La expansión anexionista china / China’s salami-slice strategy

La invasión furtiva y creciente de China de zonas fronterizas de países vecinos se presenta como elemento desestabilizador clave en Asia. Mientras la Armada de China y una parte de su fuerza aérea se dedican a hacer valer reivindicaciones territoriales y marítimas de signo revanchista en los mares del Sur y del Este de China, su ejército ha mostrado actividad en las zonas montañosas fronterizas con India, en un intento de alterar poco a poco la línea de control.

La estrategia fronteriza favorita de Pekín gira sobre el eje del recorte gradual. Se trata de una progresión constante de pequeñas acciones u operaciones, ninguna de las cuales da pie por sí misma a un casus belli, pero que con el paso del tiempo conduce acumulativamente a una transformación estratégica en favor de China. Al confiar en el sigilo de la agresión, la estrategia de China apunta a limitar seriamente las opciones de los países situados en su punto de mira, contrariando sus planes obstructivos y dificultando sus contraataques en debida proporción y eficacia.

Cambiar el statu quo territorial ha sido la asignatura pendiente de la República Popular China desde su fundación en 1949. La primera y forzosa absorción de Xinjiang en expansión y de la meseta tibetana aumentó más del doble la masa continental de China.

A continuación se produjo la primera concreción de la estrategia de recorte gradual, que permitió a China hacerse con el control, paso a paso, entre 1954 y 1962, de la meseta de Aksai Chin, del tamaño de Suiza, del estado principesco original de Jammu y Cachemira. Una China envalentonada pasó luego a apoderarse de las islas Paracelso en 1974, del arrecife Johnson en 1988, del arrecife Mischief en 1995 y más recientemente, del banco marino Scarborough en el 2012.

En el núcleo del desafío planteado por China a la seguridad de Asia en la actualidad figura la falta de respeto por las líneas fronterizas existentes. En otras palabras, China sigue esforzándose en volver a trazar las fronteras políticas.

Habitualmente, los ataques subrepticios suelen preceder a la estrategia de recorte gradual. El objetivo es comenzar a comerse tierra enemiga, como un roedor gigante, y así facilitar el recorte territorial. El uso de esta estrategia es cada vez más evidente a lo largo de la frontera del Himalaya con India, la frontera disputada más larga del mundo. En esta zona, un tipo de ataque ha consistido en servirse de pastores de la etnia han para atraer a pastores indios de sus tierras de pastoreo tradicionales y abrir el camino a la invasión militar.

Para imponer sus reivindicaciones en los mares citados, China se vale crecientemente de instrumentos que abarcan de la concesión de contratos de exploración de hidrocarburos a la ampliación de derechos de pesca, herramientas diseñadas para avanzar en sus reivindicaciones territoriales y marítimas.

En el mar Oriental de China, este país ha empleado a los organismos paramilitares en una campaña de desgaste contra Japón sobre las islas Senkaku, una ofensiva que ya ha logrado hacer temblar el statu quo de modo que el resto del mundo reconozca la existencia de una controversia. La disputa con Japón, su antiguo ocupante y su rival histórico, forma parte de una mayor búsqueda de nuevos recursos de los fondos marinos y de ascendencia estratégica en el Pacífico Occidental mediante la ruptura de lo que juzga que constituye la “primera cadena de islas”, una cadena que incluye las Senkaku, Taiwán y algunas islas controladas por Vietnam y Filipinas.

El objetivo de China en el mar Meridional de China consiste de forma lenta pero segura en legitimar su presencia en el 80% por ciento del mar que ahora reivindica formalmente. Mediante la reiteración de acciones u operaciones, China va cincelando una presencia duradera en estas áreas.

