La espiral del terror

Gilles Kepel es catedrático sobre Oriente Próximo en el Instituto de Estudios Políticos de París (EL PAIS, 02/12/03).

El asesinato de siete agentes secretos españoles en Irak se inscribe en la increíble secuencia de atentados que ha golpeado a Oriente Próximo en las dos últimas semanas en Arabia Saudí, Irak y Turquía, tomando como objetivo tanto a los estadounidenses y a sus aliados occidentales como a los judíos y a las poblaciones de la región -incluidos los musulmanes- con el pretexto de atacar a sus líderes. Este último atentado, perfectamente planificado, puesto que descabeza el servicio secreto español en Irak y priva a España, aliada de EE UU y del Reino Unido, de una de sus principales fuentes de información, plantea una serie de interrogantes cruciales sobre la política estadounidense y la naturaleza de los objetivos del terrorismo. La estrategia de EE UU de “guerra al terrorismo” tras los atentados del 11 de septiembre se prefijaba dos finalidades: castigar a los terroristas, a sus protectores y a los que los financiaban, y adaptar el orden mundial a la nueva realidad unipolar, propagando el modelo democrático estadounidense y garantizándose fidelidad en todo el planeta.

Pasados 10 años de la desaparición de la URSS, los ideólogos neoconservadores lograron “vender” al presidente Bush su Weltanschaaung, aprovechando la emoción suscitada por los atentados contra las Torres Gemelas.

Experimentada en primer lugar en Oriente Próximo, concebido como una región enferma de donde provendrían la mayor parte de los problemas, se planteó como primer objetivo el derrocamiento, con el apoyo de tropas especializadas, del régimen de los talibanes, anfitriones de Bin Laden, con la esperanza de que actuando de esta forma se destruyera la infraestructura de Al Qaeda. A continuación, se prosiguió con la invasión de Irak y la eliminación del régimen de Sadam (al que no se ha logrado capturar, como ha pasado con Bin Laden); pero numerosos países y, aún más, numerosas opiniones públicas han rechazado seguir a EE UU, al considerar que la relación entre el profeta del terror internacional y el jefe del “Estado canalla” iraquí no tenía ninguna base. Haciendo caso omiso de esta oposición e interviniendo militarmente sin el mandato de la ONU, Washington tuvo que recurrir al pretexto de la moral universal, que legitimaba el inicio de las operaciones por la presencia en Irak de armas de destrucción masiva (que todavía no se han encontrado). Y, finalmente, se dio por descontado que la población iraquí acogería a sus liberadores con júbilo y lanzamiento de flores legitimando a posteriori, gracias al entusiasmo popular, el unilateralismo iluminado de la Casa Blanca.

Más allá de los grandes principios y de la estrategia planetaria, la operación iraquí tenía, además, un objetivo preciso: al destruir el régimen de Sadam y sustituirlo con un fiel aliado de EE UU, se llevaba a cabo el doble y tradicional objetivo político de Washington en la región, es decir, garantizarse la estabilidad de los recursos petrolíferos y, a la vez, garantizar la seguridad de Israel.

Los últimos acontecimientos contradicen esta estrategia tanto por lo que concierne a los objetivos en el mundo como a los perseguidos en Oriente Próximo. Ante el rodillo compresor estadounidense, el terrorismo planetario parece casi como la tormenta de arena que bloquea el motor bien lubricado del Pentágono, metiéndole en una trampa en Oriente Próximo. En efecto, el intervencionismo unilateral sitúa a Washington en primera fila: si tiene éxito, conseguirá beneficios directos; si fracasa, pagará un elevado precio.

En este contexto, ¿qué significa la oleada de atentados de estas dos últimas semanas? Tomando como punto de mira al propio Bush y a sus aliados más fieles, sus autores dan a entender que éstos tendrán que pagar un precio muy elevado por su política. La intimidación a los españoles, los italianos, los turcos y los británicos -cuyos ejércitos, poblaciones civiles, cuerpo diplomático e instituciones bancarias se han convertido en objetivos- trata de desalentar a sus respectivos Gobiernos e impedir que secunden a Washington. El asesinato de judíos -esta vez en Turquía- expresa el odio contra Israel, que ha alcanzado su apogeo en el mundo árabe a partir de la segunda Intifada, alentado asimismo por las televisiones mediante un bombardeo de imágenes sobre la represión a los palestinos, la valorización de los “mártires” y la glorificación de los terroristas suicidas. Los atentados, además, se producen en un momento muy preciso del calendario político en EE UU. La campaña electoral comenzará en los próximos meses y es crucial para Bush, candidato presidencial a su propia sucesión. Los muertos estadounidenses, una decena cada semana, y el derribo de helicópteros son, asimismo, provocaciones que ilustran los límites de la omnipotencia militar de la que se vanagloriaban los estrategas del Pentágono. El aumento del presupuesto reclamado por el Ejecutivo para pagar los costes de mantenimiento de las tropas en Irak es impopular, mucho más indigesto si se tiene en cuenta la seguridad de los neoconservadores al afirmar que la posguerra sería una fase de rápida transición hacia la democracia. Bagdad los ha sorprendido completamente sin preparación para afrontar las actuales dificultades. El presidente de EE UU se encuentra ahora ante un dilema en Irak. O pasa a una ofensiva más dura, con el riesgo de aumentar el gasto militar y el número de muertos, recreando el fantasma de Vietnam en el recuerdo de algunos de sus compatriotas, jugando a una sola carta y esperando poder presentarse el próximo otoño ante un electorado después de haber conseguido una victoria aplastante sobre sus enemigos y una aniquilación total del terrorismo. O, por el contrario, delega cuanto antes el mantenimiento del orden en Irak a una Administración local, hace volver a sus soldados contentándose con un éxito militar demediado que habrá que perfeccionar recurriendo a la negociación política y al multilateralismo en una posición de debilidad relativa, pero minimizando de esta forma los costes financieros y en vidas humanas de la operación iraquí ante sus electores. Este juego de azar está sujeto a la enorme presión de los atentados que tienden a introducir una crisis en la Casa Blanca y a inducirla al error; así como a hacer que resalten los que, tras el icono de Bin Laden o de Sadam, y de la extensa y compleja red de personas quelos financian, de protectores y partidarios, juegan la política del más fuerte para galvanizar y atraer a su bando a las masas de árabes y musulmanes. En esas masas, la imagen del Gobierno estadounidense ha alcanzado su cota más baja en la historia (de acuerdo con el sondeo del Instituto Pew Foundation). La presidencia estadounidense se encuentra hoy en una encrucijada. En Washington, los realistas conducen una ofensiva en toda regla contra los ideólogos neoconservadores. Consideran que éstos sólo han jugado al aprendiz de brujo, confundiendo la estrategia militar con la política internacional, la Europa ex comunista con Oriente Próximo, las elucubraciones de intelectuales afectos al “fin de la historia” con los desafíos reales del mundo actual, y que han puesto en riesgo los grandes equilibrios internacionales en vez de sustentarlos y obtener ventaja para EE UU. Y considerando que esa actitud corre, además, el peligro de encender la mecha, en el golfo Pérsico y Arabia Saudí, en el petróleo, que es la principal fuente de energía que mueve el mundo.

Éste es el contexto en el que se sitúan los atentados que se producen con un ritmo nunca visto.