La exclamación de Arguedas

Por Jorge Edwards, escritor chileno (EL PAÍS, 26/04/06):

Tengo una relación personal antigua con el Perú, con su mundo, su literatura, sus personajes. Me parece que todo comenzó cuando descubrí la poesía de César Vallejo en un número de la revista Pro Arte, allá por finales de la década de los cuarenta. Salía del Colegio de San Ignacio, de las clases del quinto o del sexto año de Humanidades, como se decía entonces, y compraba Pro Arte en un kiosko cercano. “Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo”, leí un día en la página principal, y desde entonces seguí leyendo versos de ese autor, que había muerto, en efecto, en París, que había nacido en la sierra peruana, que había formado parte de las tertulias de Montparnasse, junto a Vicente Huidobro, a Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier, a Pablo Neruda, en la década de los treinta. Después, en mis años finales de universidad, me hice amigo de Enrique Bello, el director de la revista, y una vez conocí en su casa a Sebastián Salazar Bondy y a su mujer. Sebastián murió en forma prematura, pero representaba en esos días, en la primera mitad de la década de los cincuenta, lo mejor de la literatura peruana nueva. No sé si ya había publicado o si publicó poco después Lima la horrible, uno de los mejores ensayos sobre ciudades latinoamericanas que conozco, quizá el mejor. Lima la horrible es un ejemplo notable de visión distanciada, crítica y, a la vez, comprometida, conmovida. Hay que amar la ciudad para escribir sobre ella con dolor, conocimiento, magia evocativa. Así lo hacía Sebastián Salazar Bondy, muerto antes de tiempo.

Algún tiempo después, en 1959, con motivo de una reunión de cancilleres de la OEA en Santiago, me nombraron edecán del ministro peruano Raúl Porras Barrenechea. “Como a ti te gustan los libros y esas cosas”, me dijeron, a modo de vaga justificación. Porras Barrenechea era un historiador extraordinario y otro enamorado del pasado de Lima y de todo su país. Me enseñó muchas cosas, durante conversaciones y paseos en busca de libros antiguos al margen de las sesiones oficiales, y creo que ya me dio algunas claves del Perú. Después conocí a muchos peruanos: a José María Arguedas, al joven Mario Vargas Llosa, a Julio Ramón Ribeyro cuando trabajaba en la agencia France Presse, a José Miguel Oviedo, a Fernando de Syzslo, a tantos otros. Los grupos peruanos, en Lima, en Madrid, en París, siempre tenían una personalidad particular, un estilo reconocible, un humor especial. Me acuerdo de estas cosas y empiezo a escuchar una manera de hablar, un tono, una risa que se desgranaba.

Entre enero de 1970 y los primeros días de diciembre de ese año fui consejero de la embajada nuestra en Lima, en momentos en que el embajador era un arquitecto, un aficionado a las artes, un hombre de mundo y de cultura, Sergio Larraín García Moreno. Me parece que ahora no existen embajadores de esa especie. Me imagino que Gabriel Valdés, en su nueva misión en Roma, podría desempeñar un papel parecido. Sergio Larraín había sido nombrado en Lima para que se entendiera con su colega y amigo Fernando Belaúnde Terry y le tocó presentar credenciales al hombre que había derrocado a su amigo, el general Juan Velasco Alvarado. Me consta que consiguió derribar las desconfianzas iniciales y tener una buena entrada en el Gobierno militar de Velasco y sus amigos. Era, como se presentaba ese Gobierno a sí mismo, una revolución militar, un proceso izquierdizante, de fuertes rasgos populistas, y que se desarrollaba mientras en Chile se vivían las vísperas de la Unidad Popular y de la llegada al poder de Salvador Allende. Ahora la candidatura de Ollanta Humala en el Perú suele compararse con la de Allende en Chile. Se dice, por otra parte, que su modelo reconocido es el régimen militar de Velasco Alvarado.

