La estrategia de Ulises

La calificación de Moody’s rebajando la deuda de Portugal al nivel de bono basura y el más que previsible segundo rescate de este país, como ya ocurriera hace pocos días con Grecia, subrayan la necesidad de adoptar decisiones urgentes para sacar al euro del borde del precipio.

La UE, y especialmente sus estados PIGS, considerados sospechosos habituales y despreciados incluso por algunos de sus socios, no deben bailar al capricho de unos mercados altamente especulativos que, minando las bases de la democracia, parecen tener más poder e influencia financiera que los Gobiernos.

La peligrosa situación de Portugal y el acoso a Grecia para recibir el segundo paquete de rescate que se sumará a los 110.000 millones aprobados en 2010 es uno de los espectáculos más obscenos en décadas. Queda por negociar cómo y en qué cuantía final participarán los sectores financieros privados en los nuevos rescates, alimento seguro para los bancos de esos estados socios, amigos dispuestos a socorrer a esas víctimas propiciatorias que, llegado el caso, devorarían sin piedad.

La ciudadanía europea se encuentra perpleja y enfadada al observar cómo esas élites políticas y económicas, en medida coordinación con esas instituciones financieras en la sombra, piden austeridad a algunos países bajo la amenaza de la bancarrota, fijando los objetivos financieros por encima de Gobiernos, de la voluntad popular o, incluso, de cualquier política económica responsable en el momento actual, que no puede ser otra que la creación de empleo y el mantenimiento de condiciones de vida dignas para los ciudadanos. Y todo ello para satisfacer las raras apetencias de mercados, fondos de inversión y sociedades de riesgo, original forma de dictadura expresada en tasas, baremos o índices de riesgo. Para generar empleo es preciso un estímulo de la demanda agregada; esto es, crecimiento económico suficiente.

Y esas políticas sugeridas a Portugal, Grecia y, en general, a los periféricos, propiciarán lo contrario: pasar a un círculo vicioso de retraso y miseria. Si esto responde a un patrón preconcebido, quien lo haya hecho debe saber que la desestabilización europea provocará un efecto contagio que convertirá la crisis financiera en una del propio sistema económico.

Frente al histórico interés en las políticas de solidaridad interior en la UE, característica innata de este proceso en los últimos 50 años, se ha instalado el cortoplacismo en la consecución de resultados, para mostrar a los mercados una disciplina obediente cuyo único resultado será asegurar el beneficio de los intereses más especulativos, en ningún caso la revitalización de nuestras dinámicas económicas más solidarias (como la creación de empleo o el mantenimiento de las bases fundamentales del Estado de Bienestar).

Hace muchos años Ulises, una vez finalizada la guerra de Troya, inició el regreso a su patria, Ítaca. Innumerables vicisitudes le aguardaban en el camino, las mismas que tiene hoy el proyecto europeo. Hoy, como entonces, es necesaria la conjunción de tres factores: ilusión, confianza y certeza de que los objetivos se pueden cumplir. Seamos fieles a nuestras metas. Sobre todo porque son justas. La estrategia de Ulises consiste precisamente en eso, en identificar los problemas, estudiarlos y tener claros los objetivos a conseguir. Para ello tendremos que crear unos instrumentos que, aplicados a nuestras políticas económicas en la unión monetaria, supongan una verdadera refundación del proyecto europeo. La UE debe ser congruente con su título federal y afrontar con valentía y liderazgo este delicado momento en el que está en peligro el euro y el propio proyecto de integración.

Hemos dado pasos fundamentales para la integración supranacional, en políticas vitales como la industrial, la agrícola, la comercial o la medioambiental; y, no sin dificultades, caminamos en esa dirección en acción exterior, seguridad o defensa. Llegados a este punto, es imprescindible preservar y proteger el grial económico de nuestro proyecto común, el euro, frente a crisis o intereses espurios que lo pongan en entredicho.

Si la UE quiere seguir un verdadero modelo de progreso económico y social no puede sucumbir a las tentaciones egoístas y poco solidarias de algunos Gobiernos, encabezados por Alemania, que anteponen el discurso demagógico y electoralista de un supuesto Deutch Interest para exigir aún más sacrificios a los más sacrificados. Es necesario afirmar una solidaridad monetaria, económica y financiera en la zona euro, con un mecanismo de control que la propia Comisión titulaba, en la primavera de 2009, Driving European Recovery. Ese mecanismo perseguía tres objetivos: a) Un sistema financiero estable y fiable, con controles permanentes; b) El sostenimiento de una economía real alejada de las ingenierías económicas o financieras; c) Un programa común de actuación para apoyar a la población afectada por la crisis. Este último punto justifica todas estas acciones y sacrificios porque enlazan con el proceso de legitimidad democrática de todo el proceso de integración, que no es otro que el que va de abajo arriba, de la ciudadanía a todo lo demás; especialmente a los mercados e intereses especiales. Esos que han intentado institucionalizar la política y la diplomacia de la deuda segura, del negocio garantizado.

Frente a los intereses en la sombra, la política económica de la zona euro debe tener un gobierno único que elabore una política común completa: fiscal y presupuestaria, laboral, económica exterior y, también, monetaria. Es necesario cambiar el objetivo último del Banco Central Europeo, que es la estabilidad de precios, y, a semejanza de la Reserva Federal, ampliar sus objetivos macroeconómicos para que redunden en logros sociales consolidables a medio y largo plazo. Como en cierto modo ya ha propuesto el propio presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, lo que necesitan los europeos es un gobierno económico único con autonomía plena que sea motor central del proyecto comunitario.

Y en la situación en que nos encontramos de alto riesgo para el proyecto de integración, para los valores que históricamente representamos y para el futuro de nuestras sociedades, nos preguntamos: ¿en qué lugar perdido se encuentra el ADN político de esos líderes europeos que en mitad del naufragio, de la guerra, de la devastación, de la ruina total, cogieron las riendas de esta Europa arrasada para, después de hacer ese llamado milagro, entregar esa herencia a las generaciones venideras?

José Antonio Martínez y Gustavo Palomares Lerma, respectivamente consejero económico y presidente del Instituto de Altos Estudios Europeos.

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