La estrategia fracasada de Syriza

El diagnóstico de Yanis Varoufakis es en líneas generales correcto: Grecia está atrapada en una “trampa de austeridad”. La agresiva devaluación interna no se ha traducido en aumentos significativos de exportaciones y crecimiento económico, como en Irlanda, España o Portugal. Por el contrario, se ha traducido en un ciclo que se retroalimenta de crecimiento negativo, aumentos de la ratio de deuda / PIB y mayores dosis de austeridad.

La razón: Grecia tiene un sector exterior demasiado pequeño y una estructura económica demasiado poco competitiva como para compensar lo suficientemente rápido, vía exportaciones, la enorme contracción de la demanda interna sin causar un sufrimiento social insoportable. Grecia necesita más tiempo y cambiar el foco del ajuste fiscal a las reformas estructurales. Hasta ahí, casi todos de acuerdo.

Ahora bien, aunque el diagnóstico de Syriza es más o menos correcto, su estrategia para solucionar el problema está resultando desastrosa.

EDUARDO ESTRADA
EDUARDO ESTRADA

Unos días antes de las elecciones en Grecia, escribí en estas mismas páginas que Syriza iba a tener muy poco margen para virar de estrategia. De hecho, la razón por la que Syriza llegó al Gobierno fue la inflexibilidad (a sabiendas de las consecuencias) de los acreedores ante las demandas (mucho menos radicales) de Andonis Samarás, el anterior primer ministro heleno, que se vio obligado a convocar elecciones anticipadas.

El primer error de la estrategia de Syriza fue, por tanto, sobrevalorar su poder de negociación. Tsipras y Varoufakis hicieron las cuentas al revés. Partieron de la premisa que la eurozona no les dejaría caer y que, por tanto, podrían imponer un giro radical en la política económica sin miedo a fracasar. Fracasar digo, porque Tsipras ganó las elecciones con el mandato de confrontarse a la troika, pero no de salir del euro. A pesar de todo, hoy todavía en Grecia el 60% de la población quiere permanecer en el euro.

El problema es que esa premisa estaba equivocada. Y lo estaba por dos razones. Primero porque en Berlín ya no están dispuestos a evitar la salida de Grecia (Grexit) a cualquier precio porque creen que la eurozona está ahora mejor equipada para capear un potencial contagio.

Portugal y España están creciendo rápido y sus sistemas bancarios están saneados. Además, la eurozona tiene un fondo de rescate en funcionamiento (MEDE) y un programa de compra ilimitada de bonos (supuestamente) disponible en caso de emergencia (OMT). Y, lo más importante, un compromiso del BCE de mantener hasta septiembre de 2016 un programa masivo de compra de bonos soberanos (Quantitative Easing, QE).

Aunque en caso de Grexit esos mecanismos podrían no resultar infalibles, lo cierto es que desde la victoria de Syriza y a pesar del alto riesgo de Grexit se ha roto la correlación entre la prima de riesgo griega y la del resto de la periferia europea.

El segundo error de Syriza fue no apreciar su grado de aislamiento político. Pensaron que su estrategia antiausteridad les llevaría a liderar un bloque de países del sur enfrentados a la troika. Pero obviaron que en el momento político presente unirse a Syriza no ofrecía ninguna ventaja a Renzi (que ya había conseguido mayor flexibilidad en su plan de ajuste) y sería un suicidio político para Rajoy (con Podemos detrás) o para Passos-Coelho, primer ministro portugués. Con los deberes hechos, reconocer que había un atajo, sin austeridad y con menos sufrimiento, significaría poner en cuestión los enormes esfuerzos de ajuste llevados a cabo en los últimos años. Y todo eso en un año electoral.

