La ‘estrategia Bukele’ contra el coronavirus en El Salvador: zanahorias, palos y terror

Zanahorias, palos y terror son, en esencia, los tres pilares sobre los que descansa la ‘estrategia Bukele’ para tratar de amortiguar los efectos del COVID-19 en El Salvador. Está por verse si resultará efectiva a medio y largo plazo, pero Nayib Bukele, el presidente del país centroamericano, ya ha logrado —una vez más— que su apellido y sus formas resuenen a escala internacional; en esta ocasión, incluso en medio de una pandemia mortífera como la que el mundo está viviendo.

Hasta hoy martes 24, El Salvador sigue siendo uno de los países latinoamericanos con menos casos confirmados: cinco contagios, cero muertes. No es poca cosa si se tiene en cuenta que nuestro país alberga el centro de operaciones para Centroamérica de Avianca, una de las principales aerolíneas del continente, y de la estrecha relación con Estados Unidos, donde la epidemia ya se ha desbocado.

¿Qué está haciendo el gobierno de El Salvador que no han hecho otros gobiernos de la región para convencer a sus ciudadanos de que el coronavirus es una amenaza real y para contener —de momento— su expansión? Zanahoria, palo y terror.

La zanahoria. La primera vez que Bukele escribió en un tuit la palabra coronavirus fue el 31 de enero, cuando el mundo aún estaba convencido de que el COVID-19 era un problema chino o, si acaso, asiático. Lo hizo para prohibir el ingreso en el país de las personas procedentes de China.

Luego se prohibió la entrada a iraníes, surcoreanos, italianos, alemanes, franceses y españoles, pasos previos al cierre de los vuelos comerciales en el único aeropuerto internacional del país. Antes de confirmarse el primer contagio, el 18 de marzo, las clases ya se habían suspendido y se había decretado el estado de emergencia nacional y una “ley de restricción temporal de derechos constitucionales concretos”.

Estas medidas se hilvanaron con otras para incentivar que la gente se quede en casa, como suspender el pago de los recibos de telefonía, luz, agua e internet, así como las hipotecas y los créditos bancarios y de cualquier índole. Días después, se complementó con el anuncio de un plan que transferirá 300 dólares a 1.5 millones de familias, en un país de menos de 7 millones de habitantes.

También se han congelado los precios de los productos de la canasta básica y de insumos esenciales para tratar la pandemia, como el gel desinfectante y las mascarillas, y se ha iniciado la construcción de un centro hospitalario con capacidad para atender a 2,000 contagiados.

El palo. La ‘estrategia Bukele’ pasa por posponer lo más que se pueda un escenario de contagios masivos como el que viven Italia, España y empieza en Estados Unidos. Hay incentivos —zanahorias— para el distanciamiento social voluntario, pero también hay palos, por si aquellas no funcionan.

El país sigue profundizando su militarización y el Gobierno, desde el 22 de marzo que inició la cuarentena obligatoria, ha retenido a más de 500 personas en las primeras 48 horas por incumplir el encierro. Hay voces solventes, como la de la Universidad Centroamericana (UCA), que advierten de un peligroso debilitamiento de la institucionalidad y del estado de Derecho.

El terror. A las zanahorias y a los palos, la combinación que el primer ministro británico Winston Churchill apadrinó como estrategia política hace casi un siglo, Bukele le ha agregado el fomento del pánico para tratar de que los salvadoreños se queden en sus casas.

El anunció de la cuarentena obligatoria lo hizo en una cadena nacional en la que mostró proyecciones apocalípticas —falsas, según los entendidos— que vaticinan más de 3 millones de salvadoreños contagiados para la tercera semana de mayo. Esa misma noche, se atrevió a tuitear que “algunos aún no se han dado cuenta, pero ya inició la Tercera Guerra Mundial”.

El “ingrediente Bukele” para convencer a los salvadoreños no es apelar a valores democráticos, al civismo o al sentido de comunidad, sino fomentar el terror, explicitando cada vez que puede cómo las familias ni siquiera podrán despedirse de sus seres queridos si se desata la epidemia, y con continuas referencias y videos en sus redes sociales a las cifras y a los dramas italianos y españoles.

¿Qué tan efectiva está siendo la ‘estrategia Bukele’? De momento, hay números que parecen darle la razón. De los primeros cinco casos confirmados en El Salvador, cuatro corresponden a personas que viajaron desde países afectados y que fueron puestas en cuarentena apenas aterrizaron, no sin la respectiva avalancha de críticas. Esta medida ha evitado que esos cuatro salvadoreños hayan expuesto a sus familiares, amigos, conocidos y a la sociedad entera.

Con Bukele, eso sí, nunca se sabe. Puede que su protagonismo en esta crisis sea nomás una calculada manera de neutralizar el impacto negativo que el falso golpe de Estado del 9 de febrero tuvo en su imagen internacional. Pero también puede que esté genuinamente convencido de que El Salvador está a las puertas de la mayor tragedia social jamás vivida en dos siglos de historia republicana, y actúa en consecuencia.

El tiempo dictará qué tan efectiva es la combinación de zanahoria, palo y terror para promover el distanciamiento social, y evitar así un contagio masivo y simultáneo que colapsaría en un chasquido el precario sistema sanitario nacional. Lo positivo es que apelar al tiempo como juez no será como cuando el exmandatario cubano Fidel Castro alegó que la historia lo absolvería, un debate aún abierto casi siete décadas después; el tiempo, en esta ocasión, serán semanas.

Roberto Valencia es periodista independiente radicado en El Salvador desde 2001, autor del libro ‘Carta desde Zacatraz’.

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