Acabo de leer unas declaraciones del arquitecto Juan Velasco González, hijo de Velasco Alvarado, y estoy enteramente de acuerdo con ellas. Velasco González sostiene que ya no existe el muro de Berlín ni la Unión Soviética, como en la época de su padre, y que en el mundo de hoy las relaciones económicas y la estabilidad democrática juegan un papel muy importante. Repetir las experiencias de aquella revolución militar de hace más de treinta años sería, por consiguiente, “un error histórico”. El problema es que nosotros, los latinoamericanos, solemos actuar a contrapelo con respecto a la historia. Hugo Chávez es un ejemplo perfecto. Kirchner, hasta cierto punto, también lo es. Como dejé de ser diplomático hace largos años, puedo decir estas cosas sin mayores reservas. Kirchner, al parecer, ha conseguido que la economía argentina salga del abismo, pero aplica algunas medidas que son francamente anacrónicas. Chávez usa el lenguaje antiyanqui de la guerra fría y de los comienzos del castrismo. No sé si esto ayuda de verdad al pueblo venezolano. Tengo mis serias dudas. En cuanto a Ollanta Humala, usó lenguajes virulentos en las primeras etapas de su campaña y más tarde se ha moderado. Ahora, en el contexto de una segunda vuelta, se modera todavía más. Y Alan García, que saliótan mal de su presidencia anterior, nos explica que ha aprendido, que ha madurado, que no repetirá los errores de su primer Gobierno. Errar es humano, piensa uno, y todos tenemos derecho a cambiar. Un amigo del Perú me dijo hace pocos meses, con algo de sorpresa de mi parte, que había decidido apoyar a García porque era lo malo conocido en lugar de lo bueno por conocer. Como ven ustedes, la política del Perú es más complicada, más imprevisible que la nuestra. Entre nosotros existe un abanico de partidos políticos parecido al de Francia, España, Italia. Tenemos partidos conservadores, partidos de centro y formaciones de izquierda. En el Perú, según lo que pude observar y he seguido observando, intervienen dos grandes fuerzas políticas activas, organizadas y divergentes, contrapuestas: una representa en alguna medida el poder y la influencia del Ejército, la otra es el APRA. Desde luego, hay muchas otras formaciones, grandes y pequeñas, pero acabo de mencionar dos polos constantes de la política peruana. En algunos casos históricos se enfrentaron en forma abierta y hasta sangrienta, pero casi siempre hubo una lucha prolongada y soterrada. Dentro de esta situación, los sistemas de alianzas han sido muy variados y sorprendentes. En algunas circunstancias, la derecha ha gobernado con el APRA en una especie de coalición contra natura. En otras, la derecha ha buscado amparo en el militarismo. En el régimen de Fujimori intervinieron elementos muy complejos, que salían de los esquemas habituales. Fujimori comenzó por darle garantías y ventajas al mundo empresarial, que más bien había participado en la candidatura de Vargas Llosa. Enseguida, la lucha común contra la guerrilla de Sendero Luminoso permitió que trabajara mano a mano con el Ejército.

Hasta el momento no se ha dicho la última palabra en el Perú. Sólo nos corresponde observar y tratar de entender. Para eso, no sólo hay que leer los diarios y los libros de historia o de sociología. En las ciencias sociales contemporáneas, los terminachos técnicos, la jerga de la profesión, suelen colocar velos que hacen más difícil el conocimiento real de los problemas. No se pierde nada, por ejemplo, y es probable que se aprenda mucho, con la lectura de novelas como Los ríos profundos, de José María Arguedas, o Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa. Esta última comienza con una pregunta social e histórica que adquiere a lo largo del texto una categoría casi metafísica: “¿Cuándo se jodió el Perú, Zabalita?”. Es, como podrán observar ustedes, una pregunta con respuestas múltiples y que envuelve una petición de principio. Pero aquí hay una historia larga, que arranca en la conquista y en el virreinato y que llega hasta muy lejos. Hasta hoy mismo. Los dilemas de la elección actual, con el nacionalismo de Ollanta Humana, con el izquierdismo no sé si renovado de Alan García, con la derecha de Lourdes Flores, son, hasta cierto punto, los dilemas del Perú de siempre. Es un país en el que coexisten mundos y hasta culturas enteramente diferentes, donde la integración interna, la unidad nacional, son endiabladamente difíciles. Ya he contado una anécdota reveladora: después del terremoto de abril de 1970, Chile mandó un hospital militar de campaña perfectamente equipado. Pero nos olvidamos de un importante detalle: no mandamos a un intérprete del quechua al español, cosa que impedía a los médicos chilenos entender las explicaciones de los damnificados que llegaban en helicópteros desde el Callejón de Huaylas. Una situación así no se destaca bien en los tratados, pero se entiende de inmediato al leer a José María Arguedas, al acercarse al mundo andino y profundo. Estábamos con él y su mujer en una fiesta popular en Lima, en los primeros meses de 1970, y el novelista, frente a un conjunto de bailarines indígenas de tijera (baile en que los ritmos se marcan con toques de gruesas tijeras de acero), exclamó, profundamente conmovido: “¡Perú es un país fascinante!”. Tenía razón. La exclamación de Arguedas valía por muchos tratados.