La fracturada economía de Egipto

Las aspiraciones políticas de los egipcios han dominado la vida pública del país desde la caída del presidente Hosni Mubarak, el año pasado. Por desgracia, a medida que se les da respuesta, la economía ha entrado en una fuerte caída, poniendo en peligro uno de los objetivos principales de la revolución: la mejora del nivel de vida y el bienestar de los egipcios.

De hecho, la retórica populista de los políticos egipcios amenaza con deshacer las reformas económicas emprendidas por el régimen de Mubarak. En 2004, el gobierno puso en marcha un importante programa de reformas bajo el ex primer ministro Ahmed Nazif. Su objetivo era eliminar los obstáculos burocráticos para el crecimiento mediante la reestructuración del sector financiero, la simplificación de los reglamentos comerciales, la liberalización del comercio exterior, y la reducción el papel del estado en la economía.

Las reformas de 2004, con su eliminación de las restricciones al acceso a las divisas y la reducción de los aranceles de importación, poco a poco mejoraron el clima de negocios e inversiones. Junto con las favorables condiciones internacionales, la tasa de crecimiento del PIB anual de Egipto aumentó al 7,2% en 2008, frente al 4,1% en 2004, y se mantuvo en un 5% en el período 2009-2010, a pesar de la recesión mundial. Las nuevas medidas también contribuyeron a atraer grandes flujos de capital e inversión extranjera directa, factores de un aumento notable de las reservas de divisas, de $14,8 mil millones en 2004 a más de $36 mil millones a finales de 2010.

En 2011, la situación empeoró en casi todos los frentes. El crecimiento anual se redujo a un 0,5%, y la inflación se mantuvo en los dos dígitos. La tasa de desempleo alcanzó el 12,4% en el cuarto trimestre, frente al 8,9% en el mismo periodo de 2010. La balanza de cuenta corriente se deterioró rápidamente, debido a la pérdida de más de $4 mil millones en ingresos por turismo y una fuerte caída de las remesas de los trabajadores egipcios en el extranjero. El déficit fiscal aumentó a un 10% del PIB, haciendo que la deuda pública (incluida la deuda externa), que había ido disminuyendo de manera constante, alcanzara un 76% del PIB.

Sin embargo, lo más notable fue la pérdida de reservas internacionales en el año posterior a la revolución de la Plaza Tahrir. El Fondo Monetario Internacional estima que en diciembre de 2011 las reservas de divisas cayeron a la mitad, a $18 mil millones, debido en parte al empeoramiento de la balanza de cuenta corriente pero, más importante aún, a la retirada de los inversionistas nacionales y extranjeros.

A la vista de los grandes y crecientes desequilibrios externos, el Banco Central de Egipto (BCE) optó por defender la libra egipcia durante la agitación política y económica del año pasado. El BCE permitió que el tipo de cambio, que se define formalmente como una “flotación administrada”, se depreciara sólo un 3%. Mantener la moneda relativamente estable se consideró una prioridad mayor que la prevención de la pérdida de reservas internacionales.

Hoy, Egipto no sólo sigue siendo vulnerable a la inestabilidad política interna, sino que debido al agotamiento de sus reservas internacionales -a un ritmo de alrededor de $ 2 mil millones al mes desde octubre pasado- ahora el país también se enfrenta a la amenaza de una crisis monetaria. Más aún, esto casi seguro subestima la magnitud de las pérdidas, ya que no excluye las entradas de $3,5 mil millones de dólares desde noviembre del año pasado procedentes de subastas de bonos del Tesoro denominados en dólares estadounidenses.

Además, el ejército egipcio dio un préstamo de $1 mil millones al gobierno, el que además recibió otros $1 mil millones a través de donaciones de Arabia Saudita y Qatar, con lo que la pérdida de reservas desde diciembre de 2010 llegó a cerca de $22 mil millones. La otra fuente de reservas internacionales, el turismo, aportó apenas $8 mil millones, muy por debajo de los $12 mil millones de 2010. Egipto sigue importando casi el doble de lo que exporta, lo que arrojó un déficit comercial de más de $10 mil millones a finales de 2011.

Como resultado, el financiamiento de Egipto debe seguir creciendo: ahora el país tiene que pedir prestado de $14 a 15 mil millones para tapar su déficit de financiación estimado de $24 mil millones. Mucho depende de cuándo, si ocurre, la ayuda externa se vaya a materializar, lo que está supeditado a la aprobación de la renegociación de Egipto de un préstamo de $3,2 mil millones del FMI. Si se concreta, el programa del FMI podría dar origen a más paquetes de ayuda del Banco Mundial y otros donantes internacionales.

Si la ayuda llega, Egipto podría comenzar a abordar algunos de sus problemas de financiación, pero todavía tiene necesidad de una estrategia de largo plazo para estimular un crecimiento sostenible. La economía de Egipto se enfrenta a riesgos constantes, debido a la fuga de capitales, el aumento de la inflación, el desempleo y las políticas populistas. Incluso con disponibilidad de financiamiento externo, los líderes egipcios deben buscar maneras de comprometer al sector privado en la reactivación de la economía del país.

Por desgracia, el último incidente político que involucró las actividades de promoción de la democracia de organizaciones no gubernamentales estadounidenses ha enfriado las relaciones bilaterales y amenaza los $1,3 mil millones en ayuda militar que Egipto recibe anualmente de Estados Unidos. Esto puede tener efectos sobre otros donantes, así como las instituciones financieras internacionales, en particular el FMI y el Banco Mundial.

La transición de Egipto desde políticas económicas populistas a un populismo antiestadounidense es un ejemplo del impacto que la incertidumbre política puede tener sobre la evolución económica. Es de esperar que las próximas elecciones presidenciales de mayo y la formación de un gobierno elegido democráticamente puedan ayudar a calmar la agitación política y conduzcan a la estabilización económica y la reactivación. De lo contrario, es muy posible que se pierdan los logros políticos que tanto costó ganar.

Mohsin Khan es investigador en el Instituto Peterson de Economía Internacional en Washington.

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