La farsa catalana de San Valentín

La farsa catalana de San Valentín

A tenor de tan pandémica campaña, todo aventura que los comicios catalanes del coronavirus que tan poco enamoran, pese a coincidir con este domingo de San Valentín, es difícil saber lo que va a pasar, pero se sabe bien –valga el juego de palabras– lo que va a ocurrir atendiendo a los actores de una función teatral de final acostumbrado. Si el ex delantero inglés del FC Barcelona Gary Lineker formuló, como reflejo de tal preponderancia balompédica, que «el fútbol es un deporte sencillo: 22 hombres persiguen a un balón durante 90 minutos y, finalmente, ganan los alemanes», otro tanto cabe colegir sobre el desenlace de las urnas catalanas y los pactos postelectorales.

A este respecto, basta atender cómo los partidos se han plegado a los postulados nacionalistas –hoy separatistas– hasta permitir que el secesionismo imponga su discurso único. Primero se dejó colonizar la izquierda y luego ha ido siéndolo lenta, pero irremisiblemente, el centroderecha español en pos de una supuesta transversalidad que les valiera hacerse perdonar la vida por quienes sojuzgan una Cataluña enfeudada y declinante. En esta campaña, ese deslizamiento ha tenido el jalón de oír al líder del PP, Pablo Casado, mostrar, al cabo de tres años y una condena por sedición a los golpistas del 1-O de por medio, su disconformidad con el proceder de la Policía durante la rebelión y atestiguar en falso, como revela la videoteca, que se negó a salir a explicar lo que estaba pasando porque se tenía que haber evitado.

El desmarque de Casado agudiza su deriva desde el error («peor que un crimen», que dijera Talleyrand) de remplazar a Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz parlamentaria y a la que ha marginado en campaña, pese a encabezar la candidatura de Barcelona en las generales. En lugar de reunificar el centroderecha, abre vías de agua hacia Vox, a cuyos votantes, con aguardar a que cometiera errores de partido bisoño y vocinglero, hubiera podido hacer retornar a la casa grande del centroderecha. Mueve a la perplejidad cómo dilapida el capital atesorado tras ser elegido en unas primarias, al margen y contra el dedazo del elector único Rajoy.

De confirmarse las malas perspectivas, no va a ser suficiente con que se afeite la barba que se dejó para parecerse a Rajoy. Buscando que lo reconozcan los extraños, va camino de que no le reconozcan ni en casa. Si quiere sacar a Sánchez de La Moncloa haciendo lo mismo, va listo. De esta guisa, con los constitucionalistas a palos y disensiones internas en los grupos que lo conforman, se facilita la destrucción de la democracia por los socios y aliados de Sánchez. Alineándose con la tiranía de Putin que envenena y encarcela a sus opositores, estos miran a la autocracia rusa con el mismo amor que desprecian a la democracia española a la que socavan desde las instituciones, como hace el vicepresidente Iglesias, cuando no auspician asonadas contra su legalidad y su integridad.

En medio de este paisaje, Cataluña asiste a un juego de cartas marcadas de ERC y PSC para reeditar un tercer tripartito –esta vez presidido por los primeros–, pero la timba puede saltar por los aires si Junts gana la pugna interna por la hegemonía secesionista. En ese brete, como se vio en su pulso con Puigdemont en la antesala de la interrupta declaración de independencia, Junqueras y los suyos se verían arrastrados a renovar el apaño secesionista, pese a su mala avenencia y mal gobierno desde la amarga victoria de Ciudadanos en diciembre de 2017.

Aunque el candidato socialista, Salvador Illa, haya esgrimido el señuelo constitucionalista para arramblar con el voto que hace tres años concentró Cs –como Sánchez para luego irse a dormir con quien le producía insomnio al defender que hay presos políticos en Cataluña–, el PSC no va a ir contra de su trayectoria desde 2003 cuando se alió al nacionalismo en el Pacto del Tinell para hacer a Maragall president y tender un cordón sanitario a un PP en La Moncloa. Ni Sánchez va a obrar tampoco en contra de la mayoría parlamentaria Frankenstein que lo sustenta en La Moncloa y que adquirió carta de naturaleza en Cataluña en la cena de Iglesias y Junqueras con el gran tenedor de derechos televisivos Roures. Como peón de Sánchez, Illa posibilitaría la presidencia del candidato de ERC, Pere Aragonés, afirmando a su vez el pacto de legislatura en las Cortes que dé estabilidad a la mayoría que invistió al líder del PSOE. Ello se adobará con medidas de gracia que rehabiliten a los golpistas del 1-O y la convocatoria de algún tipo de consulta en Cataluña en línea con la claudicación de Pedralbes de diciembre de 2018.

