La foto postal catalana

En 1932 Ortega y Gasset, en debate parlamentario sobre el estatuto de Cataluña, sorprendió al hemiciclo al decir que el problema catalán no se podía resolver, que solo se podía conllevar.

Ortega había logrado acuñar una vez más una frase feliz, reflejo de una mirada capaz de imponerse con relativa facilidad sobre la mirada de los demás, como esas fotos postales de un paisaje realizadas por fotógrafos profesionales que luego se imprimen y se venden y adquieren la categoría de perspectiva oficial y única.

Esa foto postal catalana de Ortega ha llegado a nuestros días, anulando cualquier otra perspectiva o superponiéndose a ella, con la extraña seducción con que llegan ciertas palabras a los niños. Se acerca el padre al lecho de su hijo y le pregunta ¿qué quieres que te cuente? Y el niño invariablemente contesta: el cuento de ayer. Y así, el ciudadano español, infantilizado por sus dirigentes, no es capaz de oír un cuento nuevo ni de ver una foto distinta de la que nos dejó Ortega.

La foto postal catalanaEl PP y el PSOE, desde posiciones políticas aparentemente enfrentadas, apenas se contradicen, pues saben de sobra que el problema catalán es un problema perpetuo que hay que conllevar.

Por mor de esa conllevanza, desde la izquierda se ha querido agrandar el espacio de decisión de Cataluña hasta límites que no caben en la Constitución, sin la garantía de que tal cosa vaya a colmar las pretensiones del nacionalismo.

Desde la derecha, tertulianos y políticos no se han cansado de enumerar las muchas ventajas que Cataluña tiene por ser española y las que perdería si se desgajara de España.

A uno y otro lado del debate ha habido alguna postura pintoresca, la más singular, a mi juicio, la que caracterizaba a Cataluña como una región del norte, un norte conceptual, y al resto de España como una región sureña, un sur también conceptual, contraponiendo la laboriosidad catalana a la del resto de España, un poco como si se tratara de gringos mirando a los mexicanos.

Pero Cataluña no es desgraciadamente California; lo que se produce en la región es perfectamente sustituible desde otros orígenes peninsulares: pan toast, vino, butifarra, helados, textiles, automóviles, productos farmacéuticos, libros en español. Quiero decir que Cataluña podrá ser el motor de España –como repiten algunos políticos con halago empalagoso–, pero no es el Silicon Valley cuya tecnología de vanguardia permite fabricar productos universalmente demandados.

Franco debió de sentir también el influjo de esa foto postal catalana. Si no, cómo entender que su gobierno decidiera llevar a Barcelona la fabricación de los automóviles SEAT cuando los coches allí fabricados se destinaban al mercado nacional. ¿No hubiera sido más conveniente localizar la factoría en Madrid, equidistante de cualquier provincia española?

Solo Rodríguez Zapatero estuvo a punto de romper la foto postal catalana llevado de su afán por agrandarla. Y acaso también fuera él quien llevara precisamente esa conllevanza hasta el límite de su viabilidad, marcando un antes y un después. Porque la conllevanza necesita dos polos, y si uno se apaga no hay conllevanza posible.

Ortega, con su magia verbal, convirtió la no solución en una solución, aunque en aquel mismo discurso también afirmó que el nacionalismo catalán jamás iba a sentirse satisfecho, ni con ese estatuto defendido por Azaña, ni con ningún otro.

Hoy, desgastada aquella fosforescencia de paradoja de sus palabras, los ciudadanos españoles hemos comenzado a experimentar una creciente sensación de perplejidad. Seguimos teniendo un problema y carecemos de la solución, puesto que la conllevanza está seriamente amenazada, al faltarle uno de los polos que habían de sustentarla. Si el problema no tiene solución, no la busquemos, o dicho de otra manera, no la busquemos en Cataluña, sino en nosotros mismos.

Aquellas viejas naciones europeas, que como España han dejado una profunda huella en el globo, ya no nos sirven de elemento de comparación. Nuestro Estado, el nacido a la caída del Antiguo Régimen, tiene mucho de fallido. Quienes más lo combatieron, casi desde la misma fecha de su nacimiento, fueron los carlistas, o sea los absolutistas que gritaban muera la nación, porque la nación representaba la soberanía popular; evolucionaron y cambiaron pero siguieron oponiéndose al Estado, desleales e insolidarios, qué hay de lo mío –venían a decir–; y les entregamos nuestras mejores gentes, esos emigrantes, que a duras penas podían evitar ser mirados por encima del hombro.

Nada semejante ocurrió en países que accedieron a la modernidad con más éxito que nosotros. Francia, por su revolución, Inglaterra por sus reformas mucho menos traumáticas pero continuas, mantuvieron la suficiente cohesión como para seguir siendo importantes en el concierto de las naciones. España, no. Sería bueno que nos convenciéramos de que políticamente hemos perdido el paso de esas naciones. Puede ser el punto de inflexión de una mejor andadura colectiva. Porque, como también decía Ortega en su España Invertebrada a un hipotético joven lector español, acaso lo mejor esté todavía por venir.

Ya va siendo hora de afrontar el problema secesionista con una mirada nueva, la única capaz incluso de obligar, a mi juicio, a los nacionalismos a tomarse en serio sus reivindicaciones, tantas veces puro amago para seguir obteniendo rendimientos. Hay que poner fin a esa falsa solución de la conllevanza por el bien de los españoles, de las gentes de Cuenca, de León, de Soria, de Asturias, de Albacete, de Badajoz, de Cantabria etc., de todos en definitiva, también de los propios nacionalistas.

Si alguien nos reclama democracia, aunque lo haga con burla de ley, démosle más democracia y déjesenos votar a todos los españoles sobre la secesión, para construir, a partir del resultado negativo o positivo, las bases de un nuevo Estado en el que todos los ciudadanos tengamos de verdad, no sobre el papel, los mismos derechos y seamos solidarios unos con otros. Lo otro me parece que es seguir soñando con imperios o seguir haciendo el pardillo.

Juan Pedro Aparicio, novelista.

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