Entre las formas en que Pekín ha tratado de establecer nuevos “hechos” sobre el terreno en el mar Meridional de China figura el arrendamiento de explotación de hidrocarburos y áreas de pesca dentro de otras zonas económicas exclusivas de 200 millas náuticas en disputa con respecto a diferentes estados, según la definición de la Convención de la ONU sobre el derecho del mar. Estos contratos de arrendamiento están diseñados para limitar los derechos económicos según tratados con otros estados demandantes al tiempo que se amplía el control de la riqueza de petróleo y gas de la región a cuenta de China.

China ha fundado incluso la ciudad de Sansha en la isla de Woody en las islas Paracelso como base administrativa del mar del Sur de China, instaurando un gobierno civil local y una guarnición militar para supervisar toda la región. En su último esfuerzo para presentar como un hecho consumado la ocupación de las Paracelso, ha inaugurado rutas de crucero turísticas a esas islas en disputa.

Sin duda, Pekín normalmente actúa cuidadosamente a la hora de rebanar lonchas territoriales a fin de evitar cualquier acción espectacular susceptible de convertirse en causa de guerra. De hecho, ha mostrado una habilidad especial para dividir cualquier actuación en varias partes y, a continuación, ir detrás de cada elemento por separado de manera tal como para permitir que las diferentes piezas caigan finalmente en su correspondiente lugar.

Este astuto proceder le ayuda a pillar desprevenidos a sus oponentes, que se encuentran en un aprieto sobre la forma de responder. De hecho, al cortar así las lonchas finas, China camufla la ofensiva como acto de defensa. China actúa no sólo para debilitar la capacidad de disuasión de sus oponentes, sino también para echar sobre sus espaldas la carga de la prueba del inicio de una guerra. Todo Estado en el punto de mira se presenta acompañado de la llamada “opción de Hobson”, excluyente en el sentido de “lo toma o lo deja”: o soportar la pérdida o hacer frente a una guerra peligrosa y costosa con una gran potencia emergente.

La táctica y la estrategia de China, por lo tanto, representan un desafío cada vez mayor para varios de sus vecinos, que se enfrentan al creciente dilema sobre la forma de impedir la agresión. El intercambio recíproco de notas y también con Estados Unidos –la potencia asiática no residente geográficamente en la región– puede ser necesario para encontrar formas de intentar poner fin a esta progresiva guerra encubierta. Al fin y al cabo, las acciones en múltiples direcciones de China, de modo acumulativo, son susceptibles de alterar de forma esencial la dinámica de poder en Asia para modelar una región básicamente centrada en China.

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China’s furtive, incremental encroachments into neighboring countries’ borderlands — propelled by its relative power advantage — have emerged as a key destabilizing element in the Asian security landscape. While China’s navy and a part of its air force focus on asserting revanchist territorial and maritime claims in the South and East China seas, its army has been active in the mountainous borderlands with India, trying to alter the line of control bit by bit.

Beijing’s favored frontier strategy to change the territorial and maritime status quo is apparently anchored in “salami slicing.” This centers on a steady progression of small actions, none of which serves as a casus belli by itself, yet which over time lead cumulatively to a strategic transformation in China’s favor.

By relying on quiet salami slicing rather than on overt aggression, China’s strategy aims to seriously limit the options of the targeted countries by confounding their deterrence plans and making it difficult for them to devise proportionate or effective counteractions.

This, in part, is because the strategy — while bearing all the hallmarks of modern Chinese brinkmanship, such as a reliance on surprise and a disregard for the risks of wider military escalation — seeks to ensure the initiative remains with China.

Changing the territorial status quo has been the unfinished business of the People’s Republic of China since its founding in 1949. The early forcible absorption of the sprawling Xinjiang and Tibetan plateau more than doubled the landmass of China.

This was followed by the advent of the earliest incarnation of the salami-slicing strategy, which led to China gaining control, step by step between 1954 and 1962, of the Switzerland-size Aksai Chin plateau of the original princely state of Jammu and Kashmir. An emboldened China then went on to seize the Paracel Islands in 1974, the Johnson Reef in 1988, the Mischief Reef in 1995 and, most recently, the Scarborough Shoal (2012).

