que conduce a la violencia y el que debería «reformarse», sino el uso que algunos árabes hacen de ese islam. ¿Cómo se puede explicar este «problema árabe»? La respuesta no se encuentra en el Corán, una obra compleja con múltiples interpretaciones, sino en la historia del siglo XX.

La división del Imperio Otomano, y luego la descolonización, dieron lugar a unos países con unas fronteras incontrolables, que no coincidían ni con las etnias, ni con las prácticas religiosas locales. A raíz de esa división, surgieron tanto dictaduras como repúblicas o monarquías para imponer una bandera y una unidad solo de fachada a pueblos diferentes. Estas dictaduras estaban abocadas al fracaso; solo la democracia habría podido llevar a una cohabitación civil. Y como la descolonización se realizó contra las potencias occidentales, los nuevos países árabes se acercaron naturalmente, en la década de 1960, a la Unión Soviética, y los soviéticos, no contentos con apoyar a las dictaduras siria y argelina en particular, exportaron su modelo económico que, en aquella época, parecía más eficaz que el capitalismo. La combinación de esas influencias provocó la desaparición de los empresarios, de las clases medias y de las libertades universitarias y periodísticas. La pobreza intelectual de Egipto pone de manifiesto hoy en día la degradación de un país que, antes del régimen prosoviético de Gamal Abdel Nasser (de 1956 a 1970), fue el centro intelectual y espiritual del mundo árabe.

La desertificación política, económica y artística de Oriente Próximo hizo que surgiese el islamismo, una ideología del siglo XX, cuya organización toma elementos del fascismo: los estatutos de la Hermandad Musulmana, creada en Egipto, son una copia de los del Partido Fascista italiano. El islamismo es más un fascismo que un derivado del Corán, que le sirve de excusa. Al igual que el fascismo se inspiraba en la nostalgia y en las representaciones del Imperio Romano, los islamistas exaltan una época dorada muy antigua, los tiempos del Profeta. En ambos casos, nos encontramos ahora ante lo que los sociólogos llaman «el invento de la tradición».

Nos limitamos a recordar estos precedentes en la medida en que son poco conocidos por unos europeos que prefieren criticar el islam en general en vez de abordar la complejidad de la historia árabe, e incluso reflexionar sobre los orígenes coloniales del actual desorden. Y esta historia la conocen poco los propios árabes, salvo las élites intelectuales que carecen de influencia en su país. ¿Quién se acuerda en el mundo árabe del Renacimiento árabe, que tuvo lugar un siglo antes que la Primavera Árabe, cuando unos hombres de Estado a menudo formados en Francia –como Rifaa al Tahtawi (en 1834)– introdujeron en Egipto y en Oriente Próximo escuelas para las niñas, una prensa libre y monarquías constitucionales? El Diálogo tunecino no supone una ruptura, sino una posible vuelta al Renacimiento después del paréntesis socialista y dictatorial. Más allá de Túnez, les corresponde a los demás países árabes volver a entroncar con su propia historia para revelar al mundo y a ellos mismos que ni la dictadura ni el fascismo islamistas son su destino y que son aberraciones. Llevará mucho tiempo, pero no es inalcanzable, y los europeos podrían contribuir a ello si admitiesen que el islam y la libertad política y económica son, evidentemente, complementarios.

Guy Sorman

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