La evaporación política del ‘charnego’

Por Josep M. Colomer, politólogo del CSIC y la UPF, autor de Grandes imperios, pequeñas naciones (EL PAÍS, 03/11/06):

La hipótesis fue formulada en medios académicos hace unos 15 años, en pleno dominio del nacionalismo catalán encabezado por Jordi Pujol, pero probablemente acabó calando en los medios políticos cuando ya había dejado de ser cierta. Como resultado de la fusión entre el Partido Socialista de Cataluña y la Federación Catalana del PSOE a finales de los años setenta, el electorado socialista en Cataluña ha sido durante mucho tiempo el más amplio y heterogéneo. En las elecciones generales, la movilización conjunta de los dos sectores de izquierdas, llamémosles simplificadamente catalanista y españolista, llevaba al PSOE a ser el primer partido en la comunidad, pero en las elecciones autonómicas, dado que la candidatura tenía una orientación catalanista, se producía una “abstención diferencial” entre electores de familia castellano-hablante con origen inmigrante.

Con la candidatura de José Montilla, los estrategas de turno del PSC pensaron que podrían movilizar a esos electores durmientes hasta el punto de compensar la pérdida previsible de votantes de centro-izquierda catalanista que habían apoyado a Pasqual Maragall. Otra hipótesis complementaria, asimismo con algún soporte analítico, era que esto se podía conseguir también gracias a la buena opinión del público sobre el Gobierno español del PSOE y de José Luis Rodríguez Zapatero, el cual podría compensar la mala opinión sobre el Gobierno catalán de izquierdas habitualmente llamado tripartito.

Estas elecciones al Parlamento de Cataluña han quitado apoyo a la hipótesis de la abstención diferencial. En comparación con las elecciones anteriores, el PSC ha perdido más votos, más porcentaje y más escaños que cualquier otro partido. Y ha perdido más donde más votos tenía, ya que si en conjunto ha bajado cuatro puntos porcentuales, en la famosa área metropolitana de Barcelona, antaño llamada cinturón rojo, ha perdido seis o siete puntos, especialmente en la ciudad de Barcelona, el Barcelonés, el Bajo Llobregat y el Vallés occidental.

El personaje del charnego avispado y rozagante tiene brillantes elaboraciones novelísticas desde hace varios decenios, pero todo indica que ya no tiene muchos referentes actuales, si es que alguna vez fue un retrato fiel de la colectividad. Hace treinta años que no llega a Cataluña virtualmente ningún inmigrante del resto de España, por lo que los más jóvenes tienen ya más de cincuenta años de edad, muchos se han retirado y bastantes han vuelto a sus tierras de origen. Sus hijos, nacidos y educados en Cataluña, se consideran tan catalanes como los demás y quieren ser reconocidos como tales, aunque sigan hablando en castellano con sus progenitores. Lo último que desearía la inmensa mayor parte de los catalanes de origen inmigrante es convertirse en sospechosos de anticatalanismo. Incluso la palabra charnego, que suele considerarse ofensiva, había desaparecido del vocabulario habitual hasta que fue reintroducida hace unos meses por un ministro socialista, precisamente en referencia a Montilla. Así pues, los abstencionistas diferenciales entre las elecciones generales y las elecciones autonómicas han continuado absteniéndose, incluso más que en ocasiones anteriores, pese a haber innovado con un candidato de origen andaluz o más bien precisamente por eso.

Probablemente se ha exagerado la importancia de la abstención en Cataluña, ya que en otras 13 comunidades las elecciones autonómicas obtienen mayor participación gracias a que tienen lugar conjuntamente con las municipales y en Andalucía, a veces incluso con las generales. De las otras tres, es decir, las comunidades “históricas” con elecciones separadas, Cataluña ocupa el segundo lugar en participación. Pero sorprende especialmente desde un punto de vista estratégico que se haya querido jugar esta opción. Si en las primeras elecciones catalanas de 1980, con una inmigración masiva acumulada y reciente, un amplio dominio del uso social de la lengua castellana y ausencia de instituciones propias de autogobierno, ya ganó el nacionalismo catalán, el socialismo fracasó y los andalucistas consiguieron sólo una representación testimonial, ¿cómo alguien pudo pensar seriamente que, tras 26 años sin nuevos inmigrantes, con Gobierno propio y continuadas políticas de catalanización, el resultado podría ser el contrario?

El PSC ha fracasado, pues, electoralmente, por culpa de un cálculo sobre la desagregación de los ciudadanos de Cataluña que ha quedado obsoleto. Paradójicamente, sin embargo, son los socialistas los que tienen ahora la llave de la formación de Gobierno en Cataluña. Más que nunca habría que decir que la tiene el PSC (PSC-PSOE), nombre oficial de la agrupación. Desde el pasado mes de enero, muchos interpretaron que el pacto Mas-Zapatero que desbloqueó la discusión del Estatuto de Cataluña comportaba un acuerdo para la futura formación de Gobierno. La hipótesis parece más bien especulativa porque en aquel momento ni siquiera se podía prever que habría elecciones anticipadas tan pronto. Pero no hay que ser profeta para augurar que los dos interlocutores intentarán ahora llegar a un entendimiento. Zapatero y los dirigentes del PSOE parecen pensar que una colaboración estable con Convergència i Unió aseguraría estabilidad en Cataluña y sobre todo en el Congreso de los Diputados, mientras que en las elecciones generales no habría mayor problema y podrían lograr de nuevo la tradicional movilización conjunta de los variados electores catalanes potencialmente socialistas. Este intento se enfrentará, sin embargo, con fuerte resistencia dentro del PSC. Mientras que, hace tres años, Zapatero vio en la presidencia de Maragall un elemento de apoyo para su propia candidatura a la presidencia del Gobierno, ahora, tras el naufragio del tripartito, cabe más bien prever lo contrario: una confrontación entre Zapatero y Maragall, es decir, entre el PSOE y el PSC, lo cual podría llevar incluso a un replanteamiento de la estrategia de maridaje entre los dos partidos adoptada casi treinta años atrás.