La fuerza, instrumento favorito de la política de EE UU

Por Andrew J. Bacevich, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Boston y autor de American Empire: The Realities and Consequences of US Diplomacy, Harvard University Press, 2002 (EL PAIS, 29/03/03):

EE.UU. fue el ganador en el siglo XX, que se convirtió, tal como profetizó el periodista Henry Luce, en “el siglo estadounidense”. A finales de los años noventa -victorioso en dos guerras mundiales, y triunfador de la larga y crepuscular lucha con la Unión Soviética-, EE.UU. había conseguido una posición de fuerza sin rival. Cuando entraron en el nuevo milenio, los estadounidenses no vieron razón para dudar de que esta era de ascendencia estadounidense no fuera a durar indefinidamente. Entendían la supremacía global de su nación como la prueba de un proyecto ordenado por la providencia que se desarrollaba según lo planeado. Dieron por sentado que el monstruo del capitalismo democrático estaba destinado a barrer el mundo. Parecía seguro que la incipiente era de la globalización sería compatible con los valores e intereses estadounidenses.

Este nuevo orden estaría presidido de forma incontestada por EE UU, seguro sabedor de sus buenas intenciones y con sus virtudes republicanas intactas. Los terribles sucesos del 11 de septiembre de 2001 hicieron añicos estas gratas presunciones. Los acontecimientos ocurridos desde ese día -en particular la creciente magnitud de la “guerra contra el terrorismo” de Bush- han hecho surgir progresivamente más y más preguntas inquietantes sobre las implicaciones de la primacía estadounidense y los costes necesarios para mantenerla. En este sentido, el esfuerzo que se está llevando a cabo para derrocar a Sadam Husein marca un decisivo giro. Esta guerra debería acabar definitivamente con la maleza de mito, ofuscación y obstinada negación que hasta ahora ha impedido a los estadounidenses ver estos cambios trascendentales, ya bien avanzados, en su manera de pensar sobre el poderío militar y el uso de la fuerza.

A pesar de los razonamientos en contra aducidos por la Casa Blanca, esta guerra no nos ha sido impuesta. La hemos elegido. Esa elección -tomada por Bush pero aprobada por ambas Cámaras del Congreso y apoyada por la mayoría del pueblo estadounidense- revela muchas cosas.

Al ir a la guerra por la preocupación de qué hará Sadam Husein en el futuro, EE UU ha abrazado la doctrina de la guerra preventiva. Y al iniciar las hostilidades sin la sanción de Naciones Unidas y a pesar de una enorme oposición en el extranjero, ha demostrado que, cuando se trata de usar la fuerza, la única superpotencia del mundo insiste en la libertad absoluta de acción. Esta última intervención, que llega 12 años después de que otra guerra contra Irak inaugurara un estallido de activismo militar estadounidense -con Somalia, Haití, Bosnia, Kosovo y Afganistán como algunos de los momentos culminantes-, pone claramente en evidencia que EE UU ya no considera el uso de la fuerza como algo a lo que recurrir con reservas o como último recurso.

En todo ello se esconde una gran ironía, por supuesto. Nuestra nación se creó en la primera revolución antiimperialista. El relato tradicional de nuestra historia enseña que recibimos nuestra grandeza sin buscarla, que no queríamos estar en el centro del escenario de los asuntos mundiales, sino que fuimos arrastrados allí a nuestro pesar, contrariamente a nuestra tradición y a nuestras preferencias. Hace 100 años EE UU era una fuerza continental periférica con una influencia limitada sobre los asuntos mundiales. Pero la maldad, con sus diferentes disfraces -la España imperial en 1898, seguida por el imperio alemán dos décadas más tarde y, finalmente, por las ideologías totalitarias de Hitler y Stalin- nos forzó a actuar repetidas veces. Éramos una superpotencia a regañadientes.

Verdadero o falso, esa versión ya no aguanta más tiempo; el hecho es que actualmente la fuerza se ha revelado como el instrumento preferido de la política estadounidense en opinión de políticos y contribuyentes por igual. La fuerza militar ya no es un mal necesario: confiada a manos estadounidenses, se ha convertido en algo inestimable. Por tanto, en cuestión de política -que suscriben tanto los republicanos como los demócratas- EE UU está comprometido a mantener su actual supremacía militar a perpetuidad. Con este propósito en mente, el Pentágono no mide sus necesidades de acuerdo con el mandato constitucional de hacerse cargo de “la defensa común”. La proyección global del poder, no la protección de la patria, dicta el tamaño y capacidad de las fuerzas de EE UU y justifica un presupuesto de Defensa que deja pequeño al de las 10 siguientes mayores potencias militares juntas. Ese hecho se podría calificar de pasmoso de no haber llegado hace tiempo los estadounidenses a considerarlo como parte del orden natural.

Tampoco las autoridades ven esta ventaja pronunciada e inmensamente versátil como un tesoro que haya que administrar cuidadosamente. Así, la Administración de Bush, igual que la de Clinton, reclama a sus fuerzas no sólo el que ganen guerras, sino que acudan en socorro de los afligidos, salvaguarden la paz y arreglen países destrozados. Más ampliamente, los políticos hoy en día encargan a las fuerzas armadas que “den forma al entorno”, que en jerga burocrática significa presionar a otros para que acepten los valores norteamericanos. Hay una palabra para esto: militarismo. Aunque se han librado de los síntomas teutónicos -entre otras cosas, preferimos animar a las tropas desde lejos antes que llevar un uniforme- los estadounidenses han sucumbido a un rasgo de esa enfermedad. La actual guerra contra Irak -justificada en parte por ridículas expectativas de que, una vez liberados los iraquíes del opresor, EE UU llevará la democracia liberal a Irak y, a renglón seguido, a todo el mundo árabe- muestra ese rasgo de forma inequívoca.
Seducidos por imágenes de guerra representadas de forma antisépticamente exacta, hemos perdido el norte. Nos hemos engañado creyendo que la mejor esperanza de mantener la seguridad se encuentra en enviar a los cuadros de militares profesionales a quienes proclamamos “nuestros mejores y más brillantes hombres” a una loca empresa para transformar el mundo o, en caso necesario, conquistarlo. En Irak, el presidente Bush ha abierto un nuevo frente en su guerra contra el mal. Una vez comprometido, EE UU tiene que ganar. Pero la larga marcha hacia Bagdad debería darnos que pensar a los estadounidenses: ¿adónde nos lleva este camino exactamente?

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