La falacia de una reforma constitucional

Empieza a hablar de constitución y queda garantizado que los oyentes comenzarán a bostezar, o en lo más extremo comenzarán a conciliar el sueño. Constitución garantiza matar la conversación y perder a tu público. No excita la imaginación, como las palabras libertad o independencia hacen. Es un concepto que preferimos dejar a salvo en manos de los expertos. Además, todo el mundo sabe que las constituciones son siempre imperfectas y que siempre fallan. La razón por la que durante siglos la gente ha admirado el sistema de gestión estatal del Reino Unido es precisamente porque los británicos no tienen una constitución. Porque nunca tuvieron una, nunca ha fallado. Por el contrario, si uno desea buscar un país que tiene más historia de constituciones fallidas, no es necesario ir más allá de España. La primera y más famosa de sus constituciones, la de 1812, fue atacada vigorosamente por José Blanco White en esa misma década: «Nunca he dejado de repetir que la insensata Constitución de Cádiz causaría la ruina del reino». «En Inglaterra», escribió aquel año, «no hay catecismos constitucionales, ni Constitución portátil de faldriquera; el pueblo sabe poco o nada de principios abstractos, pero no hay hombre tan rústico que ignore los medios prácticos de defenderse contra la opresión». Incluso el más firme partidario británico de la Constitución Española de 1812, Lord Holland, la criticó por su «falta de saber práctico y un gran olvido de las lecciones de la experiencia». Lamentablemente, la misma crítica se podría hacer de todas las constituciones posteriores de España, entre ellas la de 1978.

SEQUEIROS
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Pocos, sin embargo, dirían hoy que la ausencia de una constitución es una ventaja. Incluso los ingleses intentaron generar un pequeño número de constituciones de corta vida, como la Carta Magna de 1215. Tales intentos fracasaron y la vida política continuó sin textos escritos. En la práctica, sin embargo, cada vez que se detecta un defecto en el sistema británico, el Parlamento se dispone a tratar de remediarlo creando leyes, y es el conjunto de leyes lo que, en efecto, representa una constitución. Sin embargo, se reconoce que las leyes tienen múltiples debilidades. Como resultado, en las últimas décadas ha habido en Gran Bretaña propuestas para adoptar el principio de una constitución escrita, común a todos los países que han seguido el ejemplo de las revoluciones francesas y americanas.

¿Puede una constitución resolver los muchos problemas que siempre surgen en las sociedades? Evidentemente no. Porque una constitución escrita no es más que un pedazo de papel, que rápidamente queda caduco e incluso inapropiado. La fugacidad de las constituciones es la razón principal por la que los estadounidenses adoptaron rápidamente la estrategia de añadir enmiendas a su famosa Constitución de 1787. Hasta ahora, se han adoptado 27 enmiendas. Eso no ha sido suficiente para muchos críticos en EEUU, que han exigido que la totalidad de la constitución sea revisada, ya que se basa en principios que tenían sentido hace tres siglos, pero que hoy ya no lo tienen. Un juez del Tribunal Supremo declaró: «La Constitución de Estados Unidos no está viva. Esta muerta, muerta, muerta».

El problema para España no es de ninguna manera similar al de Reino Unido o EEUU. De hecho, el problema en España no tiene nada que ver con la constitución. Es el argumento principal del presente artículo. La constitución original de Estados Unidos, como De Tocqueville señaló en 1835, fue elaborada por las colonias que tenían «la misma religión, el mismo idioma, las mismas costumbres, y casi las mismas leyes; que estaban luchando contra un enemigo común; y estas razones eran suficientemente fuertes como para unirlas una a otra, y consolidarlas en una sola nación». Cuando las colonias se dieron cuenta de que aún había problemas sobre la planificación de un gobierno común, se dedicaron a elaborar una nueva constitución basada en el federalismo y la separación de poderes. Los estadounidenses siguieron, de todos modos, siendo conscientes de que eran «una nación». Eso, en esencia, fue el logro.

Un pueblo puede crear una constitución para sí mismo cuando es consciente, como los americanos lo eran, de ser una nación. Por el contrario, los españoles han sido incapaces de crear una constitución viable porque nunca han alcanzado la conciencia de ser una nación. Esa es la falacia detrás de cualquier intento de crear o reformar una constitución para España.

El fracaso de España como nación estaba muy claro para algunos de los inspiradores de la Constitución española de 1978. Juan Linz, con quien hablé por primera vez hace muchos años en Harvard, tenía una clara percepción de que España era un paradigma de la tentativa frustrada de crear un Estado y del fracaso en construir una nación, y que cualquier intento de hacerlo sería a la vez inviable e indeseable. Señaló en uno de sus ensayos que «el resultado final del proceso de construcción del Estado español no era como el francés, el portugués, o incluso el italiano o el alemán, ni tampoco era como el británico… No tuvo un éxito completo en la construcción de un Estado-nación». También reconoció Linz plenamente un corolario importante de este fracaso, a saber, la existencia de una tradicional, incluso reaccionaria, resistencia por parte de algunos castellanos a aceptar la existencia de otras lenguas y pueblos en España.

La insistencia en la idea de una constitución española, y al mismo tiempo el hecho de no reconocer que España es una sociedad multinacional, es tal vez el mayor impedimento para cualquier propuesta de reforma. De hecho, algunos tradicionalistas en todos los principales partidos políticos, tanto en el PSOE como en el PP, incluso piensan que la constitución puede ser utilizada como un freno para controlar las pretensiones de los nacionalismos de las comunidades autónomas. Un ejemplo de ello fue el conflicto suscitado hace algún tiempo cuando se utilizó el Tribunal Constitucional en contra de la adopción del término nación por el Parlamento catalán.

Hay muchas formas en que la Constitución existente se puede cambiar o mejorar, pero sería un profundo error imaginar que unas palabras escritas en un trozo de papel pueden ser el principio de una solución. El sentido común sugiere que la primera solución debe buscarse en la realidad del día a día de la negociación política entre los ciudadanos, las organizaciones y los partidos. Sólo ellos pueden decidir si realmente existe una «unión indisoluble de la nación española, patria común de todos los españoles», una frase de la Constitución de 1978 que por lo general da lugar a reacciones más emocionales que a una reflexión. Desde este punto de vista, no tendría ningún sentido tener un referéndum de opinión después de reformar una constitución. El referéndum se debería celebrar antes de crear un documento, para ver si las condiciones son apropiadas para hacer algún esfuerzo para comenzar una tarea que hasta los bienintencionados autores de la Constitución de 1978 no pudieron resolver.

La fuerza de cualquier sociedad en el mundo moderno debería venir de su conciencia de ser una nación unida, es decir, el orgullo de compartir orígenes, valores y aspiraciones comunes. Ese orgullo se puede ver en la participación en símbolos como un himno nacional o un panteón nacional de héroes. Nada de esto es posible conseguir a través de una constitución. Un caso típico fue el reciente intento de un grupo de teóricos de crear una absurda constitución catalana para un pueblo -los catalanes- que (al menos en el ámbito del régimen de Mas-Junqueras) no tiene ninguna de las características de una nación unida. Es cierto que muchos españoles tienen serias dudas sobre el camino que les espera, pero a lo mejor ese camino no será a través de esfuerzos para cambiar la constitución.

Henry Kamen es historiador británico. Su último, publicado por La Esfera de los Libros en 2014, es España y Cataluña. Historia de una pasión.

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