La fe nacional

La crisis económica se ha desbordado en otras crisis y resulta más que probable que el ratón rampante del nacionalismo no hubiese adquirido su patética virulencia sin el clima de frustraciones sociales que suele nacer y multiplicarse desde el grave ahogo económico, ciertamente propicio a la acción de los iluminados. Los nacionalismos por excelencia, los fascismos, se cocieron en la desesperación económica y en la frustración social, de modo que los ciudadanos se dejaron encandilar por los cantos de sirena de supuestos salvadores que, al cabo, sumieron a sus pueblos en tragedias sin precedentes.

El nacionalismo toma fuerza en situaciones en las que cree que el conjunto de la Nación está bajo en defensas. Es un ejercicio chulesco, como de pandillas; de quien quiere ser jerifalte del barrio porque aquel con el que ha de medirse está convaleciente. Ya se vivió a finales del XIX cuando España perdió sus últimas colonias y padeció el zarpazo de la decadencia. Alzado sobre la falta de pulso del país, el nacionalismo adquirió nervio, dispuesto a aprovecharse de la situación. Estaba en crisis lo que Galdós llamó «la fe nacional».

La fe nacionalEl autor de «Misericordia» escribe: «Ahora que la fe nacional parece enfriada y oscurecida, ahora que en nosotros ven algunos la rama del árbol patrio más expuesta a ser arrancada, demos el ejemplo de confianza en el porvenir. (…) De este modo contribuiremos a formar lo que hace tanta falta: la fe nacional. Cada cual en su esfera, grande o chica, debe ayudar a formarla y robustecerla, pues sin esa gran virtud no hay salvación posible para las naciones».

Parece escrito hoy. Es una crisis más grave que la económica, porque las crisis económicas se superan y pueden abrir nuevas oportunidades; cuando se pierden la fe nacional, el pulso de la unidad, los valores que sustentan todo este equipaje inasible pero vivísimo, su recuperación probablemente no será posible en generaciones.

Ese escaso porcentaje de españoles que estarían dispuestos a defender a España ante una agresión exterior –un 16% según la encuesta del CIS–, mientras los demás mirarían para otro lado, demuestra no solo lo obvio en la lectura del dato, sino, además, una pavorosa falta de información y un grave desenfoque de la realidad. Una gran mayoría de encuestados afirman que no irían más allá de defender a su familia, de modo que no identifican su entorno más cercano con su país. Y, además, creen que en una circunstancia como la supuesta en la encuesta, una agresión exterior, se puede mirar para otro lado y mantenerse ajeno. Es una consecuencia del abuso del «buen rollito» y del buenismo. Por encima de la anécdota, es evidente la existencia de una crisis de valores favorecida por el relativismo globalizado del vale todo y el materialismo como referente, en una sociedad comúnmente acostumbrada a invocar derechos y no a reconocer deberes.

Dentro de la crisis de valores hay que incluir en lugar destacado la pérdida de la fe nacional. No me atrevo a buscar culpables; además, el problema –latente o activo– viene de lejos, aunque en la Transición pudieron apuntalarse ciertas fórmulas para evitarlo. Es cierto que en la Constitución está reconocida y defendida la unidad de España, compatible con la pluralidad del Estado de las Autonomías, pero los constituyentes creyeron en la buena fe de las partes, que no se produjo desde los nacionalismos que conocemos y padecemos. Y creyeron también los constituyentes que en este grave asunto coincidirían siempre los dos partidos mayoritarios sobre los que previsiblemente –se intuyó entonces y se acertó– pivotarían los sucesivos gobiernos; tampoco esa coincidencia se produce siempre. Desde Zapatero, que alimentó la hoguera nacionalista con «su» Estatut, a Sánchez, que propone vaporosamente cambiar la Constitución buscando que Cataluña se encuentre cómoda en España, como si la Nación fuese un sofá y la Constitución tuviese que cambiarse para el conjunto de los españoles con el hipotético fin de resolver las insatisfacciones de una parte. La fórmula no resolvería nada porque los que piden más y más seguirían haciéndolo.

A lo largo de más de treinta años, el espacio temporal de dos generaciones, los españoles han estudiado en Cataluña una Historia ficticia, el invento de una Nación, la falsificación de la personalidad y del pensamiento de sus fabulosos héroes, un sometimiento a España «manu militari» que nunca existió porque no hubo una guerra entre esa parte de la Nación y el conjunto de ella. ¿Cómo va a extrañar a alguien lo que ocurre ahora? Es obvio que, cuando se ha manipulado la Historia, manipular el presente y las perspectivas reales de futuro de una Cataluña independiente no constituye mayor problema.

Ya están las cartas jugadas. El presidente Artur Mas quiere pasar a la Historia. Ha optado por una senda que no conduce sino a la división de la sociedad catalana, a la frustración de muchos, y al Código Penal. El Estado de Derecho ha funcionado sin estridencias. Ahora algunos siguen hablando del peligro del choque de trenes, pero jalearon en su día el avance de los vagones de un nacionalismo desbocado.

La elemental garantía para que no se produzca un choque de trenes es que los convoyes no circulen en dirección contraria por la misma vía. Es una irresponsabilidad alertar contra la colisión cuando lo hace quien se empecina en soslayar lo inevitable desde la ceguera de que su tren es más resistente, puede permitírselo todo, y se salta las señales que anuncian el peligro porque todos han de someterse a sus designios. Se hace realidad el cuento de aquel paisano que recorría la vía del tren a lomos de su asno y, ante las angustiadas advertencias sonoras del maquinista del tren que se aproximaba, pensaba para sí: «Que chifle, que chifle, que yo no me aparto». El tren se lo llevó por delante.

Debemos salvar entre todos la fe nacional. Y esta tarea no puede afrontarse solo desde las leyes. Los afectados por sentencias condenatorias de sus decisiones se jactan de no cumplirlas, y el Estado de Derecho ha respondido demasiadas veces mostrando debilidad o cobardía. Hay que llevar a la Educación en Cataluña una Historia que no sea falsa, hay que corregir lo conveniente para que las nuevas generaciones no empleen un castellano manifiestamente mejorable, hay que atajar el victimismo con la tozudez de la realidad. Esas y otras son acciones políticas en las que es preciso que los centros de decisión se comprometan. Aquel texto en que Galdós convocaba a la recuperación de la fe nacional, escrito hace más de cien años, conserva por desgracia plena actualidad.

Juan Van-Halen, escritor. Académico correspondiente de la Historia y de las Bellas Artes de San Fernando.

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