La fuerza del “no a la guerra”

Por José Luis Rodríguez Zapatero, secretario general del PSOE (EL PAÍS, 30/03/03):

El día 20 comenzó una guerra contra Irak que la sociedad española no deseaba ni desea, y en la que menos aún quería participar, ni siquiera bajo la forma de un apoyo simbólico. Ninguna sociedad civilizada desea normalmente la guerra, pero en este caso había fuertes razones para oponerse a ella. En primer lugar, no existía acuerdo al respecto en el Consejo de Seguridad, y menos aún una resolución que legitimara el ataque contra Irak: la guerra es ilegal. Pero es que difícilmente podía forjarse ese acuerdo cuando era evidente que la guerra no pretendía evitar un mal mayor convincentemente razonado. No había indicios de que Irak se propusiera atacar, con armas de destrucción masiva o de ningún otro tipo, a nadie, ni de que estuviera alentando el terrorismo internacional: es una guerra injustificada.

Es posible que Sadam conserve ese tipo de armas, pero, sometido al embargo de Naciones Unidas y a una severa vigilancia internacional, resulta extraordinariamente improbable que planeara ningún tipo de agresión o ataque terrorista. El único argumento que han ofrecido los partidarios de la guerra es que en el pasado Sadam había atacado a sus vecinos y a su propio pueblo, que había demostrado ser capaz de hechos atroces, que no había pruebas de que se hubiera desarmado como le exigió Naciones Unidas y que en todo caso los iraquíes estarían mucho mejor sin él. El problema es que, por prudencia y por decencia, no se puede justificar una guerra por sus hipotéticos beneficios futuros. El mal cierto de una guerra sólo está justificado para evitar un mal mayor: por ejemplo, para acabar con la invasión de Kuwait, en 1990-91, o para frenar la limpieza étnica de Kosovo por las tropas de Milosevic, en 1999.

El único objetivo legítimo que establecían las resoluciones de Naciones Unidas en relación a Irak era su desarme. Y para alcanzar ese objetivo se estableció un procedimiento legítimo, las inspecciones, y una instancia de decisión, el Consejo de Seguridad. Ya no cabe duda de lo que denunciamos en el Parlamento cuando aún estábamos a tiempo: los objetivos que se proponía la Administración norteamericana eran otros y, por tanto, los medios que permitía el Consejo de Seguridad resultaban inadecuados para alcanzarlos.

Al impulsar esta guerra, el presidente Bush ha dilapidado el enorme capital de simpatía y solidaridad hacia Estados Unidos que provocaron los ataques del 11-S, y ha puesto a su país en una situación de aislamiento respecto a la opinión pública internacional que no tiene precedentes en el último siglo. Destruido el régimen talibán, y perseguida la red de Al Qaeda en todo el mundo, el presidente podía haber consagrado sus esfuerzos a la construcción de un orden cooperativo y civilizado en el que la barbarie del 11-S no se pudiera repetir, comenzando por ejercer la presión diplomática y económica necesaria para lograr una paz duradera entre Israel y Palestina. Desgraciadamente, la derecha fundamentalista que controla la actual Administración vio en aquellos hechos, y en el sentimiento de inseguridad que habían provocado entre los ciudadanos de Estados Unidos, la oportunidad de imponer su propia agenda sin más base que la superioridad militar.

Estados Unidos tiene la fuerza para hacerlo, y no necesita tratados ni acuerdos internacionales para imponer un orden nuevo, ese marco de legalidad en el que confía la vieja Europa para evitar la generalización de la barbarie. Para la derecha norteamericana Europa cree en la ley porque es débil, Estados Unidos es fuerte y puede imponer sus propias leyes.

Ya hemos visto las consecuencias. Naciones Unidas ha quedado devaluada, aunque probablemente habría sido aún peor el descrédito que habría supuesto para el Consejo de Seguridad votar bajo presión de Washington una resolución para la guerra, en contra de la opinión de los países miembros y de la opinión pública internacional. La Unión Europea se ha visto desgarrada por los intentos de aislar a Francia y Alemania en su resistencia a la guerra, creando una división y unos enfrentamientos que pueden retrasar durante años los intentos de avanzar en la construcción de una Europa de 25 países.

Las guerras se complican, sobre todo cuando no tienen justificación, y es probable que la guerra de Irak deje profundas cicatrices en el pueblo iraquí. Pero incluso si así no fuera, el problema de construir un Estado democrático en Irak puede ser bastante complicado, y en el mejor de los casos pasarán años antes de que el país, como desean en Washington, se convierta en un ejemplo de democracia y prosperidad. Mientras tanto ya estamos viendo lo que ocurre en Irán, Siria y otros países de la región, vemos crecer la inestabilidad y la hostilidad hacia los valores occidentales. En todo caso, esta guerra en nada contribuirá a disminuir el riesgo de ataques terroristas suicidas. Quienes nos oponemos a la guerra, aunque deseemos sinceramente equivocarnos, no podemos dejar de temer que las consecuencias de ésta corroboren la temeridad de quienes la han impulsado. Todos tenemos la intuición y la convicción de que los miles de bombas, el pavor y la conmoción, el sufrimiento de la población civil, son un impresionante semillero de odio, la mayor arma de destrucción masiva.

