La forma de la Nueva Guerra Fría en Asia

En retrospectiva, la decisión del Partido Comunista de China (PCC) de imponer una nueva ley de seguridad en Hong Kong parece haber sido predestinada. Históricamente, las potencias en ascenso siempre intentan ampliar sus esferas de influencia geopolítica pasada una cierta etapa de desarrollo económico. Era solo una cuestión de tiempo antes de que China se deshiciera del acuerdo de “un país, dos sistemas” e impusiera sus leyes y normas en Hong Kong, territorio que considera parte integral de la madre patria.

Desde la perspectiva china, la decadencia y declive que ha experimentado Estados Unidos en los últimos 12 años –desde la crisis financiera de 2008 a la presidencia de Donald Trump- le han dado una invitación abierta a acelerar su expansión estratégica. Aunque el Presidente chino Xi Jinping ha asegurado al mundo una y otra vez que el Océano Pacífico es lo bastante grande para albergar la presencia de China y Estados Unidos, a menudo sus políticas reales han sugerido lo contrario. Además de militarizar el Mar del Sur de China, su proyecto insignia Belt and Road apunta a hacer de China el nodo central de todo el territorio euroasiático.

Ahora que Xi ha decidido no aceptar nada menos que la completa sumisión de Hong Kong, es probable que también desafíe el statu quo con respecto a Taiwán, en la confianza de que la administración aislacionista y distraída de Trump no moverá ni un dedo. Pero EE.UU. ha tomado nota de la agresividad de Xi. Después de dos décadas de esperar que China se convirtiera en un actor responsable en la economía mundial, las autoridades estadounidenses se han convencido de que eso no ocurrirá. Desde la decisión de abolir los términos presidenciales tomada por el PCC en marzo de 2018, la diplomacia estadounidense ha abandonado toda expectativa de una convergencia normativa entre la China de Xi y Occidente.

Mientras tanto, la guerra comercial de Trump ya ha inaugurado una nueva fase de creciente antagonismo en las relaciones sino-estadounidenses. La pandemia del COVID-19 no ha hecho más que agravar la política confrontacional de Estados Unidos hacia China. Así las cosas, en toda Asia ha surgido un consenso estratégico de que la región será el “campo de batalla” central en una nueva guerra fría que ya ha comenzado.

Para entender la naturaleza del inminente conflicto, los líderes asiáticos –junto con el resto del mundo- deberían centrar su atención en tres dominios diferentes pero interrelacionados de la rivalidad entre ambas potencias: el político-militar, el económico y el ideológico.

En el nivel político-militar, la pregunta clave es si China buscará expulsar a los EE.UU. de Asia para convertirse en la potencia hegemónica indiscutida de la región. Mientras tanto, intentará debilitar los compromisos de seguridad estadounidenses en Corea del Sur, Japón, Filipinas y al interior de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático.

Pero si el agresivo enfoque del PCC gana impulso, podría hacer que los países vecinos formaran una nueva coalición antichina, alineada de alguna manera con los EE.UU. Si eso ocurriera, sería muy difícil para China establecer relaciones pacíficas de coexistencia con los estadounidenses. Peor aún, la nueva guerra fría en Asia se arriesgaría a degenerar en una imprevista guerra caliente.

La segunda área de preocupación es la económica. Toda confrontación en el nivel político-militar acelerará un proceso de desacoplamiento, transformando la economía regional en una de suma positiva a una de suma negativa. Varios países asiáticos se han beneficiado económicamente de la profundización de sus vínculos con China, a pesar de seguir dependiendo de los Estados Unidos para su seguridad. Para ellos, una ruptura abierta con China sería especialmente costosa, complicada y peligrosa. Por ello es más probable que se resistan a las iniciativas estadounidenses de acelerar un desacoplamiento completo, y favorezcan un enfoque más limitado que apunte a sectores sensitivos relacionados con la seguridad y la alta tecnología.

No es de mucha ayuda la poca claridad que da el gobierno estadounidense. Las autoridades asiáticas han quedado a la deriva, preguntándose cuándo los Estados Unidos compartirán una visión clara y completa de la era posterior al desacoplamiento que busca. La administración de Trump ha indicado que desea crear una nueva “Red de Prosperidad Económica” en la región. Pero está por verse si esa idea estará regida por el mismo enfoque unilateral, transaccional y que pone a “Estados Unidos primero” que ha definido a todas las demás políticas estadounidenses bajo Trump.

De ser así, los gobiernos asiáticos se sentirán menos inclinados a sumarse. Al derrochar gran parte de la buena voluntad de Asia hacia los Estados Unidos a lo largo de los últimos tres años, Trump ha reducido significativamente el margen de maniobra para un encuentro de voluntades en torno a asuntos de seguridad.

Si bien la dimensión político-militar es el factor determinante en la nueva guerra fría y la economía es el factor dependiente, la confrontación ideológica jugará un papel de refuerzo. Nuevamente, la pregunta clave es cuán lejos irá China en la promoción de su modelo de “capitalismo autoritario” como una alternativa “superior” a la democracia liberal.

Si China impulsa su modelo con la agresividad que lo hizo la ex Unión Soviética, la nueva guerra fría tendrá todos los ingredientes y las innumerables tensiones de la Guerra Fría original. Mientras más enérgica sea en vender su propio modelo, habrá más probabilidades de que los países democráticos se unan contra ella en defensa de sus propios sistemas ideológicos.

Es cierto que las principales democracias del mundo no han deslumbrado precisamente en el manejo de la actual crisis. Pero los principios democráticos –como el respeto de los derechos humanos, las libertades civiles y el estado de derecho- son valores universales que siguen concitando un amplio apoyo entre los habitantes de Asia, especialmente en comparación con el autoritarismo. El estado inherentemente extractivo de China tendrá dificultades para crear las condiciones en que cada persona pueda hacer realidad todo su potencial, y esta limitación estructural será una roca en el camino de su afán de superar a los Estados Unidos como la economía más avanzada del planeta.

Está por verse el modo preciso en que interactúen las tres dimensiones del conflicto. Los líderes asiáticos deberán ser prudentes, reconocer la fluidez de la situación y prepararse para distintos escenarios. Y, por cierto, Estados Unidos y China harían bien en mostrar un poco más de humildad. Por desgracia, ese rasgo no viene a la mente al pensar en Trump o Xi, pero será absolutamente esencial para evitar una catástrofe accidental.

Yoon Young-kwan, a former minister of foreign affairs of the Republic of Korea, is Professor Emeritus of International Relations at Seoul National University. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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