La Europa de Helmut Kohl

Tras las elecciones en Holanda, Francia y Reino Unido, y pendientes de los comicios alemanes, se abre una oportunidad de relanzar la integración europea. Conscientes de que el viento soberanista sigue soplando en contra, es preciso dar pequeños pasos y afianzar lo logrado juntos. Pero también afirmar las convicciones europeístas y plantear modos diferentes de transitar juntos hacia una mejor unidad. El liderazgo de Helmut Kohl, quien nos ha dejado hace unos días, puede servir de ejemplo en algunos aspectos, aún sabiendo que el momento histórico que vivió y su figura de gigante de la política son irrepetibles.

El canciller había conocido en su niñez los horrores de la Segunda Guerra Mundial, en la que murió su hermano mayor, Walter. Creció en una Alemania arrasada, en la región de Renania-Palatinado. Su temprana vocación por la política le llevó a estudiar Historia y Ciencia Política en Heidelberg y a militar en la democracia cristiana, la CDU, desde los 17 años. Ocupó puestos locales y regionales hasta llegar a ser primer ministro de su

Land y convertirse en un barón territorial. En Bonn era considerado un hombre de partido, leal, sin visión, un provinciano tosco. Ascendió en el escalafón y en 1973 consiguió presidir la CDU, un trono que ocuparía 25 años. Helmut Kolh fue candidato a la Cancillería federal en 1976 y perdió. Logró mantenerse al frente del partido, siempre más pragmático y liberal que sus rivales. En 1982 llegó al poder sin pasar por las urnas, a través de una moción de censura apoyada por Hans-Dietrich Genscher. Ya desde la Cancillería, Kohl ganó sin parar elecciones federales hasta 1998.

Tras la caída del Muro de Berlín, Kohl emergió como el estadista capaz de pilotar esta gran operación histórica con determinación férrea y completarla en solo once meses. Su principal proyecto fue la Alemania unificada, pero la Unión Europea y la relación con EE.UU. eran las derivadas esenciales para garantizar que su país hacía lo correcto. El otoño de 1989 no encontró a Kohl en su mejor momento político, con rebeliones internas en el partido ante los peores resultados electorales en mucho tiempo. Pero Kohl era un líder muy hábil en las distancias cortas: sobresalía por su capacidad de establecer relaciones personales y ganarse a la gente. Incansable, escuchaba y se ganaba la confianza de los demás. No aceptaba un «no» por respuesta cuando pedía colaboración a alguien. Para él, la lealtad y la amistad eran la clave.

Aceleró la unificación alemana, en vez de hacerla por etapas, y en muy poco tiempo negoció unas bases mínimas para una Unión Económica y Monetaria. Ante su amigo François Mitterrand actuó como el «buen europeo» y sacrificó su moneda, para disipar los serios temores del presidente francés frente a la nueva Alemania.

A mediados de los noventa, el canciller Kohl se había ganado una autoridad reconocida en los Consejos europeos, donde practicaba la persuasión individual como si trabajara dentro de su partido. Muchos de los dirigentes nacionales eran viejos amigos. Pero en la misma CDU el sentimiento pro-europeo se debilitaba y Kohl no consiguió establecer una relación fluida con el sucesor de Mitterrand, Jacques Chirac. El atlantismo y el federalismo de Kohl chocaban con sus tics antiamericanos y nacionalistas.

Helmut Kohl pasará a la historia como un gran hombre de Estado alemán y un líder europeo de primera magnitud. La inspiración de Kohl cuando tenía que ir en contra del consenso eran las lecciones de la historia. La unidad alemana y europea, afirmaba, son dos caras de la misma moneda y Europa es «un asunto de guerra y paz». El historiador británico Tony Judt hacía una advertencia similar al decir que tenemos responsabilidad hacia los demás no solo en el espacio sino en el tiempo.

José M. de Areilza Carvajal, profesor y Cátedra Jean Monnet en ESADE.

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