La estrategia de ETA

Algunos ya avisamos a tiempo que ETA y Batasuna trataban de convertir su derrota en una victoria. Intentaban convertir la etapa abierta tras el final de la banda terrorista en un tiempo donde pudiera no obstante llevar a cabo su proyecto político. A pesar de que demasiados analistas han puesto todo su esfuerzo en negar las credenciales izquierdistas de ETA y Batasuna, éstos nunca han dejado de manejar a la perfección los instrumentos revolucionarios de libro.

Los meses transcurridos desde que ETA anunció el cese de su actividad armada han supuesto para muchos el permanente despertar de un sueño que no se va cumpliendo como se esperaba. Es cierto que la amenaza de ser ejecutados por no pensar como ellos se ha alejado radicalmente, pero ETA sigue estando presente tanto o más que nunca. La función de Batasuna, bajo cualquiera de sus distintos nombres, consiste precisamente en mantener viva esa presencia y proyectarla hacia el futuro.

Por ello, a nadie puede extrañar que Iñaki Antigüedad afirme ahora rotundamente que nunca va a pedir la disolución de ETA. Dice que la banda debe cambiar su rol pero no desaparecer. Y un tal Currin, a quien, que yo sepa, nadie con legitimidad democrática ha dado otra función en estos asuntos que no sea la de representar los intereses de ETA y de Batasuna, afirma, con la supuesta bondad del mediador, que es mejor que la banda no desaparezca para que a los presos etarras se les facilite la reinserción. Me imagino que, a la luz de las palabras de Antigüedad, se trata de reinsertarlos en la ETA reinventada, en el mismo proyecto totalitario en el que no caben los que no piensan como ellos, aquellos que ya no tienen que temer por su vida pero sí por su libertad.

Y en este contexto nos encontramos con una carta o manifiesto, o lo que sea, firmado por 500 intelectuales, encabezados por Alfredo Pérez Esquivel y Mayor Zaragoza, pidiendo al Gobierno español, y de paso al francés, que tomen medidas para solucionar la cuestión de los presos y aprovechar así la oportunidad de afianzar la paz dialogando con ETA.

Al mismo tiempo, desde ETA y Batasuna se afirma que ellos ya han hecho lo que tenían que hacer, y que ahora le toca al Ejecutivo de Rajoy adoptar las medidas que los proetarras han decidido que deben adoptarse. El esquema es sencillo: ¿quién avala que ETA y Batasuna han hecho lo que tenían que hacer? ETA y Batasuna. ¿Quién decide lo que el Gobierno tiene que hacer? ETA y Batasuna. Los que hablan de diálogo se arrogan la capacidad omnímoda de decidir, lo propio y lo ajeno, lo que ellos y lo que los demás deben hacer. Como siempre, totalitarios hasta la médula.

No es preciso recordar que ni Batasuna ha condenado la historia de terror de ETA ni ETA ha hecho autocrítica alguna que no sea simplemente instrumental y táctica -el abandono de la violencia es un cálculo estratégico porque se trata de un recurso inadecuado en este momento-. Tampoco han aceptado el Estado de Derecho, ni acatan el pluralismo de la sociedad vasca, condición indispensable para ser demócratas. Ni siquiera han manifestado respeto por las víctimas ni disposición hacia una memoria con dignidad, verdad y justicia. Sin embargo, ya han decidido en su omnipotencia que ellos ya han hecho los deberes y son los demás quienes deben cumplir con las tareas que ellos mismos, prepotentes, les han encargado.

Parece que los intelectuales que firman la citada carta no ven nada de todo esto. Siguen viendo a la ETA buena que se ha rebajado a perdonarnos la vida, regalo por el que estamos en deuda. Concluyen, en nombre de todos nosotros, que el Estado debe ser condescendiente con los presos para que se resocialicen no al Estado de Derecho, sino a la ETA resurrecta y tácticamente reformulada según su propia voluntad. Dan a entender que sólo así se consolidará la paz que tanto hemos soñado, esa que recibimos graciosamente de la mano de quien nos la había quitado en primer lugar. Parafraseando: ETA nos lo quitó, ETA nos lo devolvió.

