La extraña y persistente tiranía

Es bastante probable que el siglo XX pase a la Historia como el siglo en el que se llevaron a cabo las dos guerras mundiales y la aparición del comunismo y su caída, con el derrumbe del muro de Berlín; y que, en el aspecto científico, se anote el desciframiento del genoma humano; y, en el tecnológico, la aparición de la comunicación digital y el reino esplendoroso de internet. Escribo sin pretensiones eruditas y guiado por el sentido común. De la misma forma, es probable que el siglo pasado haya sido el del fin de la discriminación de la mujer –hablo de Occidente– al menos en sus aspectos más gruesos y evidentes, aunque todavía haya mucho trecho que caminar, porque las transformaciones sociológicas nunca han tenido lugar de la noche a la mañana.

Desde la publicación de la obra de Mary Wollstonecraft, «Vindicación de los derechos de la mujer», a finales del siglo XVIII, hasta los coletazos contemporáneos del feminismo, ha corrido bajo los puentes agua suficiente como para ahogar a media Humanidad, pero todavía está inacabada una lucha que se ha superado en lo cultural, pero que todavía anida en el ancestro antropológico de la especie. No obstante, creo que ha sido en el siglo XX donde las mujeres han llevado a cabo una auténtica revolución, han dinamitado el concepto tradicional de la familia, por un lado, y han fortalecido el concepto marxista de la familia como unidad económica, por el otro, con su incorporación masiva al trabajo externo, sin que esta transformación haya concluido, ni mucho menos, y sin que nos encontremos con ideas asentadas y seguras sobre el lugar hacia el que vamos.

La extraña y persistente tiraníaLo que nadie pone en duda es que el siglo XX fue el siglo de rebelión de la mujer, que se enfrentó a la autoridad del padre, del hermano mayor, del novio y del marido, sin que la exposición suponga una jerarquía cronológica, y que recuperó un protagonismo que, sin llegar todavía a su apogeo, se encuentra en cotas muy satisfactorias, repito, en la sociedad capitalista occidental, porque hay todavía países medievales que consideran a la mujer como un mero animal reproductor y/o placentero.

Este aspecto ornamental de la mujer, la ha obligado durante muchos años a someterse a incómodas directrices de vestuario. Simone de Beauvoir en «El segundo sexo» subrayaba una evidencia que nos pasaba inadvertida: los pantalones de los hombres, protectores de su sexo, mientras las faldas de las mujeres, abiertas, sugerían la disponibildad sexual de la hembra. No quiero referirme a los tormentos del corsé, que dificultaba la respiración, y parece que era la causa de los desmayos, así como otras muchas imposiciones molestas. Tan es así que, a mediados de los sesenta, una de las reivindicaciones feministas, en su aspecto formal, fue la de renegar del sujetador, y hubo quema pública de ellos, como un gesto insurrecto para decir que eso se había acabado. Bueno, eso no solo no se acabó, sino que según me cuentan mi mujer y mis amigas, la mayoría de los sujetadores actuales llevan tanto relleno, que es muy difícil encontrar un sostén común.

Y esto es lo que me extraña y me tiene intrigado. Que estas mujeres rebeldes, que alcanzan las más altas cotas de poder, que cuando se dedican a cualquier campo triunfan en él y marcan directrices, estas desobedientes «a priori», y desconfiadas de cualquier tipo de sugerencia que pueda suponer un recorte a su libertad, se muestren tan sumisas, tan disciplinadas con las imposiciones de la moda. Las chicas son guerreras y lo demuestran en todos los campos hasta que un tipo en París, en Milán o en Madrid, decide que su cuerpo se tiene que sustentar sobre unos tacones de ocho centímetros, y, con una asombrosa docilidad, con una insólita sumisión, acatan esta extraña e insospechada dictadura.

Me consta que después del neolítico comenzó la moda, y que afecta tanto a hombres como a mujeres, pero me fascina este cumplimiento, esta fidelidad a los modistas (con «a», por favor, como modelista), este seguimiento a las normas por parte de un grupo, las mujeres, que a lo largo del siglo pasado se atrevieron a arrumbar normas seculares.

Está demostrado médicamente que un tacón superior a los tres centímetros provoca trastornos en la rótula, en los tobillos, en los discos de las vértebras e, incluso, me comenta el doctor Miguel Bufalá, en las caderas.

Hace poco, en la boda de la hija de un amigo, asistí al desfile de unas mujeres, jóvenes y hermosas, a las que se les veía escasa experiencia en los tacones altos, y me producían una especie de ternura, hasta que llegó la hora del baile, y cambiaron la imposición de la moda por unas zapatillas para bailar, con lo que aplazaron el riesgo de una condromalcia.

Ya sé que los chicos también seguimos la moda, y recuerdo con horror aquellos pantalones de pata de elefante de mi pecadora jueventud, pero sigue siendo un misterio que una ejecutiva, que lleva las riendas de una empresa y sortea las complicaciones de hoy en día, acorte o alargue la largura de sus faldas, porque así lo han decidido unos tipos que, comienzo a sospechar, odian a las mujeres. Creo que lo que aman son las perchas y, por eso, han fomentado la obsesión por la delgadez, olvidando que la Naturaleza ha dotado a las hembras de unas caderas y de un busto que están muy bien concebidos para la reproducción de la especie. Si la Naturaleza hubiese sabido que el ser humano iba a poder comer tres veces al día, todos los días, se hubiera evitado un sistema somático que tiende a la acumulación de grasas, porque durante cientos de miles de años se comía solo cuando se cazaba, y se ayunaba el resto de las jornadas, que eran muchas más. Claro que si la Naturaleza hubiera previsto lo que iba a ser el espacio del asiento de clase turista en el avión, hubiéramos evolucionado hacia tamaños mucho más pequeños.

El penúltimo enfrentamiento entre los tiranos y la anatomía humana ha sido decretar que la cintura no está al principio de las caderas, sino que la cintura se sitúa por encima de la pelvis, que es como decidir que el esternón finaliza en el ombligo. Este dictamen nos ha alcanzado también a los pobres chicos, de tal manera que aquella amplitud, que nos permitía aliviarnos de pie en las inevitables actividades mingitorias, deviene en la incómoda tarea de buscar un excusado que nos permita bajarnos los pantalones, como las chicas, para poder llevar a cabo una micción.

¿Por qué esa rebeldía arrolladora de la mujer, esa insurrección que ha cambiado profundamente la sociedad, llevada a cabo con enérgica sublevación y espíritu revolucionario, se ha detenido frente al despotismo de la moda? Porque esta dictadura, como cualquier otra, del tipo que sea, es imposible sin un alto grado complicidad, incluso de beneplácito.

Luis del Val, escritor.

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