La ética de los medios y el tiroteo en Monterrey

En la mañana del miércoles en el Colegio Americano del Noreste, en Monterrey, un alumno de 15 años disparó contra su maestra y tres de sus compañeros, y luego se suicidó.

Antes del mediodía se había filtrado en las redes sociales un video del atentado, que fue publicado por medios nacionales e internacionales. La indignación que produjo el acontecimiento pronto se trasladó a las implicaciones éticas de la difusión de las imágenes. Y en México, donde las decisiones editoriales de los medios suelen ser opacas, discutir si las imágenes debieron o no ser difundidas no es un debate ocioso.

Ya la incapacidad para distinguir el interés público del interés del público y el uso de declaraciones como hechos confirmados habían erosionado la confianza en los medios como intermediarios entre la información y el público.

Un hombre rezaba el miércoles afuera del Colegio Americano del Noreste, en Monterrey. Daniel Becerril/Reuters

El video del tiroteo en el Colegio Americano, presumo que tomado desde una cámara de seguridad, es tan espeluznante como el de la matanza que Eric Harris y Dylan Klebold perpetraron contra sus compañeros de Columbine, Colorado, hace dieciocho años; o más, si consideramos el agravante de que las víctimas de Nuevo León son más jóvenes. Este estado al norte de Ciudad de México es una de las regiones afectada por la violencia descarnada de una década de Guerra contra el Narcotráfico, que ha dejado sin futuro a miles de jóvenes.

No hace falta ser padre o madre para conmoverse ante la transmisión incesante de la tragedia, pero resulta evidente por qué han chocado tanto en esa población. La violencia homicida en las escuelas parecía exclusiva de Estados Unidos. En una sociedad donde la impunidad criminal supera el 90 por ciento de las denuncias, los colegios privados son imaginados como burbujas protegidas del ambiente hostil. La realidad del video descolocó aún más esa imagen.

En Facebook y Twitter se cuestiona su valor periodístico y, sobre todo, la contravención sistemática de los derechos de la infancia reconocidos por las leyes mexicanas. El debate será fructífero si obliga a los medios nacionales a transparentar los razonamientos éticos detrás de sus contenidos. Ningún video es ético o no en sí mismo. Las imágenes de las atrocidades del Estado Islámico, los bombardeos sobre Alepo, el cuerpo desnudo de Plan Thi Kim Puc bajo una lluvia de napalm o el cadáver de Alan Kurdi en la costa turca, pueden ser usadas desde el sensacionalismo más revulsivo, pero también pueden funcionar para agitar de la indiferencia de la opinión pública.

Si la tarea de los medios es responsabilizarse de sus decisiones, la de todos es estudiar las formas más razonables de evitar que se repita la tragedia. Las buenas intenciones de quienes piden prohibir el video por su impacto violento, y el interés de las autoridades de centrar el debate en su difusión, no conseguirán eliminarlo de la red, es como querer ocultarse de la guerra entre las barricadas.

Este documento del horror puede resultar paralizante, sin embargo también debiera servirnos para lidiar con las causas. Restringir la discusión de un crimen a su dimensión mediática es el triunfo máximo de la violencia: su normalización completa en la esfera cotidiana y la incapacidad para imaginar mejores futuros comunes. Criminalizar a los jóvenes con revisiones de mochilas y detectores de metales no garantiza nuestra seguridad, mucho menos abona a la construcción del entorno de libertad y justicia social que anhelamos.

En un mundo donde las democracias se vuelven cada día más “iliberales”, los medios son fundamentales. La llamada ética periodística, como otros referentes tomados como caducos en este siglo, parece insuficiente en un mundo conectado y plagado de tanta información, falsa o verdadera, que es capaz de reafirmar cualquier idea. Debemos apostar por actualizar los estándares éticos, que no solo permitan a los medios procesar la información en abstracto, sino que ayuden a anticipar sus consecuencias y a negociar su pertinencia con las corporaciones digitales sin alterar la arquitectura de la red, ni erosionar el libre acceso a la información. La censura y la represión no solo son anacrónicas, sino poco útiles.

Antonio Martínez, es un periodista mexicano cofundador de la revista digital Horizontal.mx.

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