La reunión de la pasada semana del Eurogrupo en Riga fue la última demostración de que Syriza sigue dispuesta a llevar el pulso con la troika hasta el límite. Los griegos volvieron a presentarse con propuestas vagas y con grandes lecciones para todos de alta política. Varoufakis, ahora apartado finalmente de la primera línea de negociación, era la punta de lanza de esa estrategia fallida. El ministro sigue sin darse cuenta de que está jugando al póquer con las cartas descubiertas, sin blanca y apostando contra su prestamista. Y así es muy difícil ganar la partida. El resultado de ese error de estrategia está siendo desastroso. Desde que llegó Syriza al Gobierno los depósitos en los bancos griegos han caído al mínimo en 10 años. El sistema bancario está al borde del colapso y sobrevive gracias a la línea de liquidez del Banco Central Europeo (ELA, en sus siglas en inglés). Pero la ELA no es incondicional: depende, a su vez, de que el Gobierno heleno muestre señales claras de estar implementando reformas para concluir el programa de rescate.

En el camino, la economía, que antes de llegar Syriza llevaba meses en recuperación, se ha deteriorado a toda velocidad y los ingresos del Gobierno han caído en picado, dinamitando el superávit primario, conseguido con mucho esfuerzo. De hecho, para responder a sus obligaciones, el Gobierno de Syriza lleva dos meses extrayendo fondos de empresas públicas, de gobiernos locales y de la seguridad social, cavando un agujero todavía más profundo que el que tenía. Pero lo peor está todavía por llegar. Aunque haya un acuerdo provisional en la próxima reunión del Eurogrupo el 11 de mayo, en julio y agosto el Gobierno se enfrenta a unos vencimientos de deuda del BCE de más de 7.000 millones, y de ahí no van a poder pasar.

Entonces Tsipras tendrá dos opciones. La primera será hacer default sobre algunos de esos pagos, lo que obligaría al BCE a cortar el ELA y precipitaría la introducción de controles de capital para evitar el colapso bancario, lo que dejaría a Grecia a un paso de Grexit. Algunos pueden pensar, que dadas las circunstancias, Grecia estaría mejor fuera del euro. Pero ese escenario sería el peor. Grecia entraría en una recesión mucho más profunda y además se beneficiaría bien poco de una devaluación, precisamente porque su sector exterior es muy débil.

La segunda opción que tiene Tsipras es hacer un giro político de 180 grados y mostrar un serio compromiso para implementar las reformas estructurales que necesita el país. Aunque eso quizás le cueste un referéndum o unas elecciones. Pero esa vía es la única a través de la cual podrá negociar un ajuste fiscal más lento y una cancelación de parte de la deuda. Eso sí, a cambio de un rescate de 30.000 o 40.000 millones que será significativamente mayor de lo que hubiera sido.

¿Existía alguna alternativa? Todas las opciones para Tsipras eran malas, pero el camino elegido ha sido probablemente el peor. Hace exactamente un año Grecia estaba tomando prestado al 5% a 10 años. El Gobierno había logrado recuperar la confianza de los inversores, el crédito había empezado a fluir y con él el crecimiento económico. Además, Grecia tenía un superávit primario del 3% gracias a un enorme esfuerzo de ajuste.

Y, lo más importante, el BCE estaba a punto de anunciar su programa de QE, lo que hubiera ofrecido a Syriza una situación inmejorable (combinada con el shock positivo del bajo precio energético) para ahorrar en intereses, favorecer el crecimiento y lograr precisamente su objetivo: relajar la austeridad y el ritmo de reformas. De hecho, eso es exactamente lo que han hecho España y Portugal.

Portugal es quizás el contrafactual más cercano: hace un año salía de su programa de rescate en una situación muy delicada, con una economía poco competitiva, un sistema bancario muy frágil y una altísima deuda. Ahora, acaba de devolver por adelantado parte de su rescate, ha prefinanciado sus necesidades de financiación de este año, crecerá cerca del 2% y su nivel de paro ha caído del 17% al 14%.

Dicen los americanos que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. En este caso, como casi siempre, no existía un atajo. Y Syriza les vendió a los griegos que sí, que ellos conocían una receta mágica. Una vez que se ha hecho evidente que esa estrategia no ha funcionado, esperemos que sean capaces de reaccionar a tiempo para evitar el mayor de todos los desastres: la ruptura de la Unión Monetaria. En el camino, eso sí, el Eurogrupo tendrá que aprender a ser más generoso, al menos más que con Samarás.

Antonio Roldán Monés es analista para Europa en Eurasia Group.

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