Hubo un tiempo en el que pensábamos que la izquierda tenía una idea romántica de ETA, la única resistencia seria contra Franco, unos nobles chicos decididos a arriesgar la vida al servicio de la libertad, individual y colectiva, del pueblo vasco. Una organización revolucionaria que se atrevía, en plena Europa, a poner en práctica las teorías anticolonialistas de Frantz Fanon, la violencia marxista capaz de superar todas las violencias defendida por Maurice Merleau-Ponty legitimando los juicios estalinistas de Moscú.

Pero no se trata ni de romanticismo ni de ingenuidad. Es simplemente el núcleo revolucionario de siempre, aunque no lo parezca. Se trata de apoyar, sin que se note, la lucha contra la democracia, poniendo de manifiesto que el Estado de Derecho se puede quebrar, porque el Derecho, como escribía Walter Benjamin, es siempre legitimación de alguna violencia. Se trata del ideal revolucionario de siempre de negar al estado como el instrumento privilegiado de opresión de la libertad subjetiva colectiva.

Da igual que no pocos de ellos sean servidores del Estado en su calidad de funcionarios, da igual que su espíritu revolucionario lo ejerzan sobre las espaldas de los vascos que defienden como pueden la libertad de ser vascos en contra de la ortodoxia nacionalista radical de ETA y Batasuna. No les importa la libertad real y concreta de muchos vascos que resistieron contra Franco y que han resistido contra ETA. Les importa debilitar al Estado, quebrarlo en nombre de una libertad grandiosa que no existe, pues sería la primera víctima de su revolución, como lo ha sido de ETA y Batasuna, como lo ha sido de todos los movimientos que han querido materializar la revolución marxista abandonando, por formales, los derechos humanos básicos, como critica Claude Lefort.

El nacionalismo vasco tradicional afirmó durante mucho tiempo que el recurso a la violencia terrorista por parte de ETA se debía a su espíritu revolucionario, a su matriz marxista. Luego cambió su explicación de la noche a la mañana: la razón de la violencia de ETA radicaba en el conflicto vasco. No hay mejor vestimenta para esconder la verdadera razón del recurso a la violencia terrorista: legitimarlo no en razones de revolución que puede asustar a muchos, sino en el sentimiento de un pueblo herido en su identidad por la opresión de Franco y que incluso la democracia constitucional española actual es incapaz de reconocer como es debido, lo que permite seguir hablando de dictablanda en lugar de democracia.

Me imagino que los intelectuales firmantes de la carta estarán convencidos de que hacen un favor a la paz, a la democracia, a la sociedad española, y en especial a los vascos. Probablemente no serán muchos los que cojan la pluma o el teclado para decirles que no, que no nos hacen ningún favor, porque estamos hartos de mediadores internacionales y de bienintencionados intelectuales que tratan de facilitar y consolidar el fin de ETA. Lo que necesitamos ahora, como lo hemos necesitado durante todo el tiempo de lucha contra ETA y Batasuna, es la capacidad de desenmascarar su manejo del lenguaje, su capacidad de reinventarse y hacer creer a los demás lo que no son. Estamos necesitados de personas que ayuden a luchar por la libertad, que sigue amenazada para muchos ciudadanos vascos y lo seguirá estando mientras ETA perviva y Batasuna continúe defendiendo que sólo existe el País Vasco -Euskal Herria- que ellos definen. La libertad, en definitiva, estará amenazada mientras el nacionalismo tradicional siga jugando a todas las cartas, pero siempre mirando de reojo a los verdaderos nacionalistas y a los verdaderos vascos según la definición de ETA y Batasuna.

No se trata de ninguna gran revolución sino de algo mucho más simple: de luchar por la libertad cada día, por la libertad de poder ser vascos como le apetezca y le venga en gana a cada uno, por la libertad de identidad, de opinión, de conciencia. Es la lucha de siempre, que nunca acaba.

Joseba Arregi fue consejero del Gobierno vasco y es ensayista y presidente de Aldaketa.

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