At the core of the challenge posed by China to Asian security today is its lack of respect for existing frontier lines. In other words, China is still working to redraw political boundaries.

Along land frontiers, rodent-style surreptitious attacks usually precede its salami slicing. The aim is to start eating into enemy land like giant rodents and thereby facilitate salami slicing. The use of this strategy is becoming increasingly apparent along the Himalayan border with India, the world’s longest disputed frontier.

Here one form of attacks has involved the Chinese military bringing ethnic Han pastoralists to the valleys along the line of control and giving them cover to range across it, in the process driving Indian herdsmen from their traditional pasturelands and opening the path to salami slicing.

This strategy, which can also begin with the Chinese military nibbling at an unprotected border area, has been especially employed in the two highly strategic Buddhist regions located on opposite ends of the Himalayan frontier — Ladakh and Arunachal Pradesh.

To assert its claims in the South and East China seas, China unabashedly plays salami slicer. The tools of salami slicing here range from hydrocarbon-exploration leases to asserting expansive fishing rights — all designed to advance its territorial and maritime claims.

In the East China Sea, China has employed paramilitary agencies, such as the Maritime Safety Administration, the Fisheries Law Enforcement Command, and the State Oceanic Administration, in a campaign of attrition against Japan over the Senkaku Islands, which it calls Diaoyu — an offensive that has already succeeded in shaking the status quo by making the rest of the world recognize the existence of a dispute. This has emboldened Beijing to gradually increase the frequency of Chinese patrol ships around the islands and to violate the airspace over them.

Taking on Japan, its former occupier and historical rival, is part of China’s larger search for new seabed resources and for strategic ascendancy in the western Pacific by breaking out of what it perceives to be “first island chain” — a string that includes the Senkakus, Taiwan and some islands controlled by Vietnam and the Philippines.

China’s aim in the South China Sea is to slowly but surely legitimize its presence in the 80 percent of the sea it now claims formally. Through repeated and growing acts, China is etching a lasting presence in the claimed zones.

Among the ways Beijing has sought to establish new “facts” on the ground in the South China Sea is to lease hydrocarbon and fishing blocks inside other disputant states’ 200-nautical mile exclusive economic zones (EEZs), as defined by the United Nations Convention on the Law of the Sea (UNCLOS). Such leases are designed to circumscribe the UNCLOS-granted economic rights of other claimant states while expanding China’s control of the region’s oil-and-gas wealth.

China has even established “Sansha City” on Woody Island in the Paracels as its administrative base for the South China Sea, setting up a local civilian government and a military garrison there to oversee the entire region. And in its latest effort to present a fait accompli over its occupation of the Paracels, it has started tourist cruises to those disputed islands.

To be sure, Beijing usually is careful to slice very thinly so as to avoid any dramatic action that could become a cause of war. Indeed, it has shown a knack of disaggregating any action into several parts and then pursuing each element separately in such a manner as to allow the different pieces to eventually fall in place.

This shrewdness helps to keep its opponents off balance, and in a bind on how to respond. In fact, as a skillful salami slicer that acts insidiously, camouflaging offense as defense, China acts in ways not only to undercut its opponents’ deterrence but also to cast the burden of starting a war on them.

Any targeted state is presented with a strategic Hobson’s choice: either endure the salami slicing or face a dangerous and costly war with an emerging great power. This is the choice, for example, Manila has faced over China’s effective seizure of the Scarborough Shoal.

China’s tactics and strategy thus pose an increasing challenge to several of its neighbors who face a deepening dilemma over how to thwart the salami slicing. Exchanging notes with each other — and with the United States, the geographically nonresident Asian power — may be necessary to find ways to try and stop this creeping, covert warfare.

After all, China’s multipronged actions, cumulatively, carry the potential of fundamentally altering the Asian power dynamics to shape a Sino-centric region.

Brahma Chellaney, experto en geoestrategia. Autor de ‘Agua, paz y guerra’ (Rowman & Littlefield, 2013). Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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