La estirpe de Gamelin

¿Y quién es el tal Gamelin? Se lo presentamos. Año 1790. Évariste Gamelin es un mediocre pintor discípulo de David. Su autoestima está tan menguada que ya no le preocupa dejar abierta la puerta de su aposento. Cuando su madre la cierra por temor a los robos, el pintor fracasado le advierte de que nadie se llevará aquel montón de lienzos polvorientos que no encuentran comprador: «Los ladrones no estimarían mis telas más que las de las arañas, y nadie roba telarañas».

A falta de obras mayores, Gamelin dibuja y vende una baraja patriótica: los reyes Ancien Régime han sido sustituidos por los Genios, Igualdades y Libertades de la Revolución: la figura de la que está más orgulloso es el «ciudadano del corazón» con el que quiere simbolizar al combatiente (él no se alista en el Ejército porque, según alega, no quiere dejar a su madre sin comer). ¿Y cómo podrán sobrevivir Gamelin y su madre? La Convención organiza tribunales para defender la Revolución de sus enemigos. Robespierre y Marat marcan el camino. Gamelin les sigue.

El pintor fracasado canaliza sus rencores como juez del Terror que condena a miles de desdichados a la guillotina. El discurso de la bondad humana de Rousseau ha dado paso al exterminio del enemigo: «No basta con un Tribunal Revolucionario. Es preciso que haya uno en cada ciudad; aún más, uno en cada pueblo; es preciso que todos los padres de familia, que todos los ciudadanos se conviertan en jueces. Cuando la nación se halla comprometida entre los cañones de los enemigos y los puñales de los traidores, la indulgencia es un parricidio», proclama.

Gamelin es el protagonista de 'Los dioses tienen sed', de Anatole France, la mejor novela que se ha escrito sobre la perversa «virtud revolucionaria» que acaba teñida de sangre. El título está inspirado en un artículo de Camille Desmoulins en su periódico 'Le Vieux Cordelier' contra el fanático Hébert: alude al templo erigido con huesos humanos con el que Moctezuma quiso atemorizar a los conquistadores españoles. Mientras Desmoulins corregía el artículo fue detenido por orden de Robespierre y acabó guillotinado junto a Danton: para el Incorruptible, ambos eran demasiado moderados.

La excelente traducción de 'Los dioses tienen sed' de Ruiz Contreras en 1912 fue rescatada por la editorial Barril & Barral, que en 2010 reeditó la novela con un pedagógico epílogo de Xavier Roca-Ferrer. Así se expresa Gamelin, estalinista 'avant la lettre': «Terror saludable; ¡terror santo!… Ahora, nuestros ejércitos bien equipados, bien instruidos, guiados por inteligentes generales toman la ofensiva dispuestos a esparcir la Libertad por el mundo... Decíamos erróneamente 'vencer o morir' cuando era necesario vencer y morir». Nada nuevo bajo el sol: el lema «patria o muerte venceremos» provenía de la admiración de Castro por Robespierre.

La Historia está repleta de 'gamelines'. Individuos mediocres y anodinos que se reencarnan en periodos confusos: pueden ser jacobinos en el XVIII, bolcheviques en el 17, comisarios comunistas del 36, falangistas del franquismo, funcionarios apoltronados que persiguen a quien no comulga con su ideología y oportunistas de ahora mismo que truecan emociones primarias por votos radicales. Gamelin, el 'don nadie' que venga sus frustraciones cuando se ve investido de poder, acabará también en la guillotina cuando cambien las tornas en Termidor. Anatole France, escritor progresista y defensor de Dreyfus, se planteó 'Los dioses tienen sed' pensando en la Inquisición; pero cambió de idea: para qué hablar de la Inquisición si Francia tenía la Revolución. Para más inri, la novela apareció en el bicentenario de Rousseau y no gustó nada a unas autoridades republicanas que seguían idealizando al Comité de Salud Pública.

Como subraya Roca-Ferrer, el autor francés invita «a rechazar cualquier época histórica en la que el ejercicio de un poder inspirado sobre unos determinados principios (por buenos que parezcan) arrolle sin contemplaciones la individualidad (los derechos básicos e inalienables de hombre común) en aras de un 'bien futuro' de dudoso valor y más que incierta realización».

La política española de la última década se nos ha llenado de 'gamelines' y 'gamelinas'. En la Cataluña del 'procés' proliferaron los 'revolucionarios sonrientes' que tachaban de traidores ('botiflers' en vernáculo) a quienes no aplaudían la mirífica República Catalana; en la España del 15M, los 'indignados' blandían el opúsculo del marxista Stéphane Hessel mientras preparaban el asalto contra la casta nefanda: comenzaba el «asalto a los cielos» de Podemos que acabó siendo un salto a las poltronas gubernamentales. Sin los 'gamelines' separatistas y podemitas no se entendería la eclosión de Vox como alternativa a lo que sus mentores tildaban de «derechita cobarde».

Tras la ilusión lírica que llevó a Podemos al poder y multiplicó los votos de Vox –sobre todo, por el golpe independentista de 2017– estos partidos de los extremos han ido perdiendo gas. El 23J los españoles no votaron la España 'pluridiversa' que pretende vender Yolanda Díaz, sino un centro amplio, del centro derecha liberal al centro izquierda socialdemócrata; penalizaron los extremismos –Sumar, Vox– y a los independentistas (a excepción de Bildu). Ese centro amplio son 258 escaños (260 con Coalición Canaria y UPN): el batiburrillo que acompaña a Sánchez en su investidura suma 60.

La estirpe de Gamelin no tendría futuro en esta España si el líder del PSOE no facilitara tanto las cosas a los extremos al situarlos en el vector decisorio de la gobernanza.

Sánchez ha abierto la caja de Pandora de los rencores: una política divisiva que se acentúa con el concurso de Podemos, neocomunismo moribundo al que los ministerios en el Gobierno aportan respiración asistida. Con esta estrategia de acción-reacción pretende sacar al centro derecha de sus casillas y enviarlo, etiquetado como derecha neofranquista, a la papelera de la Historia. La estirpe de Gamelin renace en el discurso cainita del diputado Óscar Puente (jaleado entre sonrisas por su jefe de filas), en el cachete del exaltado Viondi al alcalde de Madrid, el acoso de un 'youtuber' provocador al diputado cainita y el antisemitismo de la extrema izquierda so pretexto de la 'solidaridad' con Palestina.

Se objetará que en España no existe la guillotina, claro está, pero sí la pena de muerte civil, casi siempre orquestada desde tribunales autodenominados 'progresistas' que condenan a los 'enemigos del pueblo'. La afirmación podría ilustrarse con las 'Reflexiones sobre la guillotina' de Albert Camus, alegato contra la pena de muerte, que vio la luz en la posguerra: «De los idilios humanitarios del siglo XVIII a los patíbulos sangrientos hay una línea recta, y los verdugos de hoy, como todo el mundo sabe, son humanistas. Por consiguiente, nunca se podrá desconfiar bastante de la ideología humanista en un problema como la pena de muerte».

Procuremos que la estirpe de los Gamelin, que es la estirpe de los resentidos, no siga procreando sus airadas criaturas.

Sergi Doria es escritor y periodista.

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