La etapa decisiva de Royal

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 19/02/07):

Con la presentación de su contrato presidencial, “pacto de honor más que programa”, que contiene 100 propuestas repartidas en nueve grandes dominios, la candidata del Partido Socialista (PS) a la presidencia de Francia, Ségolène Royal, inició la etapa decisiva de su carrera hacia el Elíseo. La presidenta regional de Poitou-Charentes, la política poco convencional, por no decir heterodoxa, presidió, sin embargo, una ceremonia que recordó los fastos de la época de François Mitterrand, rodeada de todos los elefantes socialistas, lo que restó credibilidad a sus afanes de mudanza y su alejamiento del dictado de las élites.
Los análisis de la derecha y de la izquierda moderada coinciden en subrayar los males de Francia en declive, según el título del libro de Nicolas Baverez, jefe de fila de los decadentistas, o de la sociedad bloqueada por su alergia a las reformas. El prosocialista Alain Touraine se muestra contundente cuando reclama a Ségolène Royal que acabe “con la retórica de extrema izquierda desconectada de la realidad”. Ante una situación de emergencia nacional, con el candidato derechista, Nicolas Sarkozy, coqueteando con la ruptura, se esperaba una enérgica intervención quirúrgica, pero la aspirante socialista rechazó explícitamente el escalpelo y mantuvo la tradición.

EN UNA ETAPA anterior, catapultada por el factor femenino y su telegenia, el ímpetu arrollador de Royal alteró el panorama político. Impuso sus ideas, su populismo, su “democracia participativa”, que consiste en dirigirse directamente al pueblo para escuchar sus demandas, sin intermediarios, y derrotó a los líderes del PS en unas primarias de estilo norteamericano. Salió reforzada de la contienda dentro de un partido en el que tenía más detractores que amigos. Su flema y su sonrisa resistieron los comentarios sexistas o sarcásticos, como el de Laurent Fabius (“¿Quién cuidará de los niños? “), o la denigración de un exministro de Mitterrand, Louis Mexandeau, que la zahirió al compararla con Ronald Reagan y George Bush.
Con su arrolladora popularidad en las encuestas, “con su sensibilidad de izquierdas, su personalidad de derechas y sus ideas centristas”, según el retrato de Alain Duhamel, Royal aireó su admiración por Juana de Arco, y su discurso presagiaba una revisión desgarradora en el PS. Se aguardaba la reconversión ideológica que el partido rechazó cuando se produjo la caída del muro de Berlín en 1989, bajo la férula declinante de Mitterrand. No en balde la candidata confesó que no había leído a Marx y pregonó su admiración por Tony Blair y el Nuevo Laborismo, anatemizados en los cenáculos de París. Uno de sus correligionarios y competidor, Dominique Strauss-Kahn, recordó que la socialdemocracia alemana inició ese viraje en 1959, en el congreso de Bad Godesberg, paso previo para llegar al poder.
El dilema era inevitable: la asunción de una política realista, nítidamente socialdemócrata y hasta centrista, no condicionada por la herencia ideológica, o la repetición del modelo de Mitterrand –“ningún enemigo a la izquierda”–, que entraña concesiones a los sectores más radicales y anticapitalistas o altermundialistas que dieron al traste con la Constitución europea en el nefasto referendo del 2005. Ante el problema crucial de cómo reemplazar los votos de la extrema izquierda, y dado que el centro político había sido esquivo con el PS, Royal trató de esquivar la disyuntiva y formuló un programa que, como ha señalado uno de sus críticos, más parece un árbol de Navidad cargado de regalos para todos los sectores sociales, cuya financiación resulta problemática porque la economía empieza a declinar, según el último diagnóstico de Le Monde. No obstante, los radicales le siguen reprochando la tibieza de su izquierdismo, lo que inocula en el Partido Socialista el añejo demonio de la esquizofrenia entre la ideología socialista y el pragmatismo del poder.

INCAPAZ DE separarse de una obsoleta maquinaria partidista y de las hipotecas ideológicas, en un país aparentemente refractario a los vientos de cambio, Royal debería reflexionar sobre el sombrío pronóstico de Alain Touraine: “Si en su afán de encontrar respaldos en todas partes resucita los vocabularios y las doctrinas políticas de extrema izquierda, se encaminará hacia su derrota”. Emerge una cuestión inquietante, que destruye algunos viejos prejuicios del PS, cuando las encuestas revelan que el candidato centrista, François Bayrou, con un discurso europeísta sin complejos, no solo compite con Sarkozy, sino que hace mella en los sectores moderados del electorado socialista.
Si “Ségolène Royal es una lámina de acero”, inasequible al desaliento, como la encomia Jack Lang, exministro de Cultura, está a tiempo de reorientar su campaña, liberarse de los lobis sectoriales, comunitaristas, portavoces de los intereses alarmados, y perseverar en su diálogo con el pueblo. También debería corregir su imprecisión sobre Europa y otras cuestiones candentes de la situación mundial y la globalización en marcha. Cuando las instituciones europeas tienen como credo el libre cambio y la concurrencia, pero padecen una crisis existencial, el mercantilismo que prevalece en Francia resulta desalentador, incluido el del novelista y académico Erik Orsenna, que inspira o redacta los discursos de la candidata socialista. Porque si Francia deserta del debate europeo, ¿quién salvará a Europa del naufragio de sus ilusiones?