La ‘fobia’ al turismo en Barcelona

Primero recordemos los hechos: los actos de vandalismo de la CUP (Candidatura d’Unitat Popular) contra diversos objetivos turísticos en Barcelona. Grupos de jóvenes exaltados, militantes de movimientos de extrema izquierda nacionalista y antisistema como Arran y Endavant, han asaltado, literalmente, un autobús turístico, haciendo bajar a los pasajeros, amenazándoles con cuchillos, reventando los neumáticos y pintarrajeándolo con sus consignas. La bisoñez o las limitaciones intelectivas de estos guerrilleros urbanos les hubieran podido costar muy caras en el caso (que gracias a Dios no se dio) de que les hubiera sorprendido alguna dotación de la policía, les hubiera tomado por terroristas islámicos y hubiera actuado de la forma expeditiva que se impone en esos casos.

Otros activistas se han dedicado a pinchar las ruedas de las bicicletas que se alquilan a los turistas. Un comando se ha encargado de bloquear con pegamento los cerrojos de unas consignas para maletas. Y otros, en fin, se dedican a hacer pintadas tipo “Turistas go home“, “El turismo mata la vida de los barrios”, “Vosotros, turistas, sois los terroristas”, etcétera.

Es significativo que las autoridades locales y autonómicas hayan silenciado estos hechos durante todo el tiempo que han podido, y que, transcurridos varios días, cuando ha trascendido que además varios hoteles han sufrido también diferentes agresiones de menor consideración, el Gobierno catalán se haya visto afectado de severa afonía. Ni voz le quedaba para llamar a la sensatez y la civilidad. La notoria irresponsabilidad de nuestros gobernantes en este conflicto en concreto se explica fácil: el Govern de Junts pel Si (PdeCat y ERC) depende de la CUP para no caer. Por eso, ya antes de estas acciones contra objetivos turísticos ha callado cuando dirigentes cuperos como David Fernández, Josep Garganté o Anna Gabriel avalaban, si es que no lideraban, actos vandálicos como el escarnio a la sede de PP en Barcelona.

Probablemente están en lo cierto -aunque sea imposible saber a ciencia cierta hasta qué punto- los analistas que han señalado que es precisamente la atmósfera de desafiante insumisión del Gobierno catalán, el desacato a las leyes pregonado reiteradamente desde hace cinco años por quienes se supone que deberían ser sus garantes, y ritualizado como humorada ante las cámaras de su televisión -donde se queman constituciones, se rompen en pedazos las comunicaciones de los jueces, se fusila al Rey, o el mismo presidente de la Generalitat presume de que en caso de que el Tribunal Constitucional le inhabilite él hará oídos sordos y seguirá olisqueando los taronjers del pati– hayan dado la impresión a unos jóvenes, que algunos considerarán idealistas y otros simplemente gilipollas, de que ellos mismos ostentan la autoridad para decidir si un autobús lleno de turistas o si una bicicleta alquilada tiene derecho a transitar por la vía pública. Mientras tanto, el anatema contra el turismo se ha contagiado a Palma de Mallorca -con un ataque a un restaurante y varias performances contra los yates anclados en el puerto deportivo- y a San Sebastián.

Decir que estas gamberradas o episodios de kale borroka hacen peligrar la industria turística, que es la columna vertebral de la economía española, y, en el caso de Barcelona, la que garantizó su viabilidad como ciudad después de que la crisis industrial de los años 70 la obligase a reinventarse como amable y seguro destino turístico -con su oferta de playas, edificios raros de Gaudí, seguridad callejera garantizada (carteristas aparte) y, muy importante para los visitantes de cierta edad, servicios médicos de primera categoría- sería, de momento, incurrir en la exageración. Esa tendencia masiva o manía consustancial a la contemporaneidad que es el gusto de millones de europeos del Norte por pasar las vacaciones de verano en el Sur no la abortan cuatro grafitis exigiendo “tourists go home” ni la ponen en peligro dos aguerridos comandos callejeros de la CUP a cuyos miembros les espera una celda con la ventana enrejada. Hasta que los efectos del cambio climático acaban por hacer insoportablemente tórridas nuestras ciudades, hasta que hierva el mar, España seguirá atrayendo a los visitantes estacionales de siempre, a los que además han venido a sumarse, en los últimos años, todos los veraneantes que por temor al terrorismo de verdad han renunciado a la alternativa de los países de la cuenca sur del Mediterráneo -Túnez, Egipto, Turquía- que tímida, esperanzadamente, habían empezado a organizar sus propias ofertas vacacionales.

Pero desde luego que por encima de las fantasías activistas de la CUP es preciso que se imponga el principio de realidad, que en este caso es el de autoridad.

Ahora bien, si las gamberradas de Arran son inaceptables, responden desde luego a una realidad crítica: la inaccesibilidad del mercado inmobiliario para los jóvenes, que en Barcelona preocupa tanto que fue uno de los motivos fundamentales por los que Ada Colau, activista que se había significado en la lucha contra los desahucios, alcanzó la alcaldía en el año 2015. El mismo éxito de Barcelona como destino turístico -ya es la tercera ciudad europea que más visitantes recibe- la ha hecho atractiva para fondos especulativos que compran edificios, expulsan a sus vecinos y los convierten en pisos turísticos.

La industria turística crece exponencialmente, y ahora cuando en tu barrio ves que se levanta un nuevo hotel, cuando por las noches retumba por toda la manzana la música y las carcajadas beodas de los chicos que han alquilado algún piso a Airbnb, cuando van apareciendo alrededor de tu casa nuevos bares, restaurantes y locales de entretenimiento concebidos para el placer del forastero, sabes positivamente que en la renovación de tu contrato de alquiler tu casero va a ponértelo muuuuy difícil.

Es una paradoja pero la misma dinámica que salvó a la ciudad y le dio nombre en el mundo, las reformas urbanísticas, el frente marítimo despejado de fábricas y convertido en una inmensa playa, la restauración, cofinanciada por los vecinos y el ayuntamiento, de las fachadas modernistas del Ensanche en la campaña Posa’t guapa… todo ese proceso de reinvención que culminó con los Juegos Olímpicos ha acabado sustrayendo a los ciudadanos la propiedad de su ciudad. En este sentido fue premonitorio y tenía mucha lógica una campaña publicitaria del ayuntamiento que definía Barcelona como La millor botiga del món (la mejor tienda del mundo). Pero es que en una tienda no se puede vivir.

¿Tenemos un problema real de turismofobia? Antes, cuando veíamos en el barrio a un grupo de jóvenes con sus maletitas de ruedas, esperando ante el portal de una casa a que llegase el encargado con las llaves del piso turístico, sentíamos simpatía y hasta ternura (“pobres chicos”, pensábamos, “mira que venir a buscar diversión a Barcelona”); pero ahora sentimos repulsión: largaos, capullos, por culpa vuestra me van a subir el alquiler.

Ignacio Vidal-Folch es escritor y periodista.

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