La Fuente del Encanto

Se cuenta una anécdota de Robert Schumman que me gusta recordar. Al parecer, acababa Schumman de tocar uno de sus complejos estudios para piano -sería interesante saber cuál pero no consta- cuando uno de sus estudiantes se le acercó y le preguntó cuál era su significado, qué es lo que había pretendido expresar con él. La respuesta de Schumman fue callada: se acercó al piano y lo volvió a tocar íntegramente... Yo creo que con la alta poesía y los esfuerzos por interpretarla ocurre algo parecido: lo que el poeta ha querido decir es el poema y todo intento de explicarlo o destriparlo es de antemano un intento fallido. «¡No le toques ya más / que así es la rosa!», escribía Juan Ramón Jiménez en ‘Piedra y cielo’.

No ignoro que hay lecturas de poemas extraordinarias por su penetración y sensibilidad que constituyen verdaderas obras de arte en sí mismas, pero, incluso ante ellas, no puede uno evitar la sensación de asistir a una cierta profanación que viene al cabo a empobrecer el texto interpretado. Ni siquiera cuando uno lee a San Juan de la Cruz, seguramente el mayor de los poetas de nuestra lengua, intentando explicarnos su maravilloso ‘Cántico espiritual’ dejamos de tener la sensación de que el autor está vulnerando su texto al glosarlo. Tentado estoy de decir que es sobre todo ante poemas inmensos como el de San Juan cuando esto particularmente se percibe. En línea con la anécdota evocada, pienso que quizá sea la interiorización del poema a través de la memoria -la tan denostada memoria- la mejor forma de captar el poema en su plenitud, de ir desvelando sus significados y arcanos.

Pero que el poema sea inefable no significa que el poeta y su mundo lo sean. Por ello, cuando un poeta nos cautiva, cuando se produce el milagro de la comunión con sus versos, hasta el punto de llevarnos a la convicción de que fueron escritos para nosotros, quisiéramos saberlo todo de la vida del poeta y de su mundo. Y nos afanamos entonces buscando en su biografía y en sus otros libros lo que explique esa afinidad que nos conturba y nos afirma.

A los amantes de la poesía y de su poesía Andrés Trapiello acaba de regalarnos un libro precioso. Me refiero a la ‘biografía poética’, que con el bello y sugerente título ‘La Fuente del Encanto’, acaba de publicar la Fundación José Manuel Lara, en el número cien de su prestigiosa colección Vandalia. Como el propio autor dice en la primera línea del texto, se trata de una meditación sobre su vida poética, una reflexión/confesión sobre su vocación poética y sobre su vida de poeta. El libro, que es también una antología de sus versos, no pretende explicárnoslos -«los poemas hablan por sí mismos más y mejor que los poetas y los críticos», dice el autor- sino contextualizarlos, contarnos las experiencias vitales de las que han nacido. De la mano de este original propósito, Trapiello ha escrito un libro admirable que nos acerca a su poesía mejor que cualquier glosa o comentario.

Toda obra literaria seria nace acompañada de una reflexión personal sobre el quehacer del escritor, por ello esta biografía tenía que ser y es también una poética. Trapiello ha escrito en ella sus personales «cartas a un joven poeta»: su ‘meditación’ está trufada de muy agudas observaciones y advertencias sobre las relaciones entre la vida, la poesía y la escritura, sobre la creación poética. No podía ser de otra forma en quien confiesa que «solo ha vivido para la poesía». Véase como muestra el pasaje en el que describe el modo en el que la poesía se le manifiesta: «Lo único que puedo decir de mis poemas (del modo en que he escrito la mayoría de ellos), es que se han hecho preceder siempre de un breve estado anímico especial. No sabría explicarlo. Como esos minutos que preceden en el campo a una pequeña o gran tormenta durante el verano. Primero es el olor a tierra mojada, aun antes de que haya roto a llover. Ese olor característico a paja mojada y que no es, al parecer, más que el del ozono que se libera con la lluvia en algún lugar cercano donde acaba de llover y nos alcanza como un heraldo. Y el silencio. De pronto todos los ruidos del campo se suspenden. Los pájaros dejan de cantar, los perros interrumpen sus ladridos ociosos e incluso la obstinada chicharra se abstiene de meter su sierra estridente en ese silencio».

Releyendo al hilo de esta lectura sus poemarios, por mis subrayados y señales varias, me doy cuenta de que hay una veta en la poesía de Trapiello que, sobre todas, prefiero: me refiero al Trapiello que celebra la naturaleza, al que él califica con divertida autoironía de «agropecuario». Yo creo que Trapiello tiene una sensibilidad especial en su acercamiento a la naturaleza y que de su relación con ella nacen sus mejores versos (‘Los páramos’, ‘El amor de las cosas’, ‘Una oda’, ‘El almendro’, ‘Rama de cerezo en flor’, ‘Hormiga’, ‘Cabañuelas’, ‘Pájaros, versos’, ‘Ruiseñor’, ‘Amapola’, ‘Los vuelos sutiles del verano’, ‘Año nuevo’, ‘Visiones agrarias’...). Tal querencia lo liga a sus poetas de cabecera, Juan Ramón, Unamuno y Antonio Machado, pero no menos a la prosa de Azorín o de Muñoz Rojas. En las deliciosas primeras sesenta páginas de este libro, la veta de la que hablo halla explicación cumplida: la naturaleza ha sido la infancia del poeta y en ella se encuentra consigo mismo y en ella se refugia. Por ello, en uno de sus raptos pide a la noche estrellada que le diga a sus pequeños astros «que me lleven de vuelta / siquiera hasta mi infancia, / que desde allí yo sabré orientarme».

Reitera el autor a lo largo del libro que su aspiración máxima sería una vida poética emancipada de la propia necesidad de escribir, aunque en otro pasaje parece querer que la muerte le pille con la pluma en las manos, como a alguno de sus escritores favoritos. El lector se atreve a responder a este debate interno del poeta con sus propios versos: «la alegría la dimos a los pájaros/ y está a salvo».

Francisco Pérez de los Cobos Orihuel es catedrático de la Universidad Complutense.

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