La felicidad, entre la razón y las emociones

Todos queremos ser felices y ver felices a los demás. Eso, al menos, nos hemos deseado al comenzar un nuevo año. Y ojalá no se quede en mero deseo. A ello querría contribuir con esta breve reflexión.

La felicidad radica, en buena medida, en que sepamos armonizar, en nuestro día a día, las emociones y las razones que entran en juego cuando pensamos, hablamos y actuamos; cuando vivimos. No es tarea fácil. Sobre todo porque el medio que nos envuelve no facilita las cosas; aunque quizá siempre haya sido así. El asalto sin precedentes a la intimidad personal que hoy representan los medios –internet, redes sociales: las omnipresentes pantallas, en suma- nos ha pillado indefensos. Quién más quién menos ha sido arrollado en su vorágine. Y esto está solo empezando.

El flujo de imágenes y estímulos emocionales que, a un clic, o incluso sin clic, nos vomita cualquier sitio de la red es inagotable. Casi imparable. Lo cual, mirado en frío, representa una fabulosa riqueza documental, de imágenes, de recursos multimedia. Ahora bien: ¿estamos preparados para hacernos cargo de ese volumen ingente de datos e imágenes sin que nos aplaste y nos deje sin capacidad de respuesta? Ya circulan por ahí términos específicos para nombrar trastornos ocasionados por la falta de una adecuada respuesta a estos medios: infoxicación (síndrome de fatiga informativa o intoxicación por exceso de información), nomofobia (miedo irracional a estar desconectado), cibermareo, el síndrome de perderse algo, y un sinfín de adicciones de varia especie.

Sucede que, desde hace ya mucho tiempo, siglos, una línea de pensamiento dominante viene conspirando por sistema contra esa facultad que llamamos razón. Para ese pensamiento hegemónico, el significado objetivo de la realidad se ha evaporado. Lo único que hay es pura facticidad desprovista de valor y de sentido. Hechos mostrencos a los que cada cual puede otorgar el significado que desee. Y esto, como se sabe, aplicado hasta a la propia biología y anatomía humanas. Se ha consumado un divorcio entre “hechos” y “valores” que ha cristalizado en la distinción positivista de “juicios de hecho” y “juicios de valor”, privando a los valores de su enraizamiento objetivo en la realidad.

Hoy solo se consideran válidos, en el debate público, los argumentos basados en la ciencia empírica, en lo experimentable: las ciencias naturales y sus aplicaciones prácticas. Y, en otro orden de cosas, lo emocional, que, a fin de cuentas, se resuelve en cuestiones de gustos, de preferencias subjetivas. “Emotivismo” lo ha llamado Alasdair MacIntyre en su Tras la virtud. Lo racional ha muerto.

Lo que está en juego en la cultura hoy dominante es nada menos que la capacidad humana de conocer la verdad, el significado de las cosas más allá de su pura materialidad, del placer o dolor que producen. Las élites intelectuales han perdido confianza en la razón como capacidad cognoscitiva. Han decretado que la pregunta por el sentido carece de sentido.

Quizá se deba a esto la elección de postverdad (post-truth) como palabra del año 2016 por el Oxford English Dictionary. Con ese neologismo el diccionario de Oxford quiere expresar que se “piensa” –es un decir– más con las vísceras y el instinto que con la razón o la lógica; que las emociones han sustituido a las razones.

Como ha escrito Joseph Ratzinger en diversas ocasiones, es preciso rehabilitar la razón. Hay que recordar a los que trabajan en las ciencias naturales que tanto sus investigaciones como sus aplicaciones prácticas están basadas en el hecho de que asumimos que el mundo tiene una racionalidad, unas leyes, que podemos descubrir y reproducir mediante nuestra razón. Una razón que, además, como escribía san Pablo en su Carta a los romanos, “es capaz de conocer con certeza que Dios existe a través de las cosas creadas”.

Desde una tradición cultural muy diferente, el filósofo iraní Ramin Jahanbegloo viene reclamando, contra la sinrazón imperante, poner en práctica la actitud socrática de plantearnos “preguntas intemporales y universales”, actitud que sigue siendo hoy tan revolucionaria como en la época del sabio griego. Preguntas críticas que no se atreve a hacerse a sí misma la cultura actual, instalada muchas veces en una mediocridad políticamente correcta.

Pero el emotivismo no es más que una caricatura de las emociones. Uno de los retos que hoy día nos plantea el arte de bien vivir, de ser felices, es la integración lograda de las propias emociones. La emoción se enseñorea de la razón a troche y moche, reduciéndola a servidumbre. Eso reza el eslogan del último modelo de coche de una marca prestigiosa: “La inteligencia al servicio de las emociones”. El mismo discurso político destinado a persuadir ha renunciado a dar razones. Bastan y sobran las emociones.

Pero lejos de mí ni siquiera tratar de desacreditar las benditas emociones. Son consustanciales a nuestra vida. Es imposible vivir una vida sin emociones. Sin emoción es difícil embarcarse en aventuras de conocimiento o de solidaridad. “Solo se aprende de aquellos a quienes se ama”, decía Goethe. Integrar las emociones y los sentimientos no significa suprimirlos: se trata de descubrir todo lo que esos “compañeros de viaje” pueden aportar a la vida. Somos seres “polifónicos” de fábrica: nuestra existencia se empobrece si anulamos o ponemos en sordina alguna de aquellas potencias y facultades de que hemos sido dotados.

Todos necesitamos templar, equilibrar, el carácter. Tratar de que nuestras emociones respondan adecuadamente a los estímulos. Decía Aristóteles que “el que no se ruboriza del mal que hace es un miserable”; un sinvergüenza. Hay comportamientos, propios o ajenos, que, objetivamente, reclaman una determinada respuesta emocional, positiva o negativa, y no otra. Lo ideal será que nos guste lo que tenemos obligación de hacer, y que nos disguste lo que debemos evitar. Lograr, en suma, una adecuada aleación de razones y emociones. Un buen objetivo para el año que estamos estrenando.

Manuel Casado Velarde es catedrático y miembro del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra.

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