La fe en un mundo nada humano

El universo y las cosas no tienen estructura, no hay un modelo al que el hombre tenga que adaptarse; existe sólo un flujo: la interminable creatividad propia del universo, un perpetuo empuje hacia adelante. El objeto no existe; sólo existe el sujeto: el universo, el individuo, la clase social, la nación. Todo se puede y debe deconstruir, el deconstruccionismo, porque todo es una construcción social. Por eso, para los románticos exacerbados, las únicas personas que han tenido un sentido de la realidad son aquéllas que han comprendido que el intentar circunscribir las cosas, aprehenderlas, describirlas, es una tarea vana. El hombre moderno vendió su alma al diablo para llegar a ser un creador. A Fausto, el nuevo Prometeo, el deseo infinito, el eterno insatisfecho, el hombre que quiere vivirlo todo, que se asoma a todos los abismos, que transgrede los límites e invierte los valores hasta encontrar su medida, se le volvió en contra su obra porque la abandonó a su suerte, y siente cómo en su interior sigue abierto el pozo, cada vez más profundo, de la insatisfacción y el desasosiego (Goethe, Fausto).

Dios ha muerto, proclamó el alemán (Nietzsche, Así habla Zaratustra). Puesto que la realidad no es susceptible de ser analizada, registrada y comprendida porque no tiene estructura, el hombre puede y debe dársela según su voluntad. Una sociedad sin teorías que ayuden a leer la realidad y que la orienten es una manada de individuos que siguen a los maestros del momento.

A pesar de todo, creyó que habitaba el mejor de los mundos y que había encontrado la felicidad (A. Husley, Un mundo feliz). Al fin, el hombre, sin ataduras puede soñar libremente, echando por la borda “todo sentido de honradez”. Para subir hasta lo más alto debía de burlarlo todo. Al final, todo aquello, era la nada: “Así que me alejé, dejándole allí, erguido bajo la luna. Vigilando la nada”. Gatsby pensaba que “en alguna parte existe algo inefablemente maravilloso [poder, dinero] que no tiene nada que ver con Dios”. Al final se da cuenta de que había corrido detrás de la nada; “sabía que había perdido para siempre la mejor parte de su vida; la más pura y la mejor”. Pero al final, “Daisy no llegó a ser el vértice de sus sueños, y no precisamente por su culpa sino por la colosal vitalidad e ilusión. Había ido más allá de ella, más allá de todo” (F. Scott Fitzgerald, El gran Gatsby).

Pero el tiempo pasó, y él mismo se convirtió en monstruo (Kafka, Metamorfosis), vacío completamente (T. Mann, La montaña mágica), y se dio asco (Sartre, La náusea). Entonces, el hombre descubrió con amargura que el tiempo se ha acabado (Gheorghiu, La hora 25). El hombre cae en la cuenta que se está mintiendo a sí mismo. “Soy el mentiroso más fantástico del mundo”;y se revela contra todo porque todo es nada y nada es todo por eso hay que hacer lo que se ocurre, sin proyecto, ir sin rumbo. ¿Sabe alguien a dónde se van los patos del estanque en invierno? Hacer lo que apetece, lo que a uno se le ocurra. “A mí nada me importa lo suficiente como para una hora buscándolo”. Es más, lo odia todo. Sólo guarda recuerdo de la humildad, el amor y sencillez de unas monjas que encuentra en una cafetería; del suicidio de Castle por mantener su palabra, y del sueño que lo pone al borde del abismo para salvar niños. Pero en el fondo nunca llegas a saber si te estás mintiendo a ti mismo (Salinger, El guardián entre el centeno).

En un mundo en donde todas las demás especies se han extinguido y todos los suministros están agotados, los seres humanos han caído en una barbarie y se cazan los unos a otros como alimento. El padre y el hijo, los últimos hombres que distinguen el bien del mal, emprenden una precaria huida en busca de climas más favorables y una improbable supervivencia en una tierra muerta. En un mundo deshumanizado lo único que evita que el hombre se deje arrastrar por el abismo es la determinación de salvar a su hijo. El niño que mantiene su compasión hacia los demás a pesar de las atroces pruebas por las que es obligado a pasar es, como lo define una de los personajes, el “último Dios” de una humanidad que ha abandonado todo cuanto esa palabra significa (C. McCarthy, La carretera).

