La etapa final egipcia

¿Puede la larga historia de Egipto ayudarnos a entender el alzamiento, ya caratulado como revolución, que hoy se está produciendo en El Cairo, y cómo podría terminar? Creo que sí. Después de todo, las manifestaciones de millones de personas para exigir el fin del régimen del presidente Hosni Mubarak y su Partido Nacional Democrático (PND) no son un fenómeno sin precedentes en el país.

La historia de Egipto está plagada de gobernantes poderosos y famosos (empezando por Ramsés II en los tiempos faraónicos, pasando por Saladino, Muhammad Ali, Napoleón Bonaparte, Lord Cromer, hasta el trío militar egipcio de Gamal Abdel Nasser, Anwar El Sadat y Mubarak). Esto sugiere que, si bien los egipcios quizá no necesariamente prefieran ser gobernados por un hombre fuerte, se sienten plenamente cómodos con eso y hasta pueden creer que es necesario.

Con certeza, las revueltas populares no son nada nuevo en Egipto. Las multitudes se alzaron contra las fuerzas francesas de Napoleón en 1798, contra la monarquía en 1881-1882, contra el dominio británico en 1919 y 1952, contra Sadat en 1977 y contra Mubarak en 1986. Esos levantamientos fueron reprimidos, muchas veces de manera brutal, primero por tropas extranjeras (el ejército francés en 1798 y los soldados británicos en 1882 y 1919) y más recientemente por el ejército egipcio.

Desafortunadamente, si bien manifestantes furibundos a veces obligaron a gobernantes poco gratos a abandonar el poder, no pudieron reemplazar a los tiranos con gobiernos que respetaran los deseos de la población. ¿Esta larga historia de regímenes autoritarios ahora se quebrará?

Los primeros días del actual levantamiento favorecieron al pueblo. Las multitudes eran enormes y pacíficas, no sólo en El Cairo, el nudo histórico de la protesta, sino en todas las ciudades de Egipto. Además, el ejército, convocado ostensiblemente para restablecer el orden, se refrenó, una respuesta marcadamente diferente de la represión que ejerció en levantamientos pasados. Los soldados franceses y británicos no dudaron en aplacar la resistencia. Tampoco lo hizo el ejército egipcio en 1952, 1977 y 1986.

El alzamiento de 1952 es particularmente revelador, porque fue generalizado e intensamente popular, ya que estaba dirigido contra los tan odiados británicos. Si bien los británicos tenían 100.000 tropas estacionadas cerca del Canal de Suez en ese momento, optaron por no intervenir. En cambio, fue el pequeño y altamente profesional ejército egipcio el que reprimió el levantamiento, para desánimo de los oficiales jóvenes, que ya habían avanzado bastante en sus planes de tomar el poder.

Años de combatir en los conflictos árabe-israelíes, sin embargo, transformaron al ejército, dando lugar a una masiva fuerza de conscriptos que hoy cuenta con aproximadamente 400.000 soldados. Los rangos inferiores del ejército hoy están compuestos por hombres jóvenes que provienen de todos los segmentos de la sociedad egipcia, cuyos contextos no son diferentes de los de la gente a la que pueden verse obligados a reprimir. El ejército egipcio de hoy es un ejército del pueblo y, a diferencia de las fuerzas de seguridad denigradas, es admirado por muchos. Los altos oficiales seguramente conocen los riesgos en los que incurrirán si les ordenan a estos hombres dispararles a amigos y parientes.

Es más, las actuales manifestaciones masivas son radicalmente diferentes de los movimientos de protesta anteriores que reprimió el ejército. En 1977, muchos se alzaron para oponerse al fin de los subsidios a los alimentos y otros consumos; en 1986, las fuerzas de seguridad mal remuneradas actuaron violentamente. La cantidad de gente que participó en las protestas era minúscula comparada con la de hoy. Tampoco las acciones de los manifestantes eran pacíficas. Amenazaban la propiedad y minaban el orden político desde el principio. El alto comando egipcio no necesitaba preocuparse porque los rasos desobedecieran las órdenes, porque estaban protegiendo a la ciudadanía.

En cambio, la protesta actual, que comenzó tan pacíficamente y con tanta efervescencia, hizo un giro dramático y violento hace varios días. La promesa de Mubarak de que no se presentaría para una reelección en el próximo mes de septiembre, lo que podría haber apaciguado a sus críticos dos semanas antes, ya no era suficiente. Cuando esta concesión falló, Mubarak y el gobernante PND comenzaron a trabajar detrás de escena, alentando a sus seguidores a atacar a los manifestantes y a generar violencia.

Pero Mubarak también preparó el camino para un nuevo grupo de líderes –todos fuertemente comprometidos con el antiguo orden-. Casi todos ellos son oficiales militares de alto rango, hoy elevados a los puestos más importantes del gobierno. Los generales hoy ocupan cargos de vicepresidente, primer ministro, vice primer ministro, ministro de Defensa y ministro del Interior. Tampoco es probable que los manifestantes contra el gobierno encuentren un sólido respaldo de parte de Estados Unidos, siempre profundamente involucrado en los asuntos egipcios, más allá de cuántas veces el presidente Barack Obama y la secretaria de Estado Hillary Clinton enfatizaran el compromiso de Estados Unidos con la libertad y la democracia.

Sí, los norteamericanos quieren que Mubarak se vaya –y rápido-. Pero el ancla de la política estadounidense en Oriente Medio es el tratado de paz egipcio-israelí, negociado por Sadat en 1979, respaldado por Mubarak y aceptado por el alto comando militar de Egipto, que controla el ejército árabe más fuerte, es entrenado por Estados Unidos y ha recibido armas estadounidenses de las mejores. Un gobierno popular en el que la Hermandad Musulmana Islamista esté representada preocuparía a los norteamericanos y a los militares egipcios, debido a la perspectiva de que pudiera repudiar el tratado de paz con Israel y poner en peligro las relaciones con Estados Unidos.

Sin embargo, ésa no es la preocupación más inmediata. Si la violencia aumentara, los soldados rasos probablemente se sentirían nuevamente obligados a cumplir con el deber de intervenir para restablecer el orden e impedir un mayor derramamiento de sangre. Si no, las perspectivas para una transición hacia un gobierno formado por los líderes del tan respetado ejército egipcio y los moderados que representan a las elites empresarias y políticas parecen elevadas.

Por Robert L. Tignor, profesor de Historia en la Universidad de Princeton. Su último libro es Egypt: A History

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