La Fiesta en Cataluña…

Algo nos está pasando… y no es nada bueno. Andamos enredados estos días en buscar y dar argumentos a favor y en contra de la continuación de las corridas de toros en Cataluña. Al margen de lo bueno o malo que pueda resultar tal ejercicio, me parece francamente incomprensible su solo planteamiento: el obligar a todo un sector -representante de un espectáculo artístico que, además, es el más singular de toda la Tierra- a dar razones para que no sea prohibido. Si alguien debiera dar razones, y graves, para el simple planteamiento de una cuestión así, éstos deberían ser los abolicionistas.

Algunos, al oír esto, rápidamente acuden al lugar común del animal que sufre para marcar la diferencia. No quiero abundar en los argumentos que, para compensar esta afirmación, se suelen aportar, pero sí querría decir dos cosas. Primero, que los animales no son personas. Esto, que parece una obviedad, también parece que está siendo cuestionado por una sutil pero permanente campaña de personalización de los animales. Esa personalización consiste en acercar los animales a las personas hasta tal extremo que no sólo se les otorgan derechos sino también características que son exclusivas del hombre. Pues bien, eso no es ni civilización ni progreso, es, lisa y llanamente, un amaneramiento social. Una cosa es tener una mascota y tratarla bien, y otra muy distinta es pensar que ese animal es una persona, con sus mismas características y derechos. Aunque a veces lo olvidemos, nada tiene que ver la idílica representación que se nos hace de la selva, sus animales y relaciones en los cuentos de Disney o Kipling, con la cruda realidad.

En algunos casos, el trato dado a ciertos animales de compañía llega al más absoluto de los ridículos. No quiero ofender a nadie ni meterme en la forma en la que cada cual trata a sus mascotas, pero de ahí a confundir un animal con una persona, va un mundo. Los animales, como el resto de la creación, con los límites que imponen la razón y la necesidad de mantenerla para las futuras generaciones, están al servicio del hombre. Y es en ese marco donde han de ser entendidas las corridas.

El toro bravo ha sido y es parte de la cadena alimenticia del hombre y, sólo por sus especialísimas características de bravura y nobleza en la lucha, se le ha permitido una vida y una forma de morir que no tiene relación alguna con la que se le concede a cualquier otra res: una vida extraordinaria en libertad de al menos cuatro años, la posibilidad de pelear por su vida y, esto es más excepcional aún, la posibilidad también de matar a su matador. Esto, en cuanto a las posibilidades que se ofrecen a un animal que acude al sacrificio para ser convertido en alimento. Por otro lado van las exigencias que se le imponen a quien aspira a ser el matador de tan excepcional animal. Son muchas, no sirve hacerlo de cualquier manera. Tanto es así que, además de la liturgia obligatoria que debe ser respetada durante el proceso, al matador se le pide que aporte algo de sí mismo, que le haga especial a él y a su forma de llevar a cabo esa lidia; y eso es, precisamente, el arte. El arte generado mientras se ofrece el espectáculo más singular del mundo: bailar a muerte con un toro. Pero, como digo, no de cualquier manera, sino cumpliendo las exigencias artísticas, técnicas y ganaderas que hacen que ese espectáculo sea verdaderamente excepcional y digno de reconocimiento.

Bailar a muerte con un toro, que eso es torear, tiene una verdad incontestable tras de sí: la muerte. Pero la esencia no es la muerte, sino el arte, esa capacidad del hombre para crear sentimientos en el albero al hilo de una coreografía inmediata, brillante, efímera y exclusiva bailada sobre la cuerda floja que se tiende entre los dos pitones de un toro bravo.

No creo que un espectáculo así deba ser prohibido en ningún caso, antes bien, debe ser objeto de cuidado y apoyo, con independencia del número de sus seguidores, como lo es en países tan civilizados y cultos como Francia. Esto debería ser bien entendido por Administraciones que, como la catalana, no cejan en el empeño de imponer el catalán por la fuerza, so pretexto de que es marginado por otros.

Segundo -había prometido dos cosas-, no creo en absoluto que el sufrimiento de los animales preocupe lo más mínimo a esta gente que hoy trata de imponer su voluntad al resto con la abolición de las corridas en cataluña, pues son los mismos -todavía recuerdo a Tardá en esas tareas- que defienden que a una mujer le puedan introducir unas tijeras por la vagina y descuartizar, en su seno, al niño que lleva dentro. Esto suena a salvajada… y lo es, pero es una de las formas más comunes de practicar un aborto hoy en día. Hay otras, no menos salvajes, como la de meter una aguja-aspiradora por el mismo conducto para extraer al feto a la vez que se le trocea y mata. Yo he tenido la desgracia de ver imágenes así y es repugnante ver el dolor que se produce al niño y cómo este intenta en vano defenderse. ¿Es acaso más digno de defensa el toro que un niño en el seno materno? ¿Y quieren que me crea lo del sufrimiento del pobre toro? Me parece una burla de mal gusto. Creo que lo único que les importa a quienes esto defienden es su santa voluntad y que el sufrimiento, ya sea del niño, ya del toro, les importa muy poco.

Al final, tristemente, todo apunta a que hay quienes, manejando sentimientos ciertos de algunos sectores, aprovechan la oportunidad política para sacar de quicio las cosas y montar un espectáculo cuyo objetivo no es otro que buscar puntos de fricción y enfrentamiento entre la sociedad española en general y la sociedad catalana en particular. Puntos de fricción que no existen ni han existido jamás y que son alentados por políticos necios, incapaces de cumplir con las tareas más exigentes, importantes y urgentes que les han sido encomendadas por la sociedad. Por ejemplo, buscar salidas a la crisis y favorecer el entendimiento y la convivencia pacífica de todos los españoles.

Adolfo Suárez Illana, abogado.