La ‘gabia d’or’ y los riesgos de hoy

Últimamente escribo con preocupación. Hoy, casi con miedo reverencial porque temo que la próxima semana sea funesta para Catalunya. Y para España. Conocí a Heribert Barrera en los 60, en el Club de Amigos de la Unesco, refugio de la oposición laica, y le traté en el tardofranquismo. Había gran diferencia de edad y, sin coincidir políticamente, siempre fue un apreciado referente. Luego, antes de que presidiera el primer Parlament, le pregunté por qué no había votado la Constitución. Me contestó que España ofreció algo atractivo, que incluso podía ser confortable, pero que era una ‘gabia d’or’ (una jaula de oro). Una vez dentro, no podías salir porque el artículo 2 dice: “La Constitución se fundamenta en la unidad indisoluble de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones…”.

Los catalanes la votaron, en mayor proporción que los españoles. Desde entonces hemos progresado y estamos en la Unión Europea, imprescindible para no ser arrasados por el viento de la globalización. Pero ha llovido mucho, y la sentencia del Constitucional, con posterioridad a su aprobación en referéndum en el 2006, anuló parte del nuevo Estatut. No toda la culpa –aunque sí la mayor parte– fue del partido que hoy gobierna España. El PSOE y las batallas internas por presidir la Generalitat también tuvieron responsabilidad. Pero es cierto que entonces se rompió el espíritu con el que Miquel Roca, Joan Reventós y Jordi Solé-Tura animaron a votar la Constitución.

Por eso muchos catalanes apoyan hoy lo que sostenía Heribert Barrera. Y creen que la soberanía reside en los ciudadanos de Catalunya y no en los de toda España. Pero aquí se vota cada cuatro años (lo otro es literatura barata) y el independentismo nunca ha superado el 50%. Con el 47,8% han pretendido tener un mandato democrático, primero para la independencia, luego para “referéndum o referéndum”. Y han aprobado dos leyes en el parlamento catalán sin respetar la Constitución y violando descaradamente el Estatut que los catalanes votamos, que ordena mayorías reforzadas de dos tercios para asuntos relevantes. No es algo muy europeo.

Luego se ha realizado un referéndum en el que votó el 43% y contra el que el Estado español actuó con desmesura. Y la violencia –de la que solo se han pedido disculpas con la boca pequeña– repugnó a muchos ciudadanos europeos.

Pero sostener que hay un claro mandato para la independencia es confundir deseos y realidad. Ya ha habido una gran manifestación contraria a la separación que indica que peligra aquello de “‘un sol poble'”. Además, para tranquilizar a muchos ahorradores y no quedar fuera de España y de la UE, los dos bancos catalanes han tenido que trasladar su sede fuera de Catalunya. Y por miedo a la inseguridad jurídica les han seguido Gas Natural, Abertis, Planeta, Catalana Occidente, Agbar… El último dato es de más de 500 empresas, muchas de dimensión mediana.

El riesgo de pérdida de dinamismo económico es alto y los sueños de mediación de la UE son eso: sueños. Guste o no, el socio –y relevante– de la UE es España, no Catalunya. Y menos el 47,8% que quiere la independencia. El viernes Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión de Bruselas que usa un lenguaje directo, lo dejo claro al decir que era contrario a la independencia de Catalunya porque podía ser seguida por la de otras regiones: “una Europa de 28 estados ya es difícil de gestionar, pero de 98 sería imposible”. Y añadió que no quería mediar, salvo petición del gobierno español. Europa tiene horror al cantonalismo. Solo mayorías fuertes y repetidas de dos tercios –hoy imposibles– podrían hacer que los Juncker, Merkel y Macron cambiaran de opinión.

Pero hoy los retos y peligros son otros: evitar la división interna de los catalanes, el empobrecimiento (la huida de empresas y el desplome de reservas hoteleras), y la pérdida del autogobierno. La responsabilidad de haber llegado hasta aquí de los políticos españoles es muy alta. Pero los separatistas –empezando por Artur Mas, que ahora dice que la independencia real aún no es posible– nos han llevado a un callejón sin salida.

Y para salir hay que enterrar fantasías. Si no se logró salvar el Estatut del 2006 (el votado y “cepillado”) fue muy temerario apostar por la independencia a la brava. Es hora de trabajar la realidad, que no es tan dura. Somos parte de Europa, no el sur de los Estados Unidos al que se enfrentó Martin Luther King.

Joan Tapia, periodista.

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