La estrategia de la no estrategia

Por Victoria Prego (EL MUNDO, 21/01/07):

«¿Y si hay otro muerto, qué?», decía recientemente un dirigente socialista a uno de sus colaboradores cuando éste defendía la necesidad de responder con dureza a la banda terrorista. «¡Sería tremendo, tremendo que hubiera otro atentado mortal!», confesaba a su vez con espanto un alto representante del Gobierno a sus interlocutores hace también pocos días.

Un temor muy comprensible, pero nada que no hayan padecido con la misma o mayor intensidad todos los gobiernos anteriores. La diferencia con el actual es que ese pavor a un nuevo atentado, a la idea de una nueva víctima, domina sobre cualquier otra consideración y determina la estrategia política del Gobierno, que podría definirse precisamente como «la estrategia de la no estrategia».

Así como los anteriores presidentes decidían la línea a seguir para tratar de acabar con el terrorismo y, una vez tomada la decisión, se preparaban para lograr soportar lo insoportable, esto es, las muertes de inocentes a manos de los asesinos, ahora sucede lo contrario. Ni un asesinato más, ni un atentado mortal, que puedan ser «explicados» por la banda como reacción a una decisión del Gobierno. Y es en función de ese objetivo como se actúa o, mejor dicho, no se actúa. El 30 de diciembre, el presidente no anunció que rompía los contactos con ETA porque quiso evitar que se interpretara que era el Gobierno el que aniquilaba el proceso. Eso dijeron sus exégetas. No quería cargar con esa responsabilidad. «Tenía el temor a que, como respuesta a una posición de dureza, ETA le pegara un tiro a alguien, a un representante del PP, por ser precisos», explica un socialista bien informado.

Es esa voluntad de dejar claro «que yo no he sido» la que permite entender el porqué de las etéreas frases del presidente; las únicas, por otra parte, que tienen para todos un valor político cierto. Ya puede el últimamente muy callado Rubalcaba decir que esto se ha acabado; ya puede la vicepresidenta De la Vega repetir que con los terroristas no habrá dialogo ni hoy ni mañana ni pasado; ya pueden salir todos a deshacer dudas que, mientras Zapatero no hable con la misma contundencia, ni los ciudadanos se sentirán firmemente dirigidos en la buena dirección, ni los terroristas tendrán claro a quién se enfrentan de verdad.

Esta «estrategia de la no estrategia» ya la practicó el presidente con el Estatuto de Cataluña. Se comprometió a aprobar lo que viniera consensuado del Parlamento y nunca entró a definir los perfiles del contenido del proyecto. Al final tuvo que salvar su apuesta a base de cerrar pactos con unos y con otros, por incompatibles que fueran sus posiciones respectivas, con el resultado que ya sabemos: ERC ninguneada en Madrid y CiU dejada en la cuneta catalana en el primer minuto poselectoral.

Con el terrorismo parece estar aplicando la misma receta. Una frase tan sencilla como «vamos a buscar la derrota de ETA y, sólo cuando la hayamos logrado, hablaremos de medidas de gracia para los asesinos» no ha sido jamás pronunciada por él. No quiere hacerlo. Tampoco ha querido decirle a la cara al PNV que se opone a derogar la Ley de Partidos, a mantener el diálogo con Batasuna y con ETA y a modificar la política penitenciaria, tres puntos que le fueron planteados con toda claridad por Josu Erkoreka y por el propio Ibarretxe en su visita a La Moncloa.

¿Es que suscribe las exigencias del PNV? No. Entonces, ¿por qué no lo dice? Para no discutir en público. Y ¿para qué recibe al lehendakari en secreto, si sabe de sobra que Ibarretxe va a salir de La Moncloa defendiendo el diálogo con ETA como si lo hubiera pactado con él? Porque está nervioso ante su nulo protagonismo, y más después de tanto elogio a Imaz. Para que se calme y no incordie.

Ni siquiera se ha comprometido Zapatero públicamente a dar órdenes al Abogado del Estado y al Fiscal General para que traten de impedir que Batasuna se cuele en las listas electorales del mes de mayo. A lo más que ha llegado ha sido a eso de «no se me alcanza cómo podrían presentarse si no condenan la violencia». «No es que esté paralizado», trata de explicar un alto dirigente del PSOE que conoce bien lo que se cuece estos días, «es que está practicando una política de ‘hacer y no decir’».

Pues si eso fuera así, si la de Zapatero es una decisión de «hacer sin decir», las listas electorales de Batasuna van a ser su prueba de fuego. Porque si, llegado el momento, el Gobierno se esfuerza hasta la extenuación para impedir que la organización proetarra se siente en los ayuntamientos vascos sin haber condenado la violencia ni haberse separado de ETA, estará claro que el presidente intenta, efectivamente, encontrar la salida de este laberinto que él mismo ha trazado en torno a sí. Pero si ni el Fiscal General ni la Abogacía del Estado mueven un dedo o lo mueven con indolencia, verá que se rinde sin remisión ante el miedo a que la banda decida ponerle uno o varios muertos sobre la mesa.

De momento, el presidente busca un «acuerdo de mínimos» que logre simplemente la desactivación del desacuerdo de manera que la lucha contra el terrorismo pase a ser un paisaje sin figuras y sin líneas conocidas, un limbo que, por esa vía de la «no estrategia», logre desactivar a los asesinos. Se busca que ETA no actúe porque por aquí no se mueva una hoja. Como quien consigue hacerse el muerto para que su agresor desista de seguir apuñalándole. Los perros se tumban barriga al aire y patas arriba cuando no quieren pelea. El mensaje es: «Yo no hago nada, no me hagas nada tú». Sumergir el periscopio, dejar que las cosas vayan transcurriendo sin dar motivos a la banda para atacar y sin entrar a confrontar con los partidos políticos sobre ninguna clase de hoja de ruta en este mar embravecido de la lucha contra el terror. No hacer nada hasta ver qué sale de los contactos entre el PSE y Batasuna y de los que, a tenor de lo publicado, está habiendo entre Batasuna y ETA. Y en función de lo que salga de ahí, moverse. O no.

Pero siempre hay un pero y, en este caso, hay dos. El primer pero es que hay unos jueces que están juzgando y sentenciando y que no van a consentir retorcer la ley para vestirse, ellos también, de camuflaje. Y el segundo pero es que, cuanto más quieto y callado esté el presidente, más esperanzas tendrán los terroristas de salirse con la suya porque sabrán que el verdadero temor del Gobierno, temor tan comprensible como suicida si paraliza una estrategia firme y valerosa es el que dice así: «¿Y si, como consecuencia de esto, ETA mata otra vez, qué?»