La (falsa) bifurcación

Uno de los secretos mejor guardados de las estructuras de poder es que se gobiernan por tradición y decantación. Las setas son efímeras. La permanencia consolida. Las interrupciones diluyen y debilitan. La improvisación desmonta. La continuidad enmarca y encarrila. Las instituciones que no pesan más que sus gobernantes son proclives a tambalearse e incluso a desaparecer. En términos históricos, la inercia es determinante. La formación de cuerpos o castas dirigentes es cuestión de generaciones. Los imperios también caen, pero cuanto más perduran más lento sufren las decadencias. Las naciones pequeñas también se consolidan con el paso y el peso del tiempo.

Todos los males del independentismo catalán, y los de Catalunya, provienen de no haber tenido suficientemente en cuenta la desventaja que conlleva el brevísimo recorrido de la autonomía. Los 40 años que duró la Generalitat son más que los 10 de la Mancomunidad. Aunque los sumemos a los cinco de gobierno efectivo de la Generalitat republicana, el resultado en los últimos 300 años es de poco más de medio siglo de autogobierno precario, subalterno e insuficiente. La única continuidad en la que los catalanes somos especialistas no es la del poder sino la de la resistencia.

Poco poder y de escasa duración es más que nada de poder. Las estrepitosas derrotas del catalanismo son tan constantes como la sorprendente capacidad de reponerse. Las instituciones autonómicas han costado mucho de conseguir y han sido destruidas a continuación sin paliativos, como una fuerte ola arrasa un castillo de arena. Lo que nunca ha ocurrido es que la ola deje en pie el castillo. Lo insólito es la oportunidad de proseguir con el autogobierno, si bien a la baja. Como no estaba previsto, el catalanismo se desconcierta y se bifurca. ¿Resistir o retornar a un autonomismo empequeñecido? ¿Perder las ilusiones, vivir de ilusiones o viceversa? El dilema enfrenta los posibilistas con los partidarios de avanzar a toda costa, a la intemperie y sin otro material defensivo que el pecho descubierto.

Los primeros creen que la voluntad es suficiente. Aunque con la boca pequeña, reconocen el error del otoño: la insuficiencia del campamento base para asaltar la cima de la independencia. Pero en vez de extraer las pertinentes lecciones consideran que el sacrificio y la determinación suplen la falta de oxígeno. Los segundos, que son mayoría pero comparten el estado de ‘shock’ por la detención de Puigdemont, ya estarían reclutando nuevas alianzas. Los primeros fracasan en el intento de detener el país y malgastan energías. Dicen que hacen sal, como en la India de Gandhi. ¿Cuántos son? ¿Con qué proporción de población autóctona adicta contaban los colonialistas británicos? ¿Cuántos catalanes han votado a favor del 155? No hagamos falsas analogías. La situación actual es de posderrota, no de casi victoria.

Para calibrar el alcance de la derrota es imprescindible abandonar la idea del empate. Con empate y equilibrio de fuerzas habría habido negociación. Pero solo hay represión. Si la idea del vencedor no fuera doblar y someter, aniquilar el independentismo y marginar cualquier aspiración, no ya soberanista sino de autogobierno digno de tal nombre, eso no sería más importante que los presupuestos y ya se habría facilitado una solución que permitiera formar un Govern. Era fácil permitir a Jordi Sánchez que saliera de la cárcel para ser investido. Pero la lógica del poder central es implacable, por eso la del catalanismo debe ser flexible. Cuanto más flexible menos frágil.

El conflicto catalán se internacionaliza, cierto. Pero eso ya ha ocurrido, y más que ahora, en otros momentos de la historia sin que los catalanes hayan sacado ningún provecho. Algunas lágrimas de impotencia compartida por la infeliz Catalunya y cada uno a lo suyo. El prestigio de España sufre, pero las castas dirigentes están acostumbradas a ejercer su dominio sin tener en cuenta la mala reputación internacional.

Catalunya interioriza más que exterioriza el rechazo e incluso el horror ante la persecución descarnada del independentismo. La digestión de las amarguras siempre es lenta. Confesar inexperiencia y reconocer impotencia no es derrotismo sino realismo. La bifurcación entre republicanismo y autonomismo es falsa porque no hay república a la vista. O autonomía o autonomía. No hay nada más. O resistencia improductiva, por no decir contraproducente, o resistencia inteligente. El dilema no consiste en volver o no a la autonomía sino en aprovecharla o quedarse a la intemperie, sin nada.

Xavier Bru de Sala, escritor.

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