La experiencia de América y de Europa en Libia

La victoria militar de los rebeldes en Libia es un nuevo éxito del proceso contra las dictaduras comenzado en Túnez, en diciembre de 2010. Ahora, con la próxima paz, empezará lo más difícil. No describiremos aquí la corrupción y crueldad de Muamar el Gadafi. Trataremos del significado del episodio libio para europeos y americanos. Si no claras, hay que tener ciertas cosas algo menos oscuras.

Urge decir que esta no fue una operación de la OTAN. La resolución 1973 de Naciones Unidas se basaba en la responsabilidad de proteger. Nicolas Sarkozy tomó la iniciativa, diseñada por su inteligente ministro de Asuntos Exteriores, Alain Juppé. La diplomacia funcionó. Estados Unidos apoyó la operación. Los aliados pidieron a la OTAN que coordinara las operaciones. Algunos socios de la Alianza, tan relevantes como Alemania, Turquía o Polonia, decidieron retirarse. Sí se contó con Egipto, Marruecos, Qatar, Emiratos, además del apoyo nórdico, en el que destacaron Dinamarca, Noruega y Canadá, tres fuerzas aéreas de calidad muy superior a las demás.

Sarkozy, candidato a renovar su presidencia en mayo de 2012, había consultado a Estados Unidos. Contaba con el respaldo de una gran nación militar, Reino Unido, hoy acosada, como tantas, por los recortes de la crisis. El aparato militar americano, con su poderío tecnológico, era indispensable, luego se verá cuánto. La precisión de los dronesamericanos, aviones sin piloto, ha sido determinante para el ahorro de vidas libias.

En Sarkozy y en otros líderes ha habido lo que un ministro del franquismo llamó tontamente política de gestos. Francia y Reino Unido tienen una temible fuerza aérea. Pero esa fuerza es muy modesta comparada con la americana. No opinamos, anotamos cuestiones de hecho. La primera lección de Libia, para nosotros, europeos, es precisamente nuestra dispersión ante cualquier conflicto, incluso pequeño. En un almuerzo en el Elíseo, el 19 de marzo, Sarkozy dijo teatralmente: «Nuestros aviones han despegado hacia Libia. Sobrevolarán Bengasi en media hora: podemos hacerlos volver, pero no se entendería quizá». Treinta minutos después los rafale hacían volar por los aires los tanques de Gadafi ante unos rebeldes sin capacidad militar. Pero el mando americano permitió que Francia y Reino Unido dieran la cara, mientras que Estados Unidos permanecía en segundo plano, leading from behind. No es imposible que esta sea la norma ante conflictos de segundo orden en los próximos años. En todo caso, la superioridad militar norteamericana está ahí para quedarse, quizá hasta el siglo XXII. Es una cuestión de hecho. China ha renunciado a debatirla durante las próximas cinco generaciones. Un hegemónpuede retroceder poco a poco, pero su fuerza militar tiende a permanecer durante décadas.

La victoria y el heroísmo son, indiscutiblemente, del pueblo libio, o de gran parte de él. Sin olvidar el respaldo prestado a Gadafi por una minoría, no solo de su tribu. Robert Gates, secretario de Defensa americano, advirtió en junio: «Si unas fuerzas de la Alianza no son capaces de reducir rápidamente a un dictador norteafricano, con seis millones de súbditos, algo va mal».

El presidente Barak Obama era tajante el 30 de agosto: «Tras una década de guerra, es hora de concentrarnos en la recuperación de nuestro país». Es lo que la mayoría de los americanos necesitaban oír: pero es más que eso. Algunos creen que los políticos son una extraña tropa a la caza del voto. No. Creemos que Obama, debilitado no solo por el Tea Party, sirve a la historia y a su papel en la historia: de él, de Barack Obama. Y sirve sobre todo a la historia de América. Cameron, tan dañado por la contratación de un delincuente, Andy Coulson, del grupo Murdoch, es el eslabón débil. Pero una cosa es Gran Bretaña y otra su primer ministro. Quizá Sarkozy gane la elección de 2012. Repetimos el argumento: la Francia inmemorial de Luis VII, Colbert o De Gaulle está en Los Inválidos. Pierre Bayle, amigo francés muy bien informado, nos decía en julio: «Trípoli caerá en agosto». Así fue.

Surge para nosotros una cuestión de fondo: las peligrosas discrepancias entre europeos y la necesidad de reforzar sus capacidades defensivas. Entrar en guerra con una posición de debilidad es más que peligroso. En estos años puede decirse que Europa solo ha ofrecido al mundo un formidable avión de transporte militar, el A400M, capaz de proyectar su fuerza a 8.000 kilómetros y de aterrizar en pistas de arena con 120 soldados, tanques y helicópteros. Estados Unidos o China, que tardarían 15 o 20 años en diseñar y fabricar algo así, observan el gigantesco avión con disimulado deseo. Pero aparte de ese logro, de una compañía privada por cierto, apenas se ha avanzado hacia la defensa común. Javier Solana creó en 2004 la Agencia Europea de Defensa, iniciativa no completada por su sucesora. La crisis económica y la crisis de ideas han venido después. En Libia y Afganistán, la necesidad de despegar en este capítulo es para Europa la primera lección. El mes pasado contábamos cómo al quedar en precario las sofisticadas municiones aéreas de franceses y británicos los americanos pusieron a disposición sus interminables arsenales.

Las otras dos grandes lecciones son el peso creciente de la tecnología militar y el peso, también creciente, de la inteligencia. A los pocos días de comenzar los bombardeos a Gadafi, empezó la infiltración de fuerzas especiales francesas, americanas y británicas. Naciones Unidas había establecido la no invasión terrestre: había, naturalmente, que suplir esa limitación. No se explica de otro modo la rapidez y eficacia con que las fuerzas libias convirtieron a sus heroicos voluntarios, con Kalashnikov y camiseta, en comandos capaces de operar carros de combate y misiles, de invadir Trípoli y de controlar el rosario de refinerías de la costa, desde Tobruk, junto a Egipto, a Zawiyah, en la frontera de Túnez.

Otro día entraremos en la peliaguda cuestión alemana y la anómala fijación de Angela Merkel por la caza o rapiña del voto. La canciller habrá disfrutado con la muerte política de su todavía ministro de Asuntos Exteriores, Guido Westerwelle. Pero no hay espacio hoy. Sí lo hay para registrar el puñetazo en la mesa del gran Helmut Kohl, con sus 150 kilos y sus 81 años: recordaba el compromiso incuestionable, innegociable, de Alemania con Europa y Estados Unidos. Casi tan grave es el paso atrás del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, al que animan razones muy distintas: es difícil que una sola nación, de añadidura no árabe, lidere el islam. Indonesia o Pakistán lo intentaron. Pero la fuerza moral del PKK se ha asentado hoy, hasta donde se pueden asentar las cosas de este mundo.

España ha acertado al integrarse en la coalición con una moderna fragata, cuatro cazabombarderos y otras fuerzas de apoyo. Como Dinamarca o Noruega, ha ganado militarmente una buena nota. Pero su capacidad de despliegue de fuerza debería acercarse más a la de Francia que a la de Noruega, un admirable país de cinco millones de habitantes. Desconfiamos de los vaticinios. Creemos en la exposición de hechos visibles y menos visibles. Quizá estas notas contengan algunos elementos de análisis, más o menos útiles para quienes siguen la evolución del Mediterráneo sur.

Por Darío Valcárcel, director de la Revista “Política Exterior”.

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