La falsa disyuntiva catalana

Creíamos que la política del apaciguamiento había quedado desacreditada desde el acuerdo de Múnich en septiembre de 1938, cuando, en palabras de Winston Churchill, el entonces primer ministro británico, Neville Chamberlain, «tuvo que elegir entre la guerra y el deshonor; eligió el deshonor y se encontró con la guerra». Los hechos son bien conocidos: Hitler había lanzado un ultimátum al Gobierno checoslovaco para que le entregara los llamados Sudetes, las provincias checas de mayoría étnica alemana. Pero, según dice el propio Churchill en su crónica de la Segunda Guerra Mundial, Hitler de pronto se encontró en una situación difícil: el mismo Estado Mayor alemán le aconsejaba moderar sus amenazas porque los checos estaban bien armados y fortificados, contaban con el apoyo de Inglaterra y Francia, e incluso los Soviets se habían ofrecido a conferenciar con las potencias occidentales para concertar acciones ante la amenaza nazi. Pero quien le sacó del apuro inesperadamente fue el premier Chamberlain, que le propuso reunirse con él en Múnich para tratar de resolver la situación. En la reunión Chamberlain, sin apenas consultar a sus aliados y menos a los rusos, cedió ante el ultimátum de Hitler y se mostró dispuesto a permitir la anexión de los Sudetes por Alemania; todo el apoyo internacional a Checoslovaquia se derrumbó; su presidente dimitió y se exilió. Lo único que obtuvo Chamberlain a cambio de su medrosa oferta de apaciguamiento fue un compromiso por escrito de Hitler de no continuar su política expansionista, compromiso que el Führer violó seis meses más tarde anexionándose Chequia entera y permitiendo que Eslovaquia se independizara antes de ser más tarde anexionada también. Sin embargo, al volver de Múnich, Chamberlain fue recibido con entusiasmo delirante por el público inglés, ante el que pronunció un discurso en que anunció la «paz con honor» y la «paz en nuestro tiempo». Pero el que realmente salió triunfante de Múnich fue Hitler: los generales tuvieron que admitir que habían pecado de prudentes y el Führer en adelante hizo con ellos lo que quiso. Un año más tarde Alemania invadía Polonia y estallaba la Guerra Mundial. A eso se refería Churchill cuando dijo que Chamberlain había elegido la deshonra y aun así no había evitado la guerra. Es más, la había precipitado. La firmeza en Múnich hubiera sido la única posibilidad de paz.

Sin embargo, a pesar de su estruendoso fracaso entonces, el «apaciguamiento» sigue vivito y coleando hoy en día. ¡Cómo olvidan la historia los políticos! En el este de Europa tenemos ahora una situación parecida con el conflicto entre Rusia y Ucrania; se insiste en que Putin no es Hitler, lo cual es cierto. Pero hay muchos paralelos con la Centroeuropa de los años treinta: Rusia, como Alemania entonces, está resentida por haber perdido una guerra (la Fría) y busca a toda costa recuperar su hegemonía. Para ello, como Alemania entonces, necesita dominar a sus vecinos y va dando pasos en este sentido: en 2008 invadió y desmembró Georgia, y no pasó nada. En 2014 Ucrania sacó los pies del tiesto y Rusia le dio una lección arrebatándole Crimea. Tampoco pasó nada, tan solo unas sanciones económicas ridículas si las comparamos con el valor de lo robado. En vista del éxito, Rusia ha invadido las provincias orientales de Ucrania poniendo en jaque a los díscolos ucranianos ante la pasividad de la Unión Europea, Estados Unidos y la OTAN. El matonismo ruso también ha dado resultado en Siria y ahora amenaza a Moldavia: si logra poner un pie allí tendrá a Kiev literalmente entre dos fuegos. La confianza de toda esa región en Occidente se está desmoronando como se vino abajo la de la URSS y la Europa oriental ante la claudicación de Múnich.

¿Por qué se muestran débiles ante el matonismo agresivo las potencias occidentales, pese a tener de su parte la fuerza y la razón? Porque el político democrático teme a la impopularidad si toma decisiones audaces y prefiere ceder y mantener un precario statuquo: la «paz en nuestro tiempo» de Chamberlain. Mejor ceder y negociar que provocar un conflicto: mejor el deshonor que la guerra.

Mutatis mutandis (ni Putin es Hitler ni Mas es Putin), esta es la situación hoy en Cataluña. La dialéctica intimidación-apaciguamiento funciona igual en todas partes. La razón, la ley y, si fuere necesaria, la fuerza están del lado del Gobierno español. Pero este cede continuamente, lleva décadas haciéndolo, por temor a provocar una confrontación. Esta es la terrible disyuntiva que plantea el matón: o cedes o va a ser peor. En el caso del separatismo catalán la amenaza hoy es la declaración unilateral de independencia, apoyada por una parte de la población, minoritaria, sí, pero enardecida y determinada. A esta situación nos ha traído el rosario de cesiones que los gobiernos nacionales han hecho en aras del «apaciguamiento» del separatismo. Hubo que ceder en los dos estatutos; hubo que ceder en lo de Banca Catalana; hubo que ceder en las múltiples violaciones de la legalidad que se han ido cometiendo en la cuestión lingüística; ha habido que ceder en una cuestión económica tras otra: incumplimiento de los compromisos de déficit, concesiones en materias de transportes, de infraestructuras, abandono del Plan Hidrológico, rescates múltiples de un govern quebrado que encima está muy enfadado porque todo le parece poco, y un largo etcétera. Todo esto, conviene recordarlo, no son concesiones a «Cataluña», sino a una serie de gobiernos nacionalistas más o menos separatistas –corruptos e incompetentes por más señas– de espaldas a una mayoría silenciosa y acorralada de quien nadie se acuerda más que los gobiernos nacionalistas para multarla y hostigarla si rompe el silencio que le asigna el guión. Después de tantas concesiones, el separatismo catalán se siente fuerte y lanza bravatas: «Sí, esto lo he organizado yo. ¿Qué pasa?», vino a decir Mas cuando vio que nadie chistaba el 9 de noviembre. Y, efectivamente, no pasó nada.

Ahora se pide una concesión más para aplacar a la fiera: los 23 puntos de Mas. Ya no se sabe qué darle: cambiar la Constitución a su gusto, hacer a Barcelona capital de España, lo que sea. Para el separatismo se trata de un juego de tipo: «Cara, gano yo; cruz, pierdes tú». Porque las concesiones serían un paso más hacia la declaración de independencia, que se aplazaría unos meses para sacarles partido y acentuar el clima de victoria. ¿Dónde está el Churchill español capaz de tomar la iniciativa y responder al envite separatista? Necesitamos un estadista como él, capaz de hacer bueno ese dicho tan español: «Más vale una vez colorado que ciento amarillo»

Gabriel Tortella, historiador.

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