La frontera de la nueva guerra fría

Por Josep Borrell, presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo (EL PERIÓDICO, 18/08/08):

¿Cómo pudo pensar Mijail Saakashvili que la Rusia de Vladimir Putin no reaccionaría al ataque de las tropas georgianas a la separatista Osetia y a la destrucción de Tsjinvali? Era minusvalorar la voluntad de Moscú de jugar fuerte como potencia militar y su rechazo a la extensión de la OTAN por su flanco sur. Y más aún tras la solución dada a Kosovo por EEUU y la UE, que Rusia ha considerado un precedente para otras situaciones más o menos parecidas.
En su respuesta al ataque georgiano contra sus protegidos osetios, el gigante militar ruso ha querido castigar a la pequeña Georgia para que sirva de aviso a todos los navegantes por las turbulentas tierras del Cáucaso sur. Y sus tropas no han aceptado un alto el fuego hasta que han conseguido crear un cinturón de seguridad al sur de Osetia y Abjasia para impedir que Georgia vuelva a las andadas.

RUSIA NO esperaba más que una ocasión, como la que le ha brindado Saakashvili para demostrar que ese gran cartel con la imagen de Putin, “nuestro protector”, que recibe al viajero al entrar en Osetia, responde a una realidad dispuesta a convertirse en acción. Y Georgia no podía esperar una respuesta parecida del otro gran cartel con la imagen de Bush, “nuestro presidente”, a la salida del aeropuerto de Tiflis.
EEUU ha hecho todo para penetrar en el continente euroasiático a través de las exrepúblicas soviéticas, y Georgia y Ucrania eran considerados en Washington como los alumnos aventajados de esa estrategia. La revolución de la rosas en el 2003, prólogo de otras revoluciones coloreadas en la región, desplazó a Georgia del área de influencia soviética encarnada por el viejo Shevardnadze, último ministro de Exteriores de la URSS, a la americana de Saakashvili, entonces joven abogado neoyorquino. Y nada desea más Georgia que ingresar en la OTAN y reforzar su alianza con EEUU, al que ha ofrecido sus soldados en Irak y su territorio para instalar el escudo antimisiles rechazado por Moscú
Por ello, Georgia, de alguna manera, juega en la nueva geopolítica el papel de Cuba durante los enfrentamientos de la vieja guerra fría. Hoy el Cáucaso es la frontera de una nueva guerra fría que amenaza con volverse caliente.
Saakashvili puede clamar que lo ocurrido no afecta solo a Georgia, sino también a EEUU y a los valores del “mundo libre”.El discurso de Bush en Tiflis en el 2005, llamando a Georgia “faro de la libertad”, y su proximidad a la OTAN pudo hacerle creer que tenía margen de maniobra para atacar el primero. Pero por el momento solo puede esperar reacciones verbales de unos EEUU en plena campaña electoral y poco deseosos de sumar un nuevo conflicto a los dramas de Irak y Afganistán.
Esta corta pero brutal guerra en el Cáucaso muestra un nuevo fracaso de la política exterior del segundo mandato de Bush. EEUU tendrá ahora la tentación de culpar a los europeos por haber rechazado en abril un plan de acción para la entrada de Georgia en la OTAN, enviando así un mensaje de debilidad que Putin ha entendido bien. Pero, y sobre todo después de lo ocurrido, solo Europa puede tener un papel de estabilización en la región, tanto por su política de vecindad con los estados del Cáucaso como por sus relaciones económicas y energéticas con Rusia.
Así lo ha demostrado la rápida mediación de la presidencia francesa de la UE. Hará falta que la creciente dependencia europea del gas ruso –40 % de las importaciones–, pero muy diferente según los países, no debilite esta capacidad de influir. En realidad, las nuevas rutas del gas y el petróleo tienen mucho que ver con la exacerbación de conflictos que suman a sus viejas raíces históricas nuevas realidades geoestratégicas.
El oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan (Turquía), que lleva el petróleo de Azerbaiyán a Europa, evitando su paso por Armenia, la gran aliada de Rusia en la región, ha constituido para esta un agravio mayor que para Polonia el gasoducto ruso-germano que pasa por el fondo del Báltico para evitar su territorio.
Así, a los problemas interétnicos se suman los de seguridad frente a la amenaza terrorista y al conflicto con Irán. Hoy, 16 años después de una independencia conquistada por la fuerza, todos los países del Cáucaso sur se enfrentan a una tensión geopolítica que suma los llamados “conflictos congelados”, entre Rusia y Georgia por Osetia y Abjasia, y del Alto Karabaj entre Armenia y Azerbaiyán, con las guerras del gas, la nueva rivalidad entre EEUU y Rusia, el proceso de adhesión de Turquía a la UE y la crisis nuclear con Irán. Todos esos países participan del mosaico de etnias y religiones de ese laberinto de la historia que es el Cáucaso sur, al que se puede llamar con razón los Balcanes euroasiáticos.

LO ÚNICO que ha impedido que ese avispero explotara en conflictos mayores ha sido su fuerte crecimiento económico, a pesar de la falta de cooperación entre los tres países, que ha impedido un mínimo de integración regional. Pero si la guerra abierta detiene la expansión económica, lo peor estará por venir.
Hoy por hoy, lo mejor que se podía esperar de los “conflictos congelados” del Cáucaso es que siguieran congelados y que la guerra fría no se volviera caliente. Para evitar más sufrimientos humanos como los causados por una guerra desatada, quizá no por casualidad, cuando el mundo occidental se va de vacaciones, se inician los Juegos de Pekín y EEUU se sumerge en su campaña electoral, hará falta un gran sentido de responsabilidad por parte de todos los que se sientan encima de ese barril de pólvora. Y la capacidad de los europeos de desempeñar el papel que la historia espera de nuestra Unión.