Puesto que este mundo no place, sus habitantes intentan irse a otro mundo (J. Rulfo, Pedro Páramo). El mundo, que es un infierno, no nos suelta fácilmente sino que nos asusta y nos acorrala (C. J. Cela, La familia de Pascual Duarte). Ahí tenemos que vivir como fuera de nosotros mismos, sin saber quiénes realmente somos (F. Pessoa, El libro del desasosiego). El ser humano se echa a la carretera, a ver mundo. No va a ningún lugar; escapa del lugar en donde está (J. Kerouac, En la carretera) porque el hombre es un ser caído, expulsado del paraíso y arrojado en el mundo, cuyo horizonte existencial es la muerte, límite y punto final de todo (M. Heidegger, Ser y tiempo).

Lo que da más miedo de nuestro tiempo es la incertidumbre. “Es el hábitat natural de la vida humana pero es la esperanza de huir de dicha incertidumbre la que constituye el auténtico motor de nuestros empeños”, dice Z. Bauman. Nadie es capaz de decir lo que va a suceder ni de medir la repercusión futura de los acontecimientos. La incertidumbre de hoy día es una especie de abismo, donde, de repente, uno cobra consciencia de todo. Las gentes dejaron de tener certezas y, en muchos casos, también dejaron las creencias que daban seguridad.

Entonces, delante del cadáver divino, se proclamó a sí mismo creador, pero su maravillosa creación empezó a devorar y destruir todo lo que al hombre era más querido (M. Shelle, Frankenstein). Pero las modas cambian, los gustos también; los hombres nacen, crecen y mueren pero la naturaleza humana sigue ahí. “La gran paradoja es que todo ha cambiado a nuestro alrededor, pero nosotros somos sustancialmente los mismos. Y ello porque el carácter es inmutable y viene determinado desde nuestra infancia. Los científicos dirían que está inscrito en nuestros genes y puede que sea verdad. Lo cierto es que no podemos ser otra cosa que lo que siempre hemos sido”, escribió P. G. Cuartango.

“¿Será posible que se haya cerrado ya el círculo de mi vida? ¿Será posible que esto sea todo… todo…?”, pregunta y pregunta a su marido Olga observando el ciclo interminable de la naturaleza (I. Goncharov, Oblómov). Aunque no lo diga a voz en grito, Ferdinand tiene esperanza en la resurrección, por eso no quiere ser incinerado. Después de un alegato contra la guerra y en favor de los locos que no quieren ir a la guerra, exclama, “no quiero morir”, a pesar de que el mundo nos hace viajar hasta el final de la noche (Céline, Viaje al final de la noche). Y el obispo se preguntaba inquieto en su lecho de muerte: “¿Qué habrá al otro lado de esa puerta?” (Risco, La puerta de paja). Y todo porque el hombre es el ser del límite, en donde se dan cita las experiencias estética, ontológica y religiosa, espacio de suturación entre el aspecto visible y el oculto de la realidad, y, por lo tanto, un ser abierto a lo que pueda haber más allá del límite: el misterio (Trías, La razón fronteriza).

A veces lo necesario parece imposible, pero la fe y el corazón tienen recursos para reconciliar lo imposible sin que ello vaya contra la razón (Gomá, Necesario pero imposible). Tal vez el afán por desvelar este misterio sea la travesía del desierto de nuestra sociedad. Y, puesto que el corazón tiene razones que la razón no entiende, el hombre de nuestros días vuelve a Dios, aunque sea fuera de toda iglesia y de toda institución. Después de todo, y como siempre, la posmodernidad se ve obligada a hacer un lugar en su vida a Dios, el alma y la libertad aunque para ello tenga que “suprimir el saber para dejar sitio a la fe” (Kant, Crítica de la razón pura).

No existe civilización sin metafísica, es decir, sin opinión sobre un mundo invisible y misterioso. Para el mundo cristiano, el misterio se ha hecho visible y revelado en Cristo.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC y escritor. Su último libro es El fútbol (no) es así (Sotelo Blanco).

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