Aunque Illa ha negado –como Sánchez– que vaya a pactar con los independentistas y Aragonés diga que sólo convendrá con soberanistas, ambos saben que mienten y que sobreactúan para reforzarse mutuamente ante sus respectivas clientelas y disimular lo que se traen entre manos. Ya habrá tiempo de justificar lo negado. Por eso, a 40 años largos ya del estreno de La extraña pareja, la genial y desternillante comedia protagonizada al alimón por Jack Lemmon y Walter Matthau, los protagonistas de la farsa catalana actualizan la escena en la que el dueño de la casa se reincorpora a la timba, de regreso de la cocina a donde ha acudido a buscar algo de comida, y reclama al resto: «¡Sostened bien altas las cartas que quiero ver donde las he marcado!». Si extravagante era aquella pareja de protagonistas, con Lemmon interpretando a un hipocondriaco que obligaba a su mujer a usar loción de afeitado en vez de colonia por su alergia al perfume, no lo son menos los adalides de esa componenda en la que Sánchez se desentiende de sus letales consecuencias para el porvenir de España. Con petulancia de estúpido satisfecho de sí mismo, presume de traer el cielo a la tierra, como ocurrencia frente a quien pretende asaltarlos como Iglesias, mientras el suelo se abre bajo los pies de españoles que pierden su salud y su hacienda.

Lo cierto es que un nacionalismo neurasténico y victimista, cuya bulimia crece a medida que come, gana su batalla ideológica arrastrando a unos partidos que sufren el síndrome de Lorenzaccio y que Albert Boadella, como gran hombre de teatro y conocedor del clásico del romanticismo francés escrito por Alfred de Musset, apreció en primer lugar en Maragall tras presentarse frente a Pujol como alternativa cosmopolita y abierta al mundo que había desplegado como alcalde la Barcelona de la Olimpiada de 1992.

En la Florencia del Renacimiento tiranizada por Alejandro de Médicis, su primo Lorenzo –llamado despectivamente Lorenzaccio para diferenciarlo del gran mecenas Lorenzo el Magnífico– se sitúa al lado del tirano para asesinar al déspota confabulado con los republicanos que ven en el magnicidio el inicio de una nueva que no será tal. Cuando finalmente Lorenzaccio le clava la daga a su primo, su crimen, lejos de alterar nada, conserva incólume la corrupción con la anuencia de una sociedad cómplice con la degradación.

De hecho, con Lorenzaccio Maragall y Lorenzaccio Montilla, la Generalitat empezó a multar por no rotular en catalán, promovió la primera gran protesta contra una institución del Estado –el Tribunal Constitucional– y se iniciaron consultas secesionistas incluso en municipios del PSC. Es más, tras cesar a Carod-Rovira por su convenio secreto con ETA en Perpiñán como presidente en funciones de la Generalitat para excluir a Cataluña de sus atentados, Maragall justificaría después a su socio de ERC porque «lo que hizo fue adelantarse a su tiempo y andar un camino que probablemente alguien tenía que andar». En efecto, por la senda de una batasunizada ERC marcha ahora un Sánchez que ha convertido en socio al brazo político de ETA a cambio de agraciar a sus verdugos.

Intramuros de su casa del Ampurdán, donde convalece del coronavirus, mientras los bárbaros le lanzan pelotas amarillas tachándolo de «cabrón», Boadella asiste, como encarnación de la tragedia de Cataluña, al desenlace de aquello que ha escenificado en lustros de prolífica labor teatral. Tras desenmascarar al nacionalismo como antes al franquismo, costándole en un caso el ostracismo y en el otro la cárcel de la que se libró mediante una audaz fuga, pero que no le ha servido esta vez frente al apartheid segregacionista, pena resistirse a ser ciego en una Cataluña que contrajo la epidemia de la ceguera, como en la renombrada obra de Saramago.

Desde su certero diagnóstico de la corrupción del gran padre, padrone Pujol, el bufón Boadella –como el personaje shakesperiano– ha teatralizado una Cataluña que se adentraba en un infierno en el que sus habitantes tratan de sobrevivir, como decía Ítalo Calvino, bien llegando a ser parte del averno hasta dejar de percibirlo como tal, bien identificando a quienes son parte del orco y separarse de ellos en su exilio interior. Con sus comicidades, Boadella se ha guiado con más seriedad que quienes hacen lo que nunca debe hacerse en política, pero ahora es lugar común: el ridículo. Así lo predicaba ese hombrón de Estado que fue el hoy olvidado Tarradellas, cuyo recuerdo sólo ha quedado para rotular un aeropuerto al malbaratarse su legado por los odiadores que ya, cuando estaba en el exilio, maniobraron para enclaustrarlo en un psiquiátrico.

Fracasado su intento por persuadir a sus conciudadanos de que frenaran una deriva suicida, situándoles delante del espejo de los personajes de sus montajes –cómicos en su apariencia, pero trágicos en sus circunstancias–, el creador de El Joglars corporiza al doctor Stockmann de la universal obra de Ibsen, quien rasga el velo de silencio que cubre el secreto de que las aguas del balneario turístico del que vive el pueblo están infectas. Ello le supuso ser tildado de «enemigo del pueblo» como a Boadella por destapar cómo el oasis catalán estaba tan corrompido por la mentira como las aguas venenosas de las caldas, aunque cavile como el personaje de Ibsen que «el hombre más fuerte del mundo es el que está más solo». Muchos catalanes debieran tenerlo en cuenta al votar en esta Cataluña en la que los candidatos que la llevan al desastre parten como favoritos como síntoma de una enfermedad más embarazosa de sanar que el Covid-19.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.