En definitiva, desdeñar y menospreciar la decisión democrática de la comunidad internacional acerca de una guerra, desencadenarla precisamente en el área más conflictiva del planeta, y además hacerlo con el hipócrita adjetivo de “guerra preventiva”, es, bajo cualquier luz, un desafío a la más elemental sensatez, y una invitación directa a desatar el desconcierto internacional. Y como lección a los que se llaman libertadores, una semana después del comienzo de la guerra, se ha vuelto a demostrar que ningún pueblo, ni siquiera el iraquí sometido a un régimen dictatorial, quiere que hablen y decidan en su nombre.

Ésta es una guerra preventiva. Una guerra por si acaso. Por si acaso, se falsean los hechos. Por si acaso, se desconfía. Por si acaso, se descalifica a quien discrepa. “Por si acaso” es el abono perfecto para fertilizar aquello que se pretende enterrar: en España, la desconfianza de los ciudadanos; en Estados Unidos, el miedo tras el 11 de Septiembre; y en el mundo, la inseguridad y el desorden.

España va a pagar un alto precio por el apoyo de su Gobierno a la guerra. Se están tirando por la borda los frutos de una política internacional que habían mantenido todos los Gobiernos de la democracia, una política de proximidad y amistad con los países del Mediterráneo, de cooperación en pie de igualdad con América Latina, de apuesta clara yprioritaria por la construcción europea. De la noche a la mañana, España se ha convertido en un país promotor de una guerra injustificada -y desde luego impopular- contra un país árabe. Se ha convertido en un país cómplice de las presiones de Washington para torcer el brazo a los Gobiernos de México y Chile en el Consejo de Seguridad; en un país que ha hecho saltar el consenso europeo para aislar y anular la resistencia de Alemania y Francia a la guerra. Cabe preguntarse: ¿dónde nos deja, y en compañía de quiénes, la incomprensible pirueta del Gobierno del Partido Popular?

Vivimos, además, un profundo divorcio entre la posición del Gobierno del PP y el sentir de la sociedad española. El interés nacional no puede ser tan distinto del interés de los ciudadanos. Es cierto que, iniciada la guerra, se han producido intimidaciones y ataques a dirigentes y locales del PP. Mi rechazo a esas actitudes parte de las mismas convicciones que mi rechazo a esta guerra. Pero también he de decir que las insinuaciones que el PP ha lanzado sobre la actitud, en esos hechos, de los partidos democráticos son tan falsas e inaceptables como los argumentos que han utilizado para defender la guerra. Los ciudadanos tienen derecho a manifestarse en libertad y en paz, el Gobierno la obligación de garantizar la seguridad, y el PP todo el derecho a expresar sus opiniones y celebrar sus actos. Como partido hemos hecho y haremos todo el esfuerzo para que los dirigentes del PP sientan en este momento todo el respeto a lo que piensan y representan, pero también mantendremos toda la crítica que merecen.

Cuando termino de escribir estas líneas, las noticias son desalentadoras. Crece el número de víctimas, también entre la población civil. Acuden al frente cien mil soldados norteamericanos más. Miles de musulmanes acuden a Irak a hacer la Guerra Santa, la Yihad. Se advierte una peligrosa radicalización en muchos países musulmanes. Graves problemas para que llegue la ayuda humanitaria. Advertencia de Estados Unidos a Irán y Siria. Quiero equivocarme en mi intuición, pero pudiéramos estar no ya ante una guerra más o menos corta, más o menos dramática, sino ante un conflicto de gravísimas consecuencias para la paz y la seguridad en todo el mundo. Muchos consideran inevitable lo que está ocurriendo y piensan que ahora la tarea es pensar en el futuro. Por mi parte estoy convencido de que ahora la tarea es detener la guerra, lograr que quienes la han promovido den un paso atrás, aunque sólo sea por el vértigo que inevitablemente tiene que anidar en sus cabezas. Hoy lo urgente también es hacer una apelación mundial para que la ayuda humanitaria, liderada por Naciones Unidas, pueda llegar al último rincón del doliente pueblo iraquí.

En el mañana inmediato, el “no a la guerra” que ha inundado nuestros países y que nace del corazón y de la cabeza de tanta gente, es una fuerza decisiva de ideas y propuestas más que de ataque a los que están en otra posición. Una fuerza para la fuerza del derecho. Una fuerza para convencer a la inmensa mayoría de que no hay superioridad moral a través de una superioridad militar que no se autolimita. Una fuerza que haga de la Unión Europea lo que es, europea y unión; una fuerza que haga de la política de desarrollo y cooperación, y del diálogo entre civilizaciones, una prioridad de todos los Gobiernos democráticos. Porque así habrá cada día más Gobiernos democráticos en el mundo. Esa fuerza, la fuerza del “no a la guerra”, tiene que convertir cada día en algo más probable la idea de que otro mundo es posible, y más que posible, imprescindible. Ése es nuestro compromiso para España y para Europa.

Los españoles queremos pertenecer a esa fuerza, queremos esos aliados, y yo deseo que ahí esté también el PP y, por supuesto, toda Europa y la nación norteamericana. La Norteamérica, que tanto debe a los viejos valores de la vieja Europa y a la que tanto debemos por su lucha contra el totalitarismo que asoló Europa en el